[1-3] Sendai-san vale 5.000 yenes, ni más ni menos (Miyagi PoV)

Traducción fan al castellano de Shū ni Ichido Classmate o Kau Hanashi — Shuukura

HISTORIA SOBRE CÓMO COMPRABA A MI COMPAÑERA DE CLASE UNA VEZ A LA SEMANA

Capítulo 1

No había ninguna razón por la que tuviera que ser Sendai-san. Podría haber sido Ichio-san, o incluso Gotou-san. Bah, incluso un extraño podría haber valido perfectamente.

Pero aún así, debía haber sido el destino el que me llevó a elegir a Sendai-san… Bueno, ojalá eso fuera verdad. En realidad, no fue más que una coincidencia. Fue gracias a una serie de coincidencias, combinadas con mis propios caprichos, los que acabaron trayendo a Sendai-san a mi habitación.

Una vez a la semana, por tres horas de su tiempo. Le pagaría 5.000 yenes. Ese era el tipo de contrato que teníamos.

Bueno, digo esto pero no es que hubiera nada cerrado del todo. A veces, le pagaba 5.000 yenes por dos horas de su tiempo y, otras veces, eran tres horas y media. Había semanas en las que sólo nos veíamos una vez, pero había otras en las que eran dos. Básicamente, la cantidad de tiempo que pasábamos juntas y el número de días que quedábamos durante la semana eran bastante flexible. Lo único que se mantenía fijo era la cantidad que le pagaba cada vez. De todas maneras, independientemente de la duración o de la frecuencia con la que nos veíamos, el hecho era que yo estaba comprando el tiempo de Sendai-san por 5.000 yenes. Así de simple.

—Miyagi, pásame la continuación de esto.

Dijo Sendai-san, que estaba tirada en mi cama, mientras me daba unos toques en el hombro. Me giré para mirar a la cama en la que me había estado apoyando, y me di cuenta de que me había estado dando golpecitos en el hombro con el manga que acababa de leer.

Ya estábamos en diciembre, y como hoy había hecho muchísimo frío, había dejado el calefactor de mi habitación encendido para evitar que el ambiente se enfriara. Sin embargo, viendo cómo se había quitado la chaqueta, parecía que para ella hacía demasiado calor. También se había aflojado la corbata y estaba vagueando allí tirada, llevando tan solo una blusa y su falda corta, lo que le daba un aspecto bastante desaliñado. Parecía que, si realmente quisieras, podrías mirar fácilmente por debajo de su falda.

En el instituto, Sendai-san tenía fama de ser una chica formal e intachable. Apuesto a que si uno de nuestros compañeros la hubiera visto con esas pintas, se habrían desilusionado inmediatamente con ella.

—Ve a cogerlo tú misma.

Dije, con una expresión indiferente, mientras le devolvía el manga, marcado como el tercer tomo, a Sendai-san. Su posición en la jerarquía del instituto estaba solo un nivel por debajo de la cima. Aunque Sendai-san se quitara la pequeña cantidad de maquillaje que normalmente se ponía, seguiría moviéndose por la parte alta de la clase media de esa jerarquía. Así de guapa era. Y, para colmo, también era bastante inteligente. Si recordaba bien, sus notas eran de las más altas.

Eso era probablemente lo que de entrada la hacía tan popular. Al menos, eso era lo que imaginaba. Digo esto porque, en realidad, nunca antes había visto su popularidad en acción. Se la podría describir como la chica “normalita” que pertenecía a los niveles más altos de la jerarquía del instituto, aunque siendo más precisos, probablemente ocupaba la parte baja de esos rangos superiores. Bueno, en todo caso, sobresalía entre nuestros compañeros de clase, así que no era extraño considerarla popular.

—Eres súper mala. ¿No puedes cogérmelo tú?

Sin previo aviso, Sendai-san estiró su brazo y dejó caer el tomo tres sobre mis muslos.

—Ey, ¿qué crees exactamente que soy?
—La persona que está más cerca de la estantería.
—Ve a cogerlo tú misma de una vez.

Dije fríamente mientras dejaba el tomo tres sobre mi almohada. Teniendo en cuenta que mi posición en la jerarquía escolar estaba en algún lugar cerca del fondo, —probablemente en el segundo peldaño empezando por abajo, si tuviera que adivinarlo—, si estuviéramos en el instituto ahora mismo, no me atrevería a hablar a Sendai-san con la arrogancia con la que lo estaba haciendo.

Solo podía hacerlo porque estábamos en mi habitación. Porque le pagaba a Sendai-san 5.000 yenes por su tiempo. Dicho esto, no tenía la menor idea de por qué había aceptado ser “alquilada” por mí con tanta facilidad. Tratándose de Sendai-san, si se lo hubiera propuesto, estoy segura de que podría haber conseguido 10.000 yenes, o incluso 20.000, sin mayor problema. Mientras ostentara su condición de chica popular en el instituto, —y considerando lo atractiva que era—, sin duda habría podido encontrar a alguien dispuesto a pagarle esa cantidad.

Por eso, para alguien como yo, a quien solo podía describirse como del montón, tanto en apariencia como en inteligencia, tener la oportunidad de quedarme para mí sola y de esta manera con Sendai-san es algo que normalmente jamás ocurriría. Y por eso, considero que el tiempo que pasamos juntas es increíblemente valioso.

—Vale, ok. Supongo que tengo que cogerlo yo misma.

Sendai-san refunfuñó mientras se levantaba de la cama y caminaba hacia la estantería. Se sentó en frente de ella, murmurando para sí misma mientras empezaba a buscar entre los libros.

—¿Dónde está el cuarto tomo?

Llevaba el pelo largo medio recogido, con dos trenzas que enmarcaban ambos lados de su rostro y se unían en la parte de atrás. Aunque su color tiraba más a castaño que a negro, los profesores no parecían molestarse por ello, aun cuando, técnicamente, infringía las normas del centro. Probablemente aquella indulgencia se debía a su aspecto impecable y a la pulcritud de su peinado, que desviaban la atención de cualquier reprimenda. Por no mencionar que sus buenas notas, también debían influir en que nadie le dijera nada. Dicho esto, encuentro injusto tener que vivir en un mundo donde se acepta el favoritismo.

Me levanté y me dejé caer en mi cama. No era que quisiera ser como Sendai-san ni nada por el estilo, pero tenía que admitir que sentía un poco de envidia. Hoy había entregado una tarea equivocada a nuestro profesor y se había enfadado conmigo. Apuesto a que si hubiera sido Sendai-san quien hiciera el mismo error, no le habría dicho nada.

—Espera un segundo, Miyagi. El tomo cuatro no está aquí. Podrías haberme dicho antes que no lo tenías.

Sendai-san —quien disfrutaba del privilegio de una vida escolar mucho más tranquila que la mayoría— me lanzó una mirada de disgusto.

—Está ahí en alguna parte.
—No está.
—Tiene que estar.
—Te estoy diciendo que no está.

Su insistencia me obligó a repasar mis recuerdos. Podía recordar perfectamente la fecha de lanzamiento del cuarto tomo. Sin embargo, es cierto que no podía asegurar si realmente lo había comprado o no.

—Sé que el tomo cuatro se puso a la venta la semana pasada, así que juraría que lo había comprado. Bueno, supongo que me olvidé.

Murmuré para mis adentros mientras tomaba nota mental para ir a comprar un ejemplar mañana. Cuando hundí la cara en mi futón, noté un agradable aroma que no provenía de mí y que me puso de los nervios.

—¿Miras las fechas de los lanzamientos?
—Sí.
—Qué friki.
—Calla.

Levanté mi cabeza y miré hacia Sendai-san. No es que Sendai-san hubiera dicho algo particularmente grosero. Podría decir que era solo una broma, pero aún así, consiguió que me molestara aún más.

Cuando miré por la ventana, estaba empezando a oscurecer. Las luces de los otros apartamentos también empezaban a encenderse. La noche se acercaba. Fui a cerrar las cortinas y volví a sentarme encima de mi cama. No estaba teniendo un buen día precisamente. En todo caso, diría que mis sentimientos estaban tan ensombrecidos como lo estaba ahora mismo el cielo.

—Sendai-san. Ven, siéntate aquí.

Llamé a Sendai-san, que seguía perdiendo el tiempo junto a la estantería.

—¿Ya ha llegado el momento de tu orden?
—Sip.

La miré fijamente mientras cruzaba mis piernas. Aunque la falda de mi uniforme era un poco más larga que la de Sendai-san, seguía considerándose más corta de lo permitido por las normas del colegio. Sin embargo, a diferencia de Sendai-san, yo no tenía unas piernas bonitas y esbeltas de las que pudiera presumir, pero no había nada que pudiera hacer al respecto.

—¿Y bien? ¿Qué quieres que haga? —Me preguntó Sendai-san mientras se sentaba en frente de mí.

Descrucé mis piernas y dije en voz baja:

—Quítame esto.

Coloqué mi pie derecho en su muslo y señalé al calcetín azul marino que llevaba puesto.

—Claro, ok.
—No me vengas con esas. Di solo “ok”.
—Claro, ok.

Como si no tuviera intención de obedecer esa última orden, intencionalmente contestó con “claro, ok” mientras me quitaba el calcetín derecho.

—¿El izquierdo también? —preguntó.
—No, déjalo. Ahora, lámelo.

Cuando le di un toque en el estómago con mi pie desnudo, Sendai-san me devolvió una mirada llena de dudas.

—¿Te refieres a tu pie?
—Sip.

Había estado pagando a Sendai-san 5.000 yenes por su tiempo desde el verano, pero hoy era la primera vez que le estaba ordenando algo de tal magnitud. Normalmente, solo le pedía que me leyera un libro, que me hiciera los deberes o que se encargara de otras cosas triviales del estilo.

Por 5.000 yenes, Sendai-san haría todo lo que le dijera. Para mí, esa era la parte más importante, así que realmente no importaba demasiado qué le pidiera hacer. Por esa misma razón nunca le había dado órdenes “de verdad”. Pero hoy no estaba de humor para encargarle algo sencillo. Quería ordenarle algo que no estuviera dispuesta a obedecer.

Sin embargo, no había previsto que, después de haber seguido hasta ahora solo instrucciones triviales, Sendai-san realmente fuera a cumplirla.

—.... Vale.

No había dicho que sí inmediatamente, pero al contrario de lo que esperaba, Sendai-san aceptó sin más. No había ni rastro de emoción en su voz cuando colocó sus manos en mi tobillo. Sendai-san clavó la mirada en mi pie. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Un cálido aliento rozó la parte superior de mi pie mientras ella lo levantaba suavemente. Y entonces, sentí un sensación suave. La lengua de Sendai-san tocó mi empeine.

Los 5.000 yenes que siempre le pagaba a Sendai-san por adelantado actuaban como cadenas que la ataban firmemente a mí. La desobediencia no era una opción. En eso consistía nuestro pacto entre aquellas cuatro paredes, y ella cumplía su deber a la perfección.

Capítulo 2

Tras sentir una única pasada de su lengua en mi pie, Sendai-san alzó la cabeza y preguntó en voz baja:

—¿Con esto es suficiente?

Siempre que tenía un mal día, pagaba mi frustración con ella. Eso era lo que había decidido desde que empezamos este tipo de relación. Y como hoy no estaba teniendo precisamente un día estupendo, no pensaba ponérselo fácil.

—Nop.

No es que quisiera castigarla ni nada por el estilo, pero no tendría ninguna gracia dejarla ir con un simple lametón. Quiero decir, no todos los días aceptaba una orden tan ridícula como la que le acababa de darle. No pretendía que las cosas llegaran tan lejos, pero ya que estábamos, sería un desperdicio no disfrutar un poco más de la situación.

—¿Cuánto más tengo que hacerlo?
—Hasta que yo diga basta.
—Eres una pervertida —murmuró Sendai-san frunciendo el ceño.

Como esperaba, no le hacía ni pizca de gracia, pero a mí me daba igual si se divertía o no. Lo importante era que yo me entretuviese.

—Y tu trabajo es escuchar lo que esta pervertida te dice que hagas, Sendai-san.

Le lancé una sonrisa mientras ella seguía sentada en el suelo. El calefactor continuaba soltando aire caliente en mi habitación, lo que llevó a Sendai-san a aflojarse aún más la corbata. La chaqueta ya se la había quitado antes y la había dejado tirada por algún lado. Llevaba los dos primeros botones de la blusa desabrochados, dejando entrever su clavícula.

Sendai-san soltó un leve suspiro. Y entonces, tal cual lo haría un perro o quizás un gato, empezó a lamerme el pie. Su lengua, pegajosa, me transmitía una sensación húmeda, cálida y suave. Parecía que estuviéramos haciendo algo increíblemente indecente.

Si tuviera una mascota y me lamiera así, me parecería adorable. Pero la realidad es que no era un perro ni un gato lo que tenía a mis pies en ese momento, sino otro ser humano. No diría que el físico de Sendai-san estuviera al nivel de las modelos de revista, pero tenía un rostro muy bien proporcionado. Dicho esto, la idea de que otra persona me lamiera el pie me resultaba bastante incómoda. No me entusiasmaba precisamente que la punta de una lengua ajena me acariciase la piel.

—Miyagi, ¿te estás divirtiendo? —preguntó Sendai-san, alzando la vista.
—Bueno, en cierto modo, sí.

No es que disfrutara del acto en sí de que alguien me lamiera el pie, sino que me entretenía porque era Sendai-san quien lo hacía. Esa misma Sendai-san, la que destacaba entre nuestros compañeros y era la favorita de los profesores, ahora me estaba lamiendo el pie. Estaba lamiendo el pie de alguien tan común y corriente como yo, como si fuera una sirvienta. Solo de pensarlo bastaba para animarme.

—Así que te parece divertido, ¿eh? En ese caso, ya que estoy, ¿debería intentar que también te diera placer?

Mientras decía eso, Sendai-san posó la lengua en mi dedo gordo y fue subiendo gradualmente hacia el tobillo. La sensación cálida y húmeda de su lengua hizo que apretara los puños. Sentí un nudo en el estómago y apreté los dientes.

—No hagas eso.

Respondí secamente mientras le tiraba del flequillo. Ella se apartó suavemente, respondiendo con un «Para ya», aunque seguía agarrándome el tobillo. Sus uñas, algo largas, empezaban a clavarse en mi piel. Le di un toque en la frente con el dedo índice.

—No hagas nada innecesario —le recriminé.

Ella solo dijo «Vaaale» y aflojó el agarre del tobillo. Su lengua volvió a mi empeine. Sin dudarlo, volvió a lamer con total naturalidad. No tenía ni idea de qué se le pasaba por la cabeza. De hecho, siempre me había parecido una persona imposible de leer. Si yo estuviera en su lugar, jamás sería capaz de lamerle los pies a nadie y, sin embargo, ahí estaba ella, haciéndolo sin una sola queja. Dudo que lo hiciera por el dinero. Pero si no era por eso, ¿por qué? Supongo que no servía de nada intentar descifrar qué pasaba por la mente de alguien tan excepcional como ella.

—Me pregunto qué pensarían tus amigas si te vieran haciendo algo así, Sendai-san —le dije.

Su grupo de amigas no era precisamente el tipo de gente con el que yo solía relacionarme. Siempre tan radiantes, y parecía que siempre se divertían juntas, como si exprimieran al máximo cada momento de su vida escolar.

—En vez de preocuparte por mí, creo que deberías preocuparte más por ti misma. Si alguien se topara con una escena como esta, no creo que hubiera una sola persona que no estuviera de acuerdo en que te comportas como una vulgar pervertida, Miyagi.

Sendai-san replicó con frialdad mientras levantaba la cabeza. Si esto saliera a la luz en el instituto, mi reputación probablemente caería en picado hasta tocar fondo. Sin duda, la vida escolar a la que estaba acostumbrada llegaría a su fin. Pero a Sendai-san le pasaría lo mismo. Si supieran que estaba ocupada lamiendo el pie de alguien tan absolutamente mediocre como yo, su estatus también empezaría a desmoronarse. Por eso me daba igual que me conocieran como una patética pervertida o no. Al fin y al cabo, eso convertía a Sendai-san en la compañera de esa misma pervertida.

—Tranquila. Sé que irse de la lengua en el instituto sobre lo que hacemos aquí viola nuestro acuerdo, así que no diré nada.

Esa era una de las reglas que habíamos fijado cuando empezamos. Establecimos unas cuantas normas cuando conseguí que Sendai-san accediera a dejarme hacer lo que quisiera con ella por 5.000 yenes, y una de ellas era que, lo que hiciéramos juntas después de clase, se quedaba estrictamente entre nosotras. Era como un juego secreto solo para las dos, uno que nadie más vería nunca. Por supuesto, eso también significaba que ninguna de las dos se lo contaría a nadie.

—Bueno, lo que importa: menos cháchara y más lamer.

Le levanté la barbilla con el empeine de mi pie. Ella entrecerró los ojos. Me lanzó una mirada asesina, como si quisiera decir algo. De hecho, era probablemente la primera vez que me miraba así desde que empecé a pagarle los 5.000 yenes. Ver ese acto de rebeldía me provocó un escalofrío por la espalda. No es que tuviera intención de escucharla ni nada por el estilo, pero pensé que al menos le concedería el derecho a hablar.

—Si tienes algo que decir, te dejo soltar una palabra —dije, devolviéndole la mirada mientras mi pie seguía sosteniendo su barbilla.

Capítulo 3

—Usar la violencia es un incumplimiento del contrato.

Sendai-san se refería a las reglas que establecimos juntas. Dicho esto, levantarle la barbilla con el pie no podía considerarse «violencia». Y como no había hecho nada que fuera en contra de los términos de nuestro acuerdo, tampoco tenía motivos para reprochármelo.

—Esto no es violencia.
—Sí que lo es. Me acabas de dar una patada.

Respondió con tono de desagrado mientras golpeaba mi dedo gordo con la punta de los dedos.

—Solo te he tocado la barbilla.

Si se ponía así por algo como eso, solo podía asumir que estaba intentando comportarse como una niña malcriada.

—Mmm...

Sendai-san murmuró por lo bajo. Su agarre en mi tobillo se tensó aún más que antes. No parecía convencida. Me clavó la mirada. Intuyendo que algo malo iba a pasar, intenté apartar la pierna, pero Sendai-san se negó a soltarme. En lugar de eso, presionó los labios contra mi empeine y empezó a chuparlo.

La sensación fue completamente distinta a cuando solo me pasaba la lengua por el pie y provocó que mi cuerpo se estremeciera.

—Para.

Aunque alcé la voz, intentando que detuviera algo que no le había ordenado hacer, mis palabras cayeron en saco roto. Ahora, agarrándome la planta del pie, me mordió el dedo gordo.

—Eso duele.

Tenía los dientes firmemente clavados en mi dedo. Parecía a punto de hacerme sangre, aunque por muy poco. Mi voz llenó la habitación, pero eso no iba a aliviarme el dolor.

—Sendai-san, te he dicho que pares.

Al mirar hacia abajo, pude ver la coronilla de su pelo. En señal de protesta, agarré la cabeza de Sendai-san y la sacudí.

—¡Es una orden, así que para ya!

Dije, alzando la voz a un volumen que nunca había usado con ella. Apartó los dientes de mi dedo y luego pasó la lengua por encima, como comprobando si había conseguido dejar alguna marca de mordisco. Sentía el dedo húmedo y pegajoso. La calidez de su lengua me provocó escalofríos por la espalda. Tal y como pensaba, las lenguas humanas eran realmente asquerosas. Dicho esto, me di cuenta de que, en realidad, no me disgustaba. Como si al hacerlo pudiera ahuyentar esos sentimientos, le di un tirón de pelo.

—Deja de hacer eso.

Al repetir las mismas palabras que había pronunciado antes, Sendai-san levantó por fin la cabeza. Recuperando finalmente el control de mi pierna, la subí hacia la seguridad de mi cama.

—Dame la pierna. Te lo volveré a poner.

Dijo Sendai-san con lo que parecía una sonrisa de satisfacción en el rostro mientras recogía mi calcetín. ¿Por qué era ella la que me daba órdenes ahora? No sentía más que insatisfacción ante esta situación.

—No hace falta que me lo pongas. Quítame este también.

Dije, colocando mi pierna izquierda sobre sus muslos. Ella obedeció en silencio.

—¿Alguna otra orden?
—No.

Respondí secamente mientras me ponía de pie.

—¿Quieres algo de beber?

Pregunté al ver que la taza de la mesa estaba vacía. Ella respondió con un simple «Estoy bien».

—¿Quieres algo de cenar entonces?

«Me voy a casa». Ya sabía que eso era lo que me iba a contestar. Quiero decir, le había hecho esa pregunta muchas veces antes y siempre recibía la misma respuesta, así que no había razón para que contestara algo diferente esta vez. Además, sería un fastidio si realmente aceptara mi oferta. Sin embargo, por alguna razón, por primera vez en la historia, la oí responder: «Comeré algo».

Aún descalza, me puse las zapatillas y guié a Sendai-san a la cocina. Cogí un par de vasos de ramen de la bolsa de la compra del supermercado y puse agua a hervir. Llevé los fideos al otro lado de la barra americana, donde Sendai-san estaba sentada, y los coloqué justo frente a ella con las tapas abiertas. Al ver esto, una mirada de confusión apareció en el rostro de Sendai-san.

—¿Qué es esto?
—Fideos instantáneos. ¿No lo ves solo con mirarlo? No me digas que eres tan rica que nunca has visto fideos de bote.
—Si fuera tan rica como para no haber visto nunca fideos instantáneos, probablemente iría a un colegio donde los alumnos se saludan con un «Mis más cordiales saludos» en vez de ir al nuestro, ¿no crees?

Aunque Sendai-san parecía atónita mientras hablaba, había oído que su familia era bastante acomodada. No es que hiciera alarde de muchas cosas de marca ni nada por el estilo, pero lo que tenía era de bastante calidad. Probablemente tampoco le habían servido ramen para cenar nunca. Sus cenas eran, sin duda, comida casera. Sendai-san parecía el tipo de chica a la que su familia debía querer mucho. Si no fuera porque éramos compañeras de clase, estoy bastante segura de que no tendríamos ninguna oportunidad de hablar la una con la otra.

Empecé a sentir náuseas.

Me quedé mirando el hervidor eléctrico que en ese momento estaba calentando agua suficiente para las dos.

—Además, ya he comido fideos instantáneos antes. Ah, espera, no me digas… ¿tu familia no tiene dinero?
—Recibo suficiente paga como para permitirme alquilarte por 5.000 yenes una vez, a veces dos veces por semana. Pero si consideras que eso es ser pobre, entonces supongo que soy pobre.

Aunque Sendai-san hablaba en tono burlón, le di una respuesta cortante. Aunque mi casa era del tipo que no tenía reparos en servir ramen para cenar, no era por problemas económicos ni nada parecido. Más bien, si tuviera que decirlo, diría que estábamos por encima de la media.

—… Supongo que no eres pobre, no. Entonces, ¿esto es todo lo que vamos a cenar?
—Si prefieres un bento o algo así, puedo ir a comprarlo. ¿O simplemente quieres irte a casa y cenar allí? Me da igual cualquiera de las dos cosas.

Yo no tenía madre. Además, no tenía ningún talento para la cocina. Esas eran las dos únicas razones por las que a veces cenaba fideos instantáneos. Aunque había padres solteros que sabían cocinar, la mayoría estaban tan ocupados con el trabajo que era extremadamente raro que pudieran volver a casa antes de que sus hijos se fueran a dormir. Quizá mi padre se sentía culpable por someterme a ese tipo de vida familiar, así que quería compensarlo dándome una paga claramente excesiva para una estudiante de secundaria.

—Me comeré esto.

Sendai-san jugueteó con la tapa del vaso hasta que el agua del hervidor terminó de bullir. Vertimos el agua hasta la línea. Luego pusimos un temporizador de tres minutos. Una vez hecho esto, empezamos a sorber nuestro ramen.

Comiera los fideos sola o acompañada, eso no cambiaba el hecho de que iban a seguir sabiendo a fideos de bote. Pero, de alguna manera, esto se sentía mucho mejor que comer sola.

—Gracias por la comida. Se está haciendo tarde, así que me voy a casa.
—Vale.

No tenía nada de qué hablar con Sendai-san. No pertenecíamos a los mismos grupos de amigas y tampoco teníamos nada en común. Como no teníamos tema de conversación, las dos habíamos comido en silencio. Como una ración de fideos instantáneos no es muy grande, terminamos en un santiamén y, antes de darme cuenta, Sendai-san estaba a punto de irse a casa.

—Si decides comprar el cuarto tomo, déjamelo leer.

Dijo Sendai-san mirando mi estantería, tras haber vuelto a mi habitación para recuperar su chaqueta y su abrigo.

—Probablemente podrás leerlo la próxima vez que vengas.
—Vale, supongo que eso significa la semana que viene entonces.

«No volveré nunca más». Dado lo que había pasado hoy, ni siquiera podría culparla si dijera algo así, pero parecía que tenía intención de volver a visitarme. Sendai-san era una persona muy rara. A pesar de que normalmente era tan diligente en el instituto.

Intenté contener esos pensamientos irrespetuosos que estaba teniendo sobre la chica que seguía mis órdenes mientras le entregaba la chaqueta y el abrigo.

—Te acompaño.

Como de costumbre, salimos juntas por la puerta principal y nos dirigimos al ascensor. Tras bajar a la planta baja, caminamos hacia la entrada.

—Bueno, hasta luego entonces.

Sendai-san saludó con la mano sin detenerse.

—Adiós.

La llamé desde atrás mientras se alejaba en la distancia. Me pregunté si, incluso cuando pasáramos a tercer año el curso que viene y acabáramos en clases diferentes, Sendai-san me dejaría seguir alquilándola por 5.000 yenes. Mientras sopesaba ese pensamiento, volví a subir al ascensor.

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