[4–6] Hoy Miyagi me da otro billete de 5.000 yenes (Sendai PoV)

Traducción fan al castellano de Shū ni Ichido Classmate o Kau Hanashi — Shuukura

HISTORIA SOBRE CÓMO COMPRABA A MI COMPAÑERA DE CLASE UNA VEZ A LA SEMANA


Capítulo 4

La estantería frente a mí estaba llena de revistas con portadas empapeladas de fotos de ídolos y modelos. De entre ellas, cogí una revista con unas letras especialmente llamativas. Supongo que de esto hablaba Umina hace un rato... o eso creo. La razón por la que no estaba segura era porque solo la había escuchado a medias.

Bueno, ¿qué puedo decir? Me quedé mirando la revista que tenía en las manos. Aparte de los conjuntos combinados, también había titulares superficiales que anunciaban ropa que, al parecer, garantizaba que las chicas fueran populares entre los tíos, así como consejos variados sobre cómo sacarse partido. Sinceramente, no había ni una sola cosa que me gustara.

Preferiría ponerme la ropa que yo quisiera, y ya me preocuparía por mejorar mi aspecto más tarde. De todos modos, si iba a leer una revista, preferiría leer algo alegre antes que una revista de moda que parecía tan frívola. Pero la verdad era que solo leía este tipo de revistas para encajar con mis amigas, y de todas formas tenía dinero de sobra de mi paga.

Para tener éxito en la vida escolar, tenías que jugar bien tus cartas. Por ejemplo, en mi clase, era absolutamente necesario hacerle la pelota a Ibaraki Umina. En realidad, supongo que eso era exagerar un poco, pero como mínimo, tenías que darle algún tipo de conversación y seguirle la corriente.

Umina era una amiga de esas que destacan —aunque le faltaba un poco de cabeza— y estaba en la cima de la jerarquía escolar. Era conocida por tener la mecha corta, así que si alguna vez te atrevías a llevarle la contraria, solo te estarías buscando líos. Pero si la mantenías contenta y estabas a buenas con ella, básicamente tenías garantizada una vida escolar cómoda entre la élite. Por eso comprar esta revista —algo que le había empezado a interesar hace poco— era lo que supongo que los adultos llamarían un «gasto necesario».

Había mucha gente que podría llamarme «bienqueda», pero me daba igual, que dijeran lo que quisieran. Probablemente solo lo decían porque estaban celosos, así que pasaba del tema. Ya que había venido hasta la librería, decidí echar un vistazo. Al cabo de un rato, acabé eligiendo una novela que quería y me dirigí a la caja. No había cola ni nada, pero esperé mi turno antes de poner mis libros en el mostrador.

Según la pantalla de la caja registradora, el total ascendía a mil y pico yenes. Busqué el monedero en mi mochila.

—¿Eh?

Mi monedero, mi monedero... El monedero que debería haber estado allí... no estaba. Recordaba perfectamente haber metido el móvil en la mochila esta mañana. Pero ¿y el monedero? Por mucho que mirara, no estaba por ninguna parte.

Podría habérmelo dejado en el instituto. En realidad, no, fijo que estaba en casa. No me sonaba de nada haberlo metido en la mochila. Cuando miré de reojo a la dependienta, vi que tenía una expresión escéptica. Ups, tenía que hacer algo.

—Eh, estooo...

Me daba un poco de vergüenza, pero no me quedaba más remedio que devolver los libros.

—Estos libros…
—Yo los pago.
—¿Eh?

Antes de que pudiera terminar la frase, una mano surgió desde atrás y colocó un billete de 5.000 yenes en el mostrador.

—Sendai-san, usa esto.

Al darme la vuelta, me encontré con la visión de una chica que llevaba el mismo uniforme que yo. Y lo que es más, me sonaba su cara. No es que hubiéramos hablado nunca ni nada por el estilo, pero era una cara conocida que veía todos los días.

—... Eres Miyagi, ¿verdad?

Estaba bastante segura de haber acertado con su apellido. Como la «bienqueda» que era, me las apañaba para memorizar más o menos los apellidos de todo el mundo. No podía decir lo mismo de los nombres de pila.

—Usa ese dinero para pagar tus cosas.

Sin confirmar si había acertado su nombre o no, repitió para qué era el billete de 5.000 yenes.

—No, no pasa nada. Me sabe mal si los uso.
—No te preocupes.

No, voy a preocuparme por eso. No me hacía mucha gracia la idea de pedirle dinero prestado a una chica a la que apenas conocía. Para empezar, no me gustaba deberle dinero a nadie, y desde luego no quería gastar el dinero de otra persona solo para comprar una revista que solo quería para complacer a alguien más.

—No, ten.

Cogí el billete de 5.000 yenes del mostrador y se lo devolví a Miyagi, pero lo único que hizo fue volver a dejarlo en su sitio.

—Mmm… ¿puedo cobrarle con esto?

Preguntó la dependienta, claramente apurada.

—Sí, por favor.

Respondió Miyagi en mi lugar. Pero en serio… yo no quería pedirle dinero prestado. Intenté coger el billete de 5.000 yenes otra vez, pero la dependienta se me adelantó y deslizó rápidamente el billete en la caja registradora. Al final, me quedé con la revista, la novela, tres billetes de mil yenes y algunas monedas.

—Gracias, Miyagi. Parece que se me olvidó coger el monedero, así que me has salvado.

Le di las gracias una vez que nos alejamos de la caja. Aunque antes había pasado de mis protestas, acabé usando su dinero de todos modos, así que sentí que tenía que agradecérselo, aunque fuera a regañadientes. Sin embargo, ella no dijo ni mu. Al menos, como no me corrigió, parecía que su nombre realmente era «Miyagi».

—Toma, quédate con la vuelta. Mañana te devuelvo lo que he usado.

Intenté devolverle el dinero que me había dado la dependienta, pero por alguna razón, Miyagi no quiso aceptarlo.

—No hace falta que me lo devuelvas. Puedes quedarte con el cambio también.

Tras soltar su discurso, se dio la vuelta y echó a andar.

—¿Eh? Espera un segundo, me sabe mal.
—Está bien. De verdad que no lo necesito, así que puedes quedártelo, Sendai-san.
—No puedo aceptar esto sin más. Deja que te lo devuelva.
—Tíralo entonces.
—¡¿Tirarlo?! ¡Estamos hablando de dinero!

Alcancé a Miyagi, que se alejaba bastante rápido, y la agarré del hombro. Nunca había hablado con Miyagi en el instituto, así que nunca me di cuenta de que le faltaba un tornillo, o quizá varios. Quiero decir, ninguna persona normal sugeriría tirar el dinero así. Y para empezar, una frase como «puedes quedarte con el cambio» era algo que solo dirían los ejecutivos de empresa, no las estudiantes de secundaria. Y además, el hecho de que pensara que yo era el tipo de persona que diría algo como «¡Ah, vale, gracias!» en respuesta a quedarse con el cambio me ponía de los nervios.

—Ehhh.. vale, ok. Digamos que también he tomado prestado el cambio. Te lo devolveré todo mañana.

Para ser sincera, me estaba empezando a enfadar de verdad, pero me contuve. Si empezaran a circular rumores en el instituto de que le gritaba a alguien, solo serviría para cargarme mi imagen.

—No hace falta. No tienes que devolvérmelo.

Sacudiéndose mi mano del hombro, Miyagi empezó a alejarse de nuevo. Salió por la puerta automática. Persiguiéndola, la llamé desde atrás y le dije:

Voy a devolvértelo. Te daré los 5.000 yenes mañana en el instituto.
—Entonces, ¿por qué no trabajas para pagar esos 5.000 yenes?

Su respuesta me pilló totalmente desprevenida y llevó la conversación por un camino inesperado. Me detuve en seco involuntariamente.

—¿Eh? ¿Trabajar?
—De momento, acompáñame a mi casa.

Miyagi, que había estado caminando a paso ligero hasta ahora, se detuvo y se giró para mirarme.

—¿Eh? Espera, espera un momento. Acabo de decir que te lo devolveré mañana.
—Si no vas a venir conmigo, entonces quédate con el dinero.

Miyagi giró rápidamente sobre sus talones. ¿Qué le pasa? En serio, ¿qué le pasa a esta chica? Maldije a Miyagi en mi interior. No quería aceptar 5.000 yenes de ella, pero tampoco quería hacer ningún trabajo para ella.

Pero a este paso, Miyagi estaba a punto de irse a casa, y no parecía que tuviera ninguna intención de aceptar que le devolviera el dinero. Incluso si metiera el billete de 5.000 yenes en su pupitre, estoy segura de que acabaría volviendo a mis manos de alguna manera. En serio, qué pesadez de persona.

Mientras se me escapaba un suspiro, miré hacia el cielo. Empezaban a acumularse nubes grises. Como la temporada de lluvias ya había terminado, no había traído paraguas. Tras soltar otro suspiro de resignación, oí decir a Miyagi:

—Tengo paraguas en casa.
—Pff... en fin, whatever. ¿Dónde está tu casa? ¿Está cerca?

No quería que empezaran a circular rumores de que le debía dinero a Miyagi, y definitivamente no quería que empezaran a surgir rumores de que le gritaba a Miyagi y la obligaba a aceptar dinero. Así que, supongo que hoy trabajaré para Miyagi. Y así, la seguí a regañadientes.

Capítulo 5

Seguimos andando, y andando, y andando.

Íbamos las dos calladas. No llevaba nada bien los silencios. Si iba a estar con otra persona, al menos quería que tuviéramos algo de qué hablar. Tanto silencio me daba ansiedad, preguntándome si habría hecho algo que le sentara mal. Bueno, no es que me importara si Miyagi estaba enfadada ni nada por el estilo, pero aun así quería saber qué había hecho para molestarla. Por eso quería que dijera algo, lo que fuera, pero no abrió la boca en todo el rato.

Venga, ten un poco de consideración y di algo.

Intenté enviarle mis pensamientos por telepatía, pero como era de esperar, Miyagi siguió callada mientras nos alejábamos juntas de la librería sin decir ni mu. Sinceramente, debería haberme ido a casa sin más. Ni siquiera debería haber considerado ir a su casa.

Mientras caminábamos bajo el cielo gris, con tanto silencio tuve tiempo suficiente para arrepentirme de mi impulsiva decisión. Entonces, llegamos a lo que parecía ser un bloque de pisos de lujo.

Normal que le diera igual tirar 5.000 yenes.

El edificio era tan pijo que no pude evitar pensarlo. También estaba mucho más cerca de donde yo vivía de lo que esperaba. ¿Probablemente a unos quince, quizá veinte minutos andando? Por alguna razón, nunca se me había ocurrido que una de mis compañeras de clase pudiera vivir tan cerca de mí. Pero pensándolo bien, era de cajón. Nos encontramos en la librería y su casa estaba a poca distancia, así que no era de extrañar que viviera cerca.

—Vivo en el sexto piso.

Dijo Miyagi mientras entrábamos en el ascensor.

—¿Ah, sí?

No iba a decirle a Miyagi que yo vivía cerca. Quiero decir, no había razón para desviarme del tema y mencionarlo. Además, Miyagi y yo apenas nos conocíamos, así que tampoco tenía sentido hablar de ello. La pantalla del ascensor pasó por los números cuatro, cinco y luego seis mientras nos acercábamos a nuestra planta. Seguí a Miyagi al salir y ella me llevó hacia la puerta al final del pasillo. La abrió y me dejó pasar.

—Siéntate donde quieras. Te traeré algo de beber.
—Oh, no hace falta.

Su habitación era más o menos del mismo tamaño que la mía, quizá incluso un poco más grande. Dicho esto, era bastante espaciosa para una estudiante de secundaria. Su cuarto estaba limpio y ordenado, su cama era más bien grande y su estantería estaba repleta de una cantidad ridícula de libros. Mientras me acercaba a la estantería, preguntándome qué tipo de libros tendría, la puerta se abrió. Al girarme, vi a Miyagi dejando unos vasos llenos de un líquido transparente en la mesita.

—¿Te gusta leer manga?

Pregunté mientras miraba los lomos de sus libros. Miyagi respondió con un seco «Sí», antes de añadir de repente como si se le acabara de ocurrir:

—Ah, ya sé. A lo mejor hago que me leas un manga. Sendai-san, siéntate aquí.

Dicho esto, Miyagi se levantó de su sitio. Al ver que yo seguía de pie frente a la estantería, se acercó para tocarme el hombro y dijo: «Ponte ahí». Mientras me preguntaba cuándo volveríamos al tema de mi «trabajo» para ella, me senté a la mesa y cogí el vaso que había traído antes. Al dar un sorbo, noté las burbujas chisporroteando en mi boca. Dejé el vaso, dándome cuenta de que era un refresco con gas.

Las bebidas con gas me gustaban más bien poco. No me imaginaba a ninguna de mis amigas sirviendo refresco así. Mientras pensaba eso, Miyagi se sentó frente a mí.

—Toma, lee esto.

Me entregó un manga que tenía en la portada a un chico guapo y a una chica con aspecto tímido. Al hojear el libro, me di cuenta enseguida de que era una historia de amor. ¿Me estaba dando 5.000 yenes solo por leerle esto? No tenía ni idea de qué pasaba por la cabeza de Miyagi. En cualquier caso, como me había dado la instrucción de leerlo, eso hice. Mientras pasaba las páginas del libro, Miyagi, con tono de aburrimiento, dijo:

—No, así no. Léemelo tú.
—¿Quieres que te lo lea en voz alta?
—Sí. Ese es el trabajo que quiero que hagas por 5.000 yenes. O mejor dicho, supongo que es una orden mía.
—¿Así que ya no estoy simplemente «trabajando», sino obedeciendo órdenes?
—Sip.

No tenía ni idea de cuándo había cambiado de «trabajar» a «obedecer órdenes», pero estaba bastante segura de que no tenía sentido preguntar. Probablemente Miyagi tampoco lo estuviera pensando demasiado. En todo caso, si tuviera que adivinar, diría que era algo que se le acababa de ocurrir por simple capricho.

—Bueno, me da igual si quieres llamarlo «trabajo» u «orden» o lo que sea, ¿pero me estás diciendo que me pagas 5.000 yenes solo por leerte un libro?

Llegados a este punto, quería irme a casa lo antes posible, así que intenté aligerar el tema.

—Sip. Pero tienes que leerlo hasta la última página.
—Vaaale.

Bueno, leer un manga en voz alta era una tarea bastante sencilla. Todo lo que tenía que hacer era leer un diálogo de ida y vuelta y soltar un puñado de frases cursis y superficiales como «Te quiero» o «Eres la única para mí». Sinceramente, me habría muerto de la vergüenza si me hubiera pedido que le leyera una novela. Por suerte, el manga no tenía ni de lejos tantas palabras y la historia avanzaba mucho más fluida. Sin embargo, pronto me arrepentiría de habérmelo tomado a broma.

—... ¿No es este libro un poco… ya sabes… guarro?

Dejé de leer brevemente para pasar las páginas y comprobarlo, pero por muchas páginas que pasaran, los personajes salían desnudos en casi todas. Si tuviera que decirlo, las escenas de sexo ocupaban probablemente más de la mitad del libro. Y encima, el diálogo estaba lleno de frases sugerentes y gemidos a tutiplén.

El contenido era intenso, por no decir otra cosa. Por no mencionar que Miyagi era quien me había dicho que lo leyera en voz alta. ¿Qué se le pasaba por la cabeza? No es que me desagradaran las cosas eróticas, pero no quería leerlas en voz alta. Y estoy bastante segura de que la mayoría de la gente tampoco querría. Eso sí, me sorprendió que una chica tan sosa como Miyagi se interesara por este tipo de cosas, pero estaba tan ocupada arrepintiéndome de todo que ni me paré a pensarlo.

—Sip, es erótico.

Respondió Miyagi con indiferencia.

—¿Y aun así quieres que siga leyéndolo en voz alta?
—Léelo todo en voz alta.
—No me digas que… ¿te va el rollo de escuchar guarradas o algo así?
—No. Es solo que no se me ocurría ninguna otra orden que darte.
—¿De verdad hace falta darme una orden? Podrías haber recuperado tu cambio, dejarme devolverte la diferencia y habríamos terminado con esto.

No tenía ni idea de por qué no quería recuperar su dinero. Miyagi era MUY pesada. Testaruda y difícil de tratar, también.

—Me dan igual los 5.000 yenes y no quiero que me los devuelvas. Ahora, date prisa y lee.

Dijo Miyagi —a quien realmente parecía no importarle el dinero en absoluto— mientras me metía prisa. No es que tuviera la obligación de seguirle el juego a esta farsa ni nada por el estilo, realmente no quería aceptar sus 5.000 yenes. Además, ya había prometido que trabajaría para pagarlo, así que estaba decidida a llevarlo hasta el final. Cierto, yo también tenía lo mío.

—... Está bien.

«Hazlo más». «Me corro». «Aaahh~»

Etcétera, etcétera. Un montón de palabras que nunca quise pronunciar salieron de mi boca, haciendo que me diera vueltas la cabeza. Sinceramente, ¿qué estaba haciendo? Miyagi y yo solo éramos dos personas que iban a la misma clase. Ni siquiera nos habíamos hablado antes. Así que, ¿qué puñetas estaba leyendo delante de ella ahora mismo?

En serio, Miyagi era una idiota. No cabía duda. Era una idiota pervertida, de pies a cabeza. Si recordaba correctamente, sus notas eran... En realidad, ¿cómo eran sus notas? No sabía mucho sobre Miyagi.

—Sendai-san, hablas muy bajo.

Como se notaba que estaba perdiendo el hilo, Miyagi me riñó.

—Es que esto no es para leerlo a gritos, ¿sabes?
—No te preocupes por eso. De todas formas, hoy no hay nadie más en casa.

Bueno, igual a ti te da igual, pero a mí no, ni de coña.

Hoy había sido lo peor. Había tenido mil mala suerte. No encontraba el monedero y ahora me obligaban a leer un manga guarro. Mientras disparaba quejas una tras otra en mi mente, seguí soltando gemidos y recitando todas las frases. Lo único que podía beber para saciar la sed de mi garganta era un refresco que ni siquiera me apetecía.

—Me sorprende lo mal que se te da esto. O mejor dicho, te noto tensa. Pensé que se te daría mejor, teniendo en cuenta lo mucho que debes de ligar.
—Vale, para que conste, soy una santa en ese sentido y no voy ligando por ahí.

Le solté a Miyagi para corregir sus ideas equivocadas sobre mí.

—Dices eso, pero vas de niña buena porque eso atrae a los chicos, ¿verdad?
—Eso no es verdad.

No iba de buena en el instituto para ligar con chicos. Lo hacía para impresionar a nuestros profesores.

—Pero he oído a gente decir que solo actúas así para poder enrollarte con chicos.
—Así que esa es la imagen que doy, ¿eh?

No sabía que gente como Miyagi y su grupo de amigas pensaran así de mí. Y espera, ¿había rumores así sobre mí circulando por ahí? No me gustaba un pelo cómo sonaba eso.

—Bueno, da igual, ¿hemos terminado con las órdenes?

Le pregunté a Miyagi. De momento, dejé de lado el asunto de esos horribles rumores sobre mí.

—Sip, hemos terminado.
—Vale, ¿y ahora qué?
—Puedes irte a casa o quedarte si quieres. Puedes hacer lo que quieras, Sendai-san.
—Está bien, entonces me iré a casa. Ah, ¿y puedo pedirte prestados los otros tomos de este manga? Está bastante interesante.

El lomo del libro lo marcaba como el primer volumen, así que probablemente habría un segundo por ahí. Ni de coña quería volver a leerlo en voz alta, pero tenía bastante curiosidad por saber qué pasaría a continuación. Pero justo cuando pensaba que me diría que sí, la borde respuesta de Miyagi me chafó el plan.

—No.
—Wow, qué rancia. ¿Qué tiene de malo prestarme unos mangas?
—5.000 yenes.
—¿Qué? ¿Me vas a cobrar 5.000 yenes por alquilar un tomo de manga? Por ese precio, me sale mucho más a cuenta comprármelo yo.
—No. Seré yo quien te pague, Sendai-san.
—¿Eh? ¿Cómo?

Sus palabras me pillaron totalmente desprevenida, haciendo que se me escapara involuntariamente un ruidito estúpido por la boca.

—He dicho que te pagaré 5.000 yenes para comprar tu tiempo después de clase, Sendai-san. Así que, si quieres leer la continuación, puedes hacerlo aquí.

La idea de comprar a una compañera de clase por 5.000 yenes sonaba demasiado surrealista. Antes no se había cortado un pelo en darme la ridícula orden de leerle un manga guarro en voz alta. Llegados a este punto, no me sorprendería que me dijera que quería enrollarse conmigo.

—No pienso venderme. Y además, ¿qué harías si me alquilaras? ¿Enrollarte conmigo? ¿No son 5.000 yenes calderilla para eso? Además, tampoco me interesa mucho el cuerpo de otra mujer.

Quería cortar el tema antes incluso de que pudiera plantearlo.

—¿Qué te estás imaginando, Sendai-san? Yo tampoco tengo intención de hacer nada de eso contigo.
—Bueno, entonces, ¿qué? ¿Qué harías conmigo por 5.000 yenes?
—Solo nos veríamos una vez, quizá dos veces por semana. Quiero que vengas a mi casa después de clase y escuches lo que te diga que hagas, igual que hoy.

Miyagi me miró sin ni siquiera una sonrisa en la cara.

—¿Te refieres a leerte un manga guarro en voz alta?
—Eso, y si me apetece, a lo mejor también te pido que hagas mis deberes.
—¿De qué va esto? ¿Así que quieres que sea como una chica para todo?

A ver, no me gustaba la idea de vender mi cuerpo por 5.000 yenes, y que me pagaran tanto por hacer los deberes de otra persona también era un poco sospechoso. Aunque desde luego, era un precio guay por esa cantidad de trabajo.

—No, es un poco diferente a eso. Yo te daré órdenes y tú tienes que obedecerlas.
—¿Qué tipo de órdenes? No quiero que me pegues, y el sexo está totalmente out del trato.

En serio, no tenía ni idea de qué pasaba por la cabeza de Miyagi, a saber qué soltaba a continuación. Por eso, solo para estar segura, quise dejarle claro que no le vendería mi cuerpo.

—A mí tampoco me gusta la violencia, y no busco tener una relación sexual contigo, Sendai-san.
—Si dijera que no, ¿irías a pedírselo a otra persona?
—No. Cualquiera pensaría que soy una rara si me acerco a alguien de la nada y le pido que me obedezca por 5.000 yenes, ¿no crees?

Hombre... yo diría que la situación en la que estamos ya es bastante rara de por sí.

Además, en mi cabeza ya tenía fichada a Miyagi como «persona peligrosa». Pero no es que me diera igual, ni mucho menos. A ver, yo era el tipo de persona capaz de leer revistas que ni siquiera me gustaban solo por postureo y hacer la pelota. Sentía que, comparado con eso, esta historia prometía ser mucho más interesante.

—¿Así que estás diciendo que solo me quieres a mí?
—Yo no iría tan lejos. Las cosas simplemente han salido así.
—Bueno, me sirve. En ese caso, solo para ayudarme a pasar el rato, obedeceré una orden por 5.000 yenes. No puedo venir los fines de semana, pero después de clase es OK.

Si las cosas «simplemente han salido así» para ti, entonces yo también voy a ver qué puedo sacar de esto.

Prefería no tener que volver a leer manga erótico en voz alta, pero si eso era lo peor que podían llegar a ser sus órdenes, supongo que podía seguirle el rollo de vez en cuando. Y, además, Miyagi me daba cierta curiosidad. Quería saber qué clase de órdenes se le ocurrirían a una tía tan rara como ella. Además, si realmente no quería obedecer, siempre podía devolverle los 5.000 yenes… aunque supongo que no aceptaría el dinero.

—Ok, trato hecho. Ah, y en el instituto voy a hacer como que no te conozco, así que, ¿te parece bien si hablamos por el móvil?
—Me parece bien.

Aunque tenía el presentimiento de que probablemente me arrepentiría, acepté la oferta de Miyagi haciéndome la indiferente. Y entonces, tras intercambiarnos los números, salí de su habitación.

Una vez fuera del edificio, después de que Miyagi me acompañara hasta la puerta (muy educada ella), me despedí con la mano y me dirigí a casa. Ya no llovía. Cuando miré hacia lo que antes era un cielo gris, me di cuenta de que se había despejado sin que yo me enterase.

Capítulo 6

Nuestras cortas vacaciones de invierno habían llegado a su fin y, tras asistir a la ceremonia de apertura, me encontré de nuevo en la habitación de Miyagi. La razón era que ella me había hecho venir.

Solo estaba aquí porque había aceptado seguirle el rollo con todo el numerito de «obedecer órdenes»; aunque, en este momento, solo estaba ganduleando en su cama. Me había dado 5.000 yenes en cuanto entré en su habitación. Y desde entonces, había tenido tiempo libre mientras esperaba sus órdenes. Al principio no me gustaba tener que buscar cosas con las que entretenerme, pero ahora me sentía más a gusto aquí que en el instituto.

Ya había terminado de leer casi todos los mangas que tenía en su estantería y, a estas alturas, me sentía lo bastante cómoda como para acurrucarme en su cama con uno de mis mangas favoritos.

—Sendai-san, ¿qué hiciste durante las vacaciones de invierno?

Miyagi, que estaba apoyada contra la cama, preguntó sin ni siquiera una pizca de emoción en la voz.

—Estudiar un poco.

No era mentira. Para prepararme para los exámenes de ingreso, me apunté a un curso intensivo en una academia durante las vacaciones. Mientras tanto, entre sesión y sesión de estudio, sacaba tiempo para quedar con Umina y las demás para ir a comer tortitas o ir de compras, así que estuve ocupada prácticamente todas las vacaciones.

—¿Y tú estudiaste algo, Miyagi?

Sus notas no eran malas, pero tampoco podía decir que fueran geniales. A menudo me pedía que le hiciera los deberes de las asignaturas que se le daban peor.

—No.
—¿Hiciste todos tus deberes?
—Sí, pero ojalá los hubieras hecho tú por mí.
—Pero no podía, porque va contra nuestro acuerdo vernos fuera de los días de clase, ¿no?
—Ya, lo sé.

Tras soltar lo que sonó como un suspiro de decepción, Miyagi se puso a leer su manga y nuestra conversación terminó ahí. Bueno, tampoco es que ella y yo tuviéramos nada en común.

Al principio intenté hablarle de cosas como el instituto, series de la tele y revistas, pero a Miyagi no parecían interesarle esos temas en absoluto. Lo único que hacía era asentir a todo lo que decía o responder con indiferencia, así que al final acabé rindiéndome. Buscar temas de conversación adecuados con Miyagi era como buscar una aguja en un pajar.

Finalmente, me di cuenta de que, cuando no podíamos mantener una conversación, no tenía sentido intentar forzarla. En estos últimos meses, había aprendido que estaba bien dejarlo estar si no había nada más que decir.

Cuando la habitación se quedó en silencio, me quité la chaqueta y la tiré de la cama. Quizá porque Miyagi era friolera, en su habitación siempre hacía calor. Me aflojé la corbata y me desabroché el primer botón de la blusa. Justo cuando me había vuelto a tumbar en la cama y cogí mi manga, Miyagi me llamó.

—Ven aquí.
—¿Vas a darme una orden?
—Sí. Siéntate aquí.

Miyagi se levantó y señaló hacia donde había estado sentada. ¿Qué iba a pasar ahora? Sinceramente, ya sabía la respuesta sin que tuviera que decírmelo. Me bajé de la cama y me senté frente a ella. Entonces, como si no tuviera ni idea de lo que se venía, pregunté:

—¿Qué quieres que haga?
—Quítame esto.

Me ordenó Miyagi, que ahora estaba sentada en la cama, mientras colocaba su pie sobre mis muslos. Había dicho exactamente lo que esperaba que dijera.

A finales de diciembre, por primera vez, Miyagi me dio una orden que, de alguna manera, fue incluso peor que tener que leerle un manga guarro en voz alta. Aunque la siguiente vez que nos vimos fue justo antes de que empezaran las vacaciones de invierno y solo me ordenó que le organizara la estantería. Sin embargo, hoy volvía a la carga con lo de lamerle el pie.

Tenía su pie justo delante de mí; se veía bien, cuidado. Le quité el calcetín y le acaricié la planta, una zona que siempre llevaba tapada. Al deslizar la punta de los dedos desde la base hacia arriba, noté cómo temblaba un poco.

—Lámelo.

Quizá porque no le gustaba que le acariciaran la planta del pie, Miyagi habló en voz baja.

—Ok.

Di una respuesta simple mientras colocaba mi mano contra su talón. Acerqué la cara y presioné la lengua contra su empeine, que estaba ligeramente frío al tacto.

No tenía ni idea de qué pasaba por la cabeza de Miyagi, pero siempre pensé que lo de lamer pies era un fetiche bastante específico. Habíamos empezado con la lectura de manga guarro y, no sé cómo, habíamos acabado con los pies. Viendo a Miyagi en el insti, jamás me habría imaginado que le fuera este rollo.

Era una sosa, no destacaba y apenas recordaba su nombre de pila. Si no me hubiera olvidado el monedero aquel día en la librería, seguro que no habríamos cruzado una palabra en la vida. Y mírame ahora: aquí estaba, lamiéndole el pie a una chica como ella.

Era suave y liso, pero no sabía bien en absoluto. A ver, normal, estábamos hablando de un pie humano. Aunque bueno, tampoco es que me diera asco.

Recorrí con la lengua desde los dedos hasta el tobillo. Fui despacio, tomándome mi tiempo. Entonces levanté la vista para ver cómo reaccionaba. Tenía pinta de que le estaba gustando bastante. Se le habían puesto las mejillas un poco rojas. La última vez pasó lo mismo. Después de lamérselo, se le aceleró la respiración y se puso colorada. Seguro que ni ella misma se daba cuenta.

—Sigue, Sendai-san.

Pasé de contestar y le clavé los dientes en los dedos. Mordí, asegurándome de hacerlo lo bastante fuerza como para dejarle marcas. Miyagi sacudió el pie intentando soltarse y me agarró de la cabeza.

—Para. Me haces daño.

La solté, tal y como me dijo. La oí soltar aire por lo bajo. La primera vez que me pidió que le lamiera el pie, le mordí los dedos por pura rebeldía. Técnicamente, no había desobedecido sus órdenes. Pero aun así, cuando me ordenó que se lo lamiera, sentí que me estaba mirando por encima del hombro y me sentó fatal. Por eso la mordí.

Pero esta vez las cosas eran diferentes. Esta vez lo había hecho porque las reacciones de Miyagi me parecían interesantes. Oírla con esa voz ronca —siempre que me decía que le dolía o me ordenaba que parara— hacía que me entrara calor por todo el cuerpo. Sus piernas temblaban un poco. Quizá porque tenía miedo de que la mordiera otra vez.

Este era el lado de Miyagi que había querido volver a ver. Probablemente porque ahora desconfiaba de mí, sentí cómo se estremecía cuando puse la lengua en sus dedos. Y entonces, presioné los labios contra su empeine. Después de darle un par de besos, sentí que me tiraba del pelo.

—Sendai-san, déjalo ya. Qué asco.

Me estaba echando miradas asesinas. Aunque sus tirones de pelo no dolían realmente.

—¿En serio? ¿No te gusta?
—No. Es asqueroso.

Me soltó el pelo. Aunque Miyagi fruncía el ceño, sus mejillas estaban rojas. Era extraño, pero me gustaba su cara.

No es que fuera increíblemente guapa ni nada por el estilo, pero si tuviera que decirlo, supongo que se la podría considerar mona. Ganaría mucho si se maquillara un poco, pero parecía cero interesada en esas cosas, lo cual me parecía una pena. Aunque tampoco pensaba decírselo.

Volví a besarle el pie. Respiraba normal, o eso parecía, así que quizá la razón por la que tenía las mejillas rojas era porque en la habitación hacía calor. Aun así, las expresiones que veía en la cara de Miyagi no eran las de siempre, y con eso me bastaba para pensar que quizá esto de lamerle los pies no estaba tan mal después de todo.

—Lámelo bien.

Me dio una patada suave en el hombro.

—Oye, la violencia no está permitida.

Aunque no me dolió, me llevé la mano al hombro.

—Lámelo.

Repitió Miyagi. Volví a rozarle el empeine con la lengua sin decir nada.

Seguro que se creía que era ella la que me daba órdenes a , pero en realidad, todo esto solo pasaba porque yo dejaba que lo hiciera. Yo era la que tenía el control de la situación. Si quisiera, podría plantarle cara en cualquier momento. Podría simplemente romper el trato y salir por la puerta.

Pero estaba aquí porque me sentía más a gusto en la habitación de Miyagi que en casa. Seguí pasando la lengua por su empeine, que estaba algo frío. Roce mis labios contra su pie húmedo y pegajoso. La pierna de Miyagi tembló un poco.

Lo más probable es que, cuando pasemos a tercero, aunque acabemos en clases diferentes, Miyagi siga haciéndome venir y pagándome 5.000 yenes, y yo siga aceptándolo. Aunque no es que lo hiciera por el dinero.

Solo quería seguir viendo esa mirada de superioridad en la cara de Miyagi cada vez que obedecía sus órdenes y le hacía creer que tenía poder sobre mí. Por eso no me importaba hacerle compañía y seguirle el rollo con esta farsa tonta mientras siguiéramos siendo estudiantes de secundaria.

Quiero decir, seguro que iríamos a universidades diferentes y todo esto se acabaría pronto. Teniendo en cuenta que nuestro acuerdo tenía fecha de caducidad, sentí que estaba haciendo un buen trato.

Aparté los labios de su pie y suspiré. Entonces, volví a hincar los dientes en el tobillo de Miyagi.


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