Capítulo 7
No me gustaba ir al instituto, pero tampoco es que lo odiara especialmente.
Pero daba igual si me gustaba o no, tenía que ir de todas formas. Hoy no me apetecía nada ir a clase, pero fui igualmente. Además, mi motivo para no querer ir al instituto era una tontería.
Me había cortado demasiado el flequillo. Suspiré mientras me miraba en el espejo del baño. Llevaba el pelo más o menos por los hombros, así que no sentía la necesidad de cortármelo, pero el flequillo había empezado a molestarme. Por eso decidí retocármelo yo misma, pero se me fue la mano y corté un poco más de lo que pretendía.
Sabía que, por mucho que me tirara del flequillo, no iba a crecer por arte de magia. A lo hecho, pecho, así que no me quedaba otra que aceptarlo.
Aunque dijera eso, cada vez que lograba vislumbrar mi flequillo corto, me ponía un poco de bajón. Y siempre que estaba de bajón, solo había una cosa que quería hacer.
«Ven hoy».
El mensaje que enviaba era siempre el mismo. Normalmente lo mandaba después de la segunda hora o en el recreo, pero había veces que lo mandaba justo después de clase. Sin embargo, daba igual cuándo enviara el mensaje, la destinataria siempre era la misma. No era otra que Sendai-san.
A veces contestaba al instante y otras su respuesta tardaba un poco más. Nunca me había rechazado ni una sola vez, aunque si tenía otros planes, me avisaba de que llegaría tarde. Hoy resultó ser uno de esos días, así que cuando recibí su respuesta, decía:
«Tengo que hacer una cosa antes, ¿te importa si me paso un poco más tarde?».
«Estaré esperando en casa».
Esa era la respuesta estándar que siempre daba en situaciones así. Tras enviarle ese mensaje, las clases continuaron. Cuando dijo que «tenía que hacer una cosa», probablemente se refería a quedar con Ibaraki-san y las demás.
Desde mi sitio junto a la ventana, miré a Ibaraki-san, cuyo pupitre estaba situado cerca del pasillo. Era una chica diva y extrovertida, y en general se la consideraba el centro de la clase. Siempre estaba hablando de gente o cosas que le parecían guays o monas. Todas las conversaciones que tenía con los demás parecían bastante aburridas, y no podía evitar pensar en ella como alguien que vivía en un mundo diferente al mío. Además, tenía bastante mal genio, así que daba la sensación de ser el tipo de persona que era mejor evitar a toda costa.
Me preguntaba si a Sendai-san alguna vez le resultaba agotador estar con ella. Mientras escuchaba la voz del profesor, miré hacia uno de los pupitres de la primera fila. La visión de un pelo pulcramente trenzado entró en mi campo de visión.
Parecía bastante descuidada cada vez que venía a mi habitación, pero eso no pasaba en el instituto. Era amable, considerada y se le daban genial los estudios. Siempre tenía una sonrisa en la cara y nunca mostraba ni pizca de emociones negativas. Por eso formaba parte del grupo popular de nuestra clase y probablemente no encontrarías a nadie que te dijera que le caía mal.
Sin embargo, había gente que la llamaba «bienqueda» a sus espaldas. Aunque no estaba segura de si ella —que en ese momento prestaba toda su atención a la clase— lo sabía.
Jugueteé con el flequillo que me había cortado demasiado corto sin querer. Se suponía que nuestras clases duraban cincuenta minutos cada una, pero sentía que el tiempo pasaba demasiado despacio. El profesor seguía hablando y hablando, como si estuviera soltando un sermón, lo que me daba sueño.
A duras penas logré aguantar dos clases más. Entonces, por fin, llegó la hora de volver a casa. Anuncié mi llegada al abrir la puerta de entrada; no hubo respuesta. Pero era de esperar, ya que no había nadie más en casa. Fui a mi habitación y, aún con el uniforme puesto, me tumbé en la cama.
Me había tomado mi tiempo para volver a casa y, aun así, todavía no había oído sonar el telefonillo. Me estaba entrando sueño. Justo cuando estaba a punto de ceder a la tentación de echarme una siesta, el sonido de una notificación de mi móvil me despertó. Me froté los ojos mientras miraba la pantalla. El mensaje solo contenía una frase corta.
«Voy para allá».
Y entonces, tras esperar treinta minutos. Entró en mi habitación.
—Siento llegar tarde.
Dijo Sendai-san, quitándose el abrigo y la chaqueta, antes de sentarse junto a la mesa.
—No pasa nada, pero probablemente se te hará tarde para cuando vuelvas a casa.
Ya sabía lo que me iba a responder. Puse los vasos de refresco de siempre delante de Sendai-san y luego me senté frente a ella, apoyando la espalda contra mi cama.
—No pasa nada.
«Mi familia me deja hacer lo que quiera». Era algo que me había dicho muchas veces antes y, tal y como había dicho, a Sendai-san tampoco le preocupaba cuándo volvería hoy. Quizá la razón por la que nadie de su familia la regañaba por llegar tarde era porque confiaban mucho en ella.
—Oye, Miyagi. ¿Sabes qué día es hoy?
Preguntó Sendai-san de repente mientras abría su mochila.
—... El día del Niboshi*.
Dos, uno y cuatro; que se leían individualmente como «ni», «bo» y «shi» respectivamente. Bueno, leer «dos» como «ni» y «cuatro» como «shi» era normal, pero normalmente nunca encontrarías que «uno» se leyera como «bo». Aunque, cuando se trataba de juegos de palabras, valía incluso si estaba un poco cogido por los pelos. Dicho esto, la mayoría de la gente probablemente lo entendería si te refirieras al 14 de febrero como el Día del Niboshi.
Pero a Sendai-san no pareció hacerle mucha gracia la respuesta. Frunció el ceño y sonó aburrida cuando dijo:
—No contestes con algo que te hace sonar como un tío amargado y solitario. Contéstame en serio.
—Es San Valentín, ¿no?
Era un día sin interés por el que la gente parecía emocionarse demasiado. Un día que no era muy diferente de ayer.
—Correcto. Tenía que intercambiar bombones de la amistad con Umina y las demás y por eso he llegado tarde. En fin, también he traído para ti, Miyagi.
—¿Eh?
—Ayer estuve haciendo bombones para Umina y las demás, así que pensé en hacerte para ti también.
Dijo Sendai-san con naturalidad mientras dejaba una cajita perfectamente envuelta sobre la mesa. El papel de regalo tenía un estampado floral y la caja también llevaba un lazo rosa. Había bombones caseros dentro de la caja. Su nivel de feminidad ya era exagerado de por sí, así que ver esto me tocó la moral.
—¿No los quieres?
Al ver que me quedaba mirando la caja sin hacer nada, me preguntó con cara de interrogación.
—No tengo bombones para darte a cambio.
—¿No les has dado a tus amigas?
—Nosotras no hacemos esas cosas.
Mis amigas eran del tipo que solo harían bombones de San Valentín si planeaban dárselos a la persona que les gustaba. Intercambiábamos regalos de cumpleaños, pero cuando llegaban ocasiones como Navidad, Halloween u otros eventos de moda por el estilo, no nos molestábamos en preparar regalos. La idea de intercambiar bombones con tus amigas me parecía una costumbre de una cultura totalmente diferente.
—Ya…. Bueno, de todas formas no esperaba bombones a cambio, así que no pasa nada si no tienes. Aunque si no los quieres, me los llevaré de vuelta a casa.
Dijo Sendai-san con una sonrisa y añadió: «Entonces, ¿qué vas a hacer?».
—Me los comeré.
—Vale.
Cogí la cajita de aspecto demasiado mono de la mesa y desaté el lazo. Despegué con cuidado el papel de regalo sin romperlo y luego abrí la caja. Me encontré con los colores blanco, marrón y rosa. Dentro de la caja había seis trufas un poco más pequeñas que las que encontrarías en las tiendas.
—¿Esto lo has hecho tú?
—He dicho que sí, ¿no? Además, las he hecho lo bastante pequeñas para que sean de un solo bocado.
Dijo Sendai-san, sonando inusualmente orgullosa de sí misma. Tal y como dijo, había hecho las trufas lo bastante pequeñas como para que entraran fácilmente en la boca. A primera vista, los bombones parecían comprados. Para alguien a quien se le daba fatal cocinar, oír que eran caseros casi parecía mentira.
Dios era injusto. Sendai-san era mona, se le daban bien los estudios y sabía cocinar. Aunque las dos éramos seres humanos, yo no tenía ninguna de las cualidades que tenía ella. Era realmente injusto. No pude evitar mirar los bombones con recelo mientras Sendai-san decía:
—Creo que me han quedado bastante ricos.
Al oír esas palabras, alargué la mano hacia una de las trufas. Pero retiré la mano inmediatamente.
—Dámela tú, Sendai-san.
—¿Es una orden?
—Sí, lo es.
Parecía que Sendai-san se había acostumbrado a recibir órdenes, pero últimamente se estaba viniendo arriba con sus jueguecitos. Ya le había ordenado que me lamiera los pies varias veces, pero cada vez iba un poco más lejos de lo que le ordenaba. Hacía cosas como morderlos o besarlos.
Yo no quería eso en absoluto. Era Sendai-san quien debía obedecer mis órdenes. Ella era quien debía experimentar ese dolor y otros sentimientos raros, no yo. Y eso era exactamente lo que planeaba hacer hoy.
—Ven aquí.
Seguía apoyada contra el cabecero de la cama cuando llamé a Sendai-san para que se sentara a mi lado, y ella lo hizo obedientemente.
—¿Con cuál quieres empezar?
—Con la blanco.
Señalé la trufa que parecía estar espolvoreada con azúcar glas.
—Vale.
Sendai-san cogió la trufa blanca con el índice y el pulgar. Abrí la boca mientras aquel bultito blanco que parecía nieve se acercaba a mis labios.
*Nota sobre el Día del Niboshi:
El niboshi son pequeñas sardinas secas japonesas que se suelen tomar como aperitivo o para preparar caldo. En 1994 se lanzó una campaña para fomentar la salud consumiendo niboshi el 14 de febrero, bautizándolo como el «Día del Niboshi» (煮干しの日).
El juego de palabras funciona tal y como lo describe Miyagi: Ni (に) es dos, bo (棒) es uno y shi (し) es cuatro. Juntos forman el 2-1-4, que corresponde al 14 de febrero (siguiendo el formato mes/día).
El motivo por el que Miyagi dice que leer el «uno» como «bo» es absurdo es porque fonéticamente casi nunca se lee de esa manera. La razón de que funcione aquí es visual: el kanji utilizado para «bo» es 棒, que significa «palo» o «barra», y el número «1» tiene forma de palo.
Capítulo 8
Los dedos finos y bonitos de Sendai-san cogieron una de las trufas y me la acercaron a los labios. Se me pasó por la cabeza morderle los dedos y abrí la boca un poco más de lo necesario para dejar que entraran. Sin embargo, en cuanto el chocolate rozó la punta de mi lengua, me distraje con el dulzor del azúcar glas. Sin querer, hinqué los dientes en la trufa mientras agarraba a Sendai-san por la muñeca.
—¿No vas a comértelo?
Su pregunta sonó más a formalidad que a otra cosa. Mientras tanto, la trufa había conseguido fastidiar mis planes. Al soltarle la muñeca, el dulzor del azúcar glas se extendió por mi boca, aunque aún no había terminado de masticarla.
Quedaban cinco bombones más. De momento, aparqué mi idea de gastarle una broma en sus dedos mientras masticaba los trozos de chocolate restantes. Estaba delicioso. Era dulce, pero el sabor no se quedaba mucho tiempo en la boca. Teniendo en cuenta lo suave que parecía derretirse la trufa en mi lengua, sentía que podría comer tantas como quisiera.
—Se te han quedado los labios blancos.
Dijo Sendai-san con una sonrisa mientras extendía la mano. Intentó usar sus dedos largos y finos para limpiarme los labios, pero le aparté la mano.
—¿Estaba demasiado dulce?
Me irritó que me preguntara por el sabor en lugar de enfadarse conmigo por apartarle los dedos de un manotazo tan grosero. Sendai-san actuaba exactamente igual que en el instituto. Siempre tenía una sonrisa en la cara y nunca parecía enfadarse por nada.
Aunque no estuviéramos en el instituto, Sendai-san estaba levantando un muro entre nosotras: actuaba como si yo fuera la única en esta habitación, y yo quería arrastrarla a través de ese muro, hasta donde estaba yo.
—No estamos en el instituto, ¿sabes?
Subí la temperatura de mi calefactor y luego di un sorbo a mi refresco.
—¿Qué quieres decir?
—No tienes que fingir que eres maja.
—No finjo ser maja, soy maja.
Respondió Sendai-san sin pizca de vergüenza en la voz mientras sonreía.
—No eres muy maja cuando estás aquí. Si fueras realmente así de maja, serías dulce conmigo; dulce como este chocolate.
—¿Queeé? Yo creo que soy bastante amable y dulce contigo. Quiero decir, incluso te he traído bombones de la amistad, ¿no?
—Bombones de la amistad, dices. Aunque en realidad no somos...
«En realidad no somos amigas». Esas eran las palabras que tenía en mente, pero me las callé. No era el tipo de cosa que necesitara soltar a toda costa. Daba igual si éramos amigas o no, y solo porque me hubiera traído bombones de la amistad no significaba que fuéramos amigas de verdad. Exacto, no era para tanto.
—¿Qué pasa? ¿Qué ibas a decir?
—Dame otra.
Cambié de tema y abrí la boca. Sin indagar más en lo que estaba a punto de decir antes, Sendai-san cogió esta vez una trufa rosa.
—¿Esta te vale?
—Me vale.
Me quedé mirando sus dedos. Los días que le pedía a Sendai-san que me lamiera los pies, siempre me mordía los dedos también. Luego, empezaba a lamerme los dedos como si buscara alguna marca de mordisco que pudiera haber dejado. Dolía y me daba escalofríos por la espalda.
Pero aunque me pareciera asqueroso, no me disgustaba tanto como pensaba. En cualquier caso, ella siempre me hacía sentir cosas que no quería sentir, así que quería hacerle lo mismo a ella, aunque yo nunca lamería los pies de otra persona como hacía ella. Por eso me conformé con sus dedos. Me parecía bien, ya que se trataba de su mano.
Técnicamente, podría haberle dado una orden para conseguir eso directamente sin necesidad de usar el chocolate como medio, pero me parecía bastante aburrido. Al fin y al cabo, esos sentimientos inexplicables deben llegar por sorpresa.
—Aquí tienes.
Como atraída por el sonido de su suave voz, abrí la boca de par en par. Entonces, mordí los dedos de Sendai-san junto con la trufa. Mastiqué, más fuerte de lo que solía hacer con algo como el chocolate. La blandura de la carne provocó un tipo de placer similar al que sentía cada vez que usaba un cuchillo para cortar un filete grueso. No es que hubiera comido filete con mi padre últimamente.
—Miyagi, eso duele.
Sendai-san alzó la voz en señal de protesta. Pero no la solté. Mordí con la fuerza suficiente para sentir su hueso contra mis dientes.
—En serio, Miyagi. Eso duele de verdad.
Escuchar el sonido de su voz baja y fuerte —que era diferente a la que oía en el instituto— era excitante. La temperatura de mi habitación se disparó de golpe. Intoxicada por el dulzor del chocolate y la dureza de su hueso, podía oír una voz en mi cabeza suplicando más.
Apliqué más fuerza en sus dedos con los dientes. Justo cuando estaba a punto de romperle la piel, los dedos de Sendai-san temblaron ligeramente.
—¡Miyagi!
Cuando me gritó, le solté los dedos y saboreé el resto del chocolate en mi boca.
—... ¿Eso era una venganza o qué?
Preguntó Sendai-san mientras se examinaba la mano. No había ni rastro de enfado en su cara. Pero al menos parecía que le dolía.
—Quién sabe. Dame la mano.
La trufa que tenía en la boca ya se había derretido por completo y se dirigía a mi estómago. Al oír mi exigencia, apareció un leve ceño fruncido en la cara de Sendai-san, como si supiera lo que venía a continuación. Sin embargo, no me llevó la contraria. Aunque no había entrado en detalles con mi orden, extendió la mano hacia mis labios sin decir palabra.
Entonces, le rocé los dedos con la punta de la lengua. Mientras trazaba lentamente la forma de las marcas de los mordiscos que había dejado en sus dedos, Sendai-san me tiró del flequillo.
—¿Te has cortado el pelo?
Antes he dicho que me lo había dejado muy corto, pero en realidad no era para tanto. Al menos, no como para que lo notara Sendai-san, teniendo en cuenta que en el instituto ni nos hablamos.
La distancia entre nosotras era tan ancha como el río Ganges. ―― No es que recuerde lo grande que es el Ganges, pero había una clara división entre nosotras. Aunque se suponía que estábamos así de distantes la una de la otra, me revolvió el corazón saber que Sendai-san se había dado cuenta de que me había cortado el flequillo. En lugar de contestarle, intenté volver a morderle el dedo.
Pero antes de que pudiera hacerlo, me empujó el dedo más adentro de la boca. El dedo en mi boca se hundió hasta la segunda articulación, y se movió como si estuviera explorando el interior. Cuando la yema de su dedo rozó el interior de mi mejilla, me provocó un hormigueo por la espalda.
Empecé a sentir un montón de sensaciones que no podía controlar. Aunque me parecía asqueroso, no quería que parara. Esa sensación rara en el pecho iba a más por momentos. Odiaba esto. Mordí suavemente el dedo que se movía dentro de mi boca. Cuando presioné la lengua contra el dedo y empecé a lamerlo, me lo sacó a la fuerza.
—¿Estaba rico?
Me quedé mirando a Sendai-san, que hizo esa pregunta como si no hubiera pasado nada. Me preguntaba si habría logrado que le doliera y le molestara tanto como a mí cada vez que ella me mordía los dedos de los pies. No tenía ni idea. Al fin y al cabo, Sendai-san siempre escondía sus emociones tras su sonrisa.
Como no obtuve la reacción que quería de ella, le di una respuesta cortante.
—Los bombones estaban mejor.
—Seguro que sí. ¿Quieres más?
Preguntó Sendai-san sin borrar la sonrisa. Odiaba esa mirada en su cara, que hacía parecer que no acababa de pasar nada. Le había mordido los dedos tan fuerte que me había tenido que gritar, y era imposible que no le diera asco que se los hubiera lamido así. Por eso tenía que arrancarle esa careta con la que tan fácilmente hacía como si no pasara nada.
—Dame ese.
Señalé la trufa de color marrón, que parecía estar espolvoreada con cacao en polvo.
—Abre la boca.
Dijo Sendai-san mientras cogía el tercer trozo de chocolate que le pedí.
Capítulo 9
Algo estaba a punto de pasar.
Probablemente ella también lo notaba. Aun así, llevó el bultito marrón a mi boca. Como si simplemente estuviera siguiendo las instrucciones de un manual, dejó que el chocolate me rozara los labios y, como si no tuviera más remedio que llevar mi plan hasta el final, mordí el dedo de Sendai-san junto con la trufa.
—Miyagi, eso duele.
Dijo Sendai-san, recitando las palabras como si las estuviera leyendo de un guión. Aunque lo dijo en voz alta, no parecía haber ni pizca de emoción detrás. Bueno, era natural. Todavía no estaba mordiendo tan fuerte. Poco a poco, hice más fuerza con los colmillos con la esperanza de poder dejarle marcas visibles.
Mientras mis dientes se hundían en el dedo de Sendai-san, el chocolate se derretía en la punta de mi lengua, haciendo que pareciera que su dedo tenía un sabor deliciosamente dulce. Queriendo terminarme el resto de la trufa, clavé los colmillos aún más hondo, lo que hizo que intentara apartarme empujándome la frente.
—Oye, he dicho que duele.
Esta vez no parecía que estuviera mintiendo, y pude sentir emoción tras su voz. También hizo más fuerza con la mano que tenía en mi frente.
—Suéltame.
Sendai-san no tenía ningún derecho a darme órdenes. Así que decidí no hacerle caso. En lugar de eso, mordí aún más fuerte.
Parecía que le estaba doliendo demasiado: repitió su exigencia de que la soltara y finalmente consiguió sacar el dedo de mi boca. Solo me quedaron los restos del chocolate en la boca, que me fui tragando mientras se deshacían.
Aunque no éramos amigas, los bombones de la amistad que había hecho estaban riquísimos. Seguro que no se imaginaba que me comería sus bombones de la amistad así, pero a mí ya me iba bien. A ver, al final el chocolate está para comérselo. Mientras acabe dentro, qué más da cómo lo hagas.
Pero cuando miré a la persona que había hecho los bombones, su sonrisa había desaparecido por completo.
—Pásame un pañuelo.
Dijo Sendai-san con una voz que sonaba más grave de lo habitual. Mi caja de pañuelos, que tenía una funda con forma de cocodrilo, estaba al otro lado de la mesa. En todo caso, Sendai-san la tenía más cerca. Mirándole el dedo, pude ver cacao en polvo y chocolate manchándolo.
Tampoco es que necesitara un pañuelo para limpiárselo. Ignoré la petición de Sendai-san y pasé la lengua por su dedo índice. Probablemente estaba complicando las cosas más de la cuenta, pero como había sido yo quien le había ensuciado el dedo, tenía que ser yo quien se lo limpiara también.
—Miyagi.
Fingí que no la escuchaba mientras pegaba los labios a las marcas de los mordiscos que había dejado y las lamía. Llegué hasta la segunda articulación del dedo y chupé la base. Luego le di un beso, que hizo un sonido apenas audible. Sendai-san tembló ligeramente por un momento como respuesta.
—Espera. Eso da asco.
Su voz sonaba plana. Sin embargo, estaba segura de que Sendai-san estaba sintiendo lo mismo que yo cuando ella me hacía estas cosas a mí. Daba asco, pero también había algo más.
Sentía que podía oír perfectamente lo que escondía esa voz tan seca, así que volví a pegar la lengua a su dedo. Pero ya no quedaba nada del sabor dulce del chocolate. La piel humana no se parecía a nada que me hubiera metido en la boca antes. No estaba ni caliente ni fría; los dedos humanos tampoco sabían muy bien.
Pero aun así, este estaba siendo el momento más feliz de todo el día. Empecé a pasar la lengua por su pulgar. Igual que había hecho con el índice, como si hubiera chocolate que lamer, moví la lengua despacio. Sendai-san soltó un pequeño suspiro.
—Miyagi, te estás pasando de la raya.
Me apartó de un empujón fuerte mientras hablaba, y su pulgar salió de mi boca. Entonces, agarré la caja con forma de cocodrilo, de la que salían pañuelos por la espalda, y se la tiré a Sendai-san.
—¿Te parece divertido hacer cosas así?
Sendai-san me miró fijamente mientras se limpiaba los dedos.
—La verdad es que sí.
Cuando le respondí con una sonrisa, me empujó el cocodrilo de vuelta.
—En serio, ¿qué clase de hobby es este?
—Comer humanos no es mi hobby, que conste.
—Entonces no me muerdas.
Dijo Sendai-san, sonando atónita mientras daba un sorbo a su refresco.
—Antes me has hecho daño de verdad. ¿No podría considerarse un incumplimiento del contrato?
—No ha sido violencia. Y tú me hiciste lo mismo antes, así que aguántate.
—Yo no te mordí ni de lejos tan fuerte. Pensaba que ibas a arrancarme el dedo de un bocado, en serio.
—Bueno, solo intentaba comer un poco de chocolate, pero acabaron pasando otras cosas.
—¿Vas a comer más?
—¿Qué quieres que haga?
—... Haz lo que quieras.
No quería ser su amiga. La única conexión que teníamos era a través del dinero, y ese era el único tipo de conexión que necesitábamos. Así que daba igual lo que pensara Sendai-san, tenía derecho a hacer lo que quisiera con ella. Así es como debían ser las cosas.
Pero a pesar de eso, las siguientes palabras que salieron de mi boca fueron diferentes a las que esperaba.
—¿Te quedas a cenar?
—Vale.
Respondió Sendai-san de inmediato. Comer acompañada era mejor que comer sola. Aunque no cambiara el sabor de la comida, tener a alguien con quien cenar hacía que pareciera una comida de verdad.
Me levanté y fui a la cocina. Sin necesidad de que se lo dijera, Sendai-san me siguió. Encendí las luces mientras ella se sentaba en la barra americana que separaba la cocina del salón. Saqué una bolsa de patatas fritas del congelador y la metí en el microondas. Preparé dos platos y saqué un par de filetes rusos precocinados de la nevera. Cuando el microondas pitó, saqué la bolsa de patatas y la cambié por los filetes rusos.
Ese fue todo el trabajo que tuve que hacer, y la cena estuvo lista en un santiamén. Sin embargo, comparado con los tres minutos que solía tardar en hacer fideos instantáneos, hacer todo eso me llevó un poco más de tiempo.
—Ya está.
Cuando puse el plato de patatas y los dos filetes rusos en la mesa, Sendai-san dijo alegremente:
—Hay dos raciones, ¿eh?
Por alguna razón, Sendai-san hizo que sonara como si me hubiera molestado en comprar un filete ruso para ella también.
—Esta es la ración de mi padre.
Esa había sido mi intención hoy. Había comprado un filete ruso para que mi padre pudiera comérselo. Así de simple. No es que lo hubiera preparado específicamente para Sendai-san.
—¿Y qué va a cenar tu padre entonces?
—Tiene otras cosas para comer.
Las palabras que acababan de salir de mi boca no eran verdad. La nevera estaba prácticamente vacía. Sin embargo, mi padre rara vez cenaba en casa, así que en realidad daba igual si estaba llena o no.
—Da igual, tú cómetelo.
Dije secamente mientras me sentaba junto a Sendai-san. En cuanto las palabras «Que aproveche» escaparon de mi boca, oí a la persona a mi lado decir lo mismo al unísono. Pero eso no hizo que estuviéramos más unidas que hace un minuto, así que procedimos a comer en silencio.
No teníamos nada de qué hablar, pero eso no era un gran problema. Era mucho menos estresante que forzar una conversación. Empecé a masticar el filete ruso, que estaba mucho más tierno que los dedos de Sendai-san. Lo único que se oía entre nosotras era el ruido de los palillos contra los platos.
Los filetes rusos y las patatas fritas fueron desapareciendo de nuestros platos y, cuando ya estaba casi todo liquidado, Sendai-san abrió la boca.
—¿Quieres que haga yo la cena la próxima vez?
—¿A qué viene eso de repente?
—¿No quieres?
Las trufas que hizo estaban deliciosas, así que no había motivo para desconfiar de cómo cocinara. Sin embargo, tampoco había motivo para que Sendai-san preparara algo para mí, y no quería que hiciera algo que no le hubiera ordenado. Nuestra relación debería basarse solo en mis «órdenes».
—No necesito que hagas la cena.
—Ya veo.
Respondió Sendai-san sin pizca de desánimo en la voz mientras se llevaba otro bocado de filete a la boca. Habiendo comido en silencio, nos terminamos la comida en un abrir y cerrar de ojos. Lo mismo pasó cuando comimos fideos juntas justo antes de las vacaciones de invierno.
Decidí dejar lo de fregar los platos para luego, así que volvimos a mi habitación.
—¿Tienes alguna otra orden?
—No.
—Vale, entonces me vuelvo a casa.
Sendai-san se volvió a poner la chaqueta y el abrigo antes de dirigirse a la entrada.
—Te acompaño.
Las dos salimos por la puerta y subimos al ascensor.
—Las trufas estaban muy buenas. Gracias.
Mientras veía los números de la pantalla del ascensor bajar poco a poco desde el «cinco», le dije qué me habían parecido y le di las gracias. Al menos tenía ese mínimo de educación.
—De nada.
Oí decir a Sendai-san mientras el ascensor se acercaba a nuestra parada. La acompañé hasta la entrada. Sendai-san me saludó con la mano mientras decía: «Hasta luego».
—Adiós.
Mientras me despedía de ella como solía hacer, Sendai-san se dio la vuelta. Hasta ahora, nunca se había girado ni una sola vez. Y, sin embargo, esta vez lo hizo, respondiendo con un «Adiós» mientras volvía a saludarme con la mano.
Capítulo 10
San Valentín pasó sin pena ni gloria, y las tres trufas restantes hacía tiempo que habían desaparecido. No es que quisiera volver a comerlas, pero no me quejaría si tuviera dos o tres más. Me gustaban las cosas dulces, así que nunca tenía suficiente.
Pero no tenían porqué estar hechas por Sendai-san. De hecho, me daba igual quién los hiciera; con que no dieran asco me valía, incluso si no estaban tan ricos.
Lo mismo aplicaba a la cena que Sendai-san se había ofrecido a cocinarme. Daba igual si estaba buena o no. Todo acabaría en mi estómago de todas formas... Bueno, quizás Sendai-san había dicho que cocinaría para mí, pero no estaba segura de si realmente tenía intención de hacerlo o no.
Mientras el profesor seguía con su monótono discurso de fondo, me llevé la mano al estómago. Me quedé mirando el reloj que colgaba sobre la pizarra. No hacía mucho que había empezado la clase. Todavía tenía que esperar al menos treinta y cinco minutos antes de la hora del almuerzo.
—Miyagi, te toca a ti.
El profesor dijo mi nombre con una voz que sonaba como si estuviera tirando un hechizo de sueño sacado de un videojuego. Aunque solo estaba escuchando a medias, sabía que quería que leyera un trozo del libro
Me puse de pie con el libro de inglés en las manos. No tenía intención de estudiar nada que necesitara inglés. Tampoco tenía planes de irme de Japón, así que no iba a ser un problema no entenderlo. Sin embargo, nada de eso parecía importar ahora mismo. La clase de inglés no iba a tener piedad de mí, y el profesor podía hacerme participar cuando quisiera.
Empecé a leer el libro a regañadientes. Me sonaban algunas palabras de la página, pero otras no estaba segura ni de haberlas visto antes; tenía que pararme e intentar leerlas como podía. El profesor me ayudaba con alguna que otra, pero no sabía ni si lo estaba pronunciando bien.
—Suficiente. Siéntate, Miyagi. Deberías prestar más atención en clase la próxima vez.
Dijo el profesor, sonando un poco decepcionado. Estaba bastante segura de que, aunque prestara más atención en clase, nunca llegaría a entender el inglés.
—Entonces, que Sendai siga desde aquí.
Sendai-san respondió con un «Vale» mientras se levantaba de su asiento. Con la espalda recta, empezó a leer el libro de texto.
Pronunciaba con claridad, sin cometer errores ni atascarse en las palabras difíciles. Si nuestras voces pudieran describirse con diferentes tipos de letra, las palabras de Sendai-san estarían escritas en letra cursiva, mientras que las mías saldrían como letras de imprenta inestables dibujadas por una niña.
Podía hacer la mayoría de las cosas a la perfección. Suspiré mientras miraba mi libro. No creo que llegue a entenderlo nunca.
Tenía el pelo castaño y llevaba maquillaje. Hasta la falda la llevaba más corta de lo que permitían las normas. Sendai-san se saltaba las reglas del instituto y, aún así, nuestros profesores siempre le pasaban todo. Podía dárselas de niña buena y pura, pero si eso fuera verdad, ¿iría maquillada? ¿Y alguien capaz de morderle el pie a otra persona puede considerarse pura de verdad? Lo dudaba mucho.
Pero por muchas vueltas que le diera, mi situación no iba a cambiar, y desde luego no me iba a volver tan perfecta como Sendai-san.
Pasé las páginas de mi libro. Al cabo de un rato, la voz de Sendai-san se apagó, y solo quedó el sonido de la tiza deslizándose por la pizarra.
Pasamos un buen rato copiando lo que estaba escrito en la pizarra en nuestros cuadernos. El profesor acabó pasándose cinco minutos de la hora del almuerzo para terminar la clase. Entonces, en cuanto pude, saqué el móvil de la mochila. Tenía que mandar un mensaje antes de que mi amiga, Maika, se me acercara desde el fondo de la clase.
La destinataria no era otra que Sendai-san, y el texto del mensaje era el mismo de siempre.
«Ven hoy».
La respuesta llegó de inmediato, y mis planes para después de clase quedaron decididos.
Tras pasar el recreo en la cafetería, las clases que nos quedaban por la tarde pasaron sin problemas. Me fui a casa con Maika, separándonos cuando ella tuvo que desviarse a otro sitio. Poco después de llegar, recibí un mensaje de Sendai-san que decía: «Llego enseguida». Rodando por la cama mientras esperaba, oí sonar el telefonillo y dejé entrar a Sendai-san.
—Siento haberte hecho esperar.
Dijo Sendai-san mientras se quitaba el abrigo y la chaqueta y se sentaba frente a mi estantería como si fuera lo más natural del mundo. Le puse un billete de 5.000 yenes en la cabeza y salí de la habitación. Me puse las zapatillas y fui a la cocina.
Puse dos vasos en la encimera y saqué refresco de la nevera. Cuando llevé los vasos de vuelta a mi habitación, encontré a Sendai-san tumbada en mi cama como si fuera la dueña del lugar.
Junto a la chica desaliñada tumbada en mi cama había tres tomos de manga que había elegido para ella misma. Como era una visión a la que ya me había acostumbrado, lo dejé estar y puse los dos vasos en la mesa. Caminé hacia mi estantería y elegí un manga para mí también. Luego, pasé las páginas del libro que ya había leído varias veces antes.
No había muchas cosas que pudiera ordenarle hacer. Mientras estuviéramos en mi habitación, podía mandar a Sendai-san como si fuera mi sirvienta, pero también había límites para esas órdenes por las reglas que habíamos establecido. Además, no quería ser cruel con ella todo el tiempo, y tampoco quería que hiciera cosas demasiado raras.
Y así, el tiempo pasó volando. Tras terminar un tomo de mi manga, continué leyendo el siguiente. Los únicos sonidos que se oían en mi habitación eran mi calefactor y el paso de las páginas. Para cuando cogí el tercer tomo, la voz de Sendai-san rompió el silencio.
—Miyagi, ¿juegas a algún videojuego?
—Sí.
—¿De esos en los que vienen tíos buenos a ligar contigo?
—No juego a ese tipo de juegos.
Le respondí a Sendai-san sin apartar los ojos de mi manga.
—¿Ah, no? Tienes un montón de mangas románticos, así que pensé que te gustaría ese rollo.
Me gustaban los mangas románticos, pero eso no significaba necesariamente que me fueran esos tipos de juegos. Si hablábamos de mi género de videojuegos preferido, serían los RPG. Prefería jugar a un juego donde pudiera vivir una vida completamente diferente a la mía antes que convertirme en el objetivo de líos amorosos.
—Seguro que piensas que los únicos juegos a los que juego son los que les gustan a los otakus.
—¿No es así?
Cuando levanté la vista de mi manga, vi una sonrisa traviesa en la cara de Sendai-san. Sin decir nada más, me levanté de mi asiento. Quizá no lo hacía a propósito, pero parecía que estaba actuando como si estuviera por encima de mí. Si estuviéramos en el instituto ahora mismo, ese sería el caso, pero no aquí. No me hacía especial gracia su actitud.
—Hazme los deberes de inglés.
Saqué mi libro de texto y las hojas de ejercicios de mi mochila y las extendí sobre la mesa. Sin embargo, Sendai-san no se movió de la cama.
—Lo haré cuando termine de leer esto.
—Hazlo ahora mismo.
—Qué rancia eres, Miyagi.
Dijo mientras se sentaba a regañadientes frente a mí. Luego, sacó sus propias hojas de la mochila y empezó a rellenarlas.
—Ojalá pudieras escribir las respuestas directamente en mis hojas también.
—Ya te lo he dicho antes, ¿no? Se darán cuenta de que la letra es la misma y nos pillarán.
—Pues aprende a falsificar la mía.
—No quiero que nos echen la bronca si nos pillan. Además, ya acordamos que cualquier cosa que interfiera con el instituto va contra las condiciones de nuestro acuerdo, ¿no?
Sendai-san y yo quedamos después de clase. Y luego hacemos cosas juntas. Prometimos que no le ordenaría hacer nada que pudiera exponer cualquiera de esas dos cosas. Aunque lo que había dicho Sendai-san era correcto, sentía que le resultaría fácil imitar mi letra. Podía hacerlo, simplemente no quería. Probablemente era eso.
Le di un toque a Sendai-san en la mejilla con mi portaminas.
—¿Qué pasa?
—Lámelo.
Era aburrido ver a Sendai-san concentrarse tan seriamente en los deberes, así que lo hice solo para matar el tiempo. Sentada al otro lado de la mesa, Sendai-san levantó la cabeza y presionó los labios contra el botón del portaminas. Entonces, deslicé el lápiz hacia la comisura de su boca. Mientras trazaba lentamente sus labios con él, Sendai-san empezó a lamer el portaminas y lo mordisqueó sin cortarse un pelo.
—No me gusta cuando haces eso.
Dije mientras le sacaba el portaminas de la boca.
—¿No te gusta cuando hago qué?
—Cuando empiezas a hacer cosas que no te he dicho que hagas.
Le había ordenado lamer el portaminas, no mordisquearlo. Esa era la única cosa que le había pedido.
—Sendai-san, ¿te gusta que te den órdenes? Porque parece que sí.
—¿Parece que me estoy divirtiendo?
No diría que pareciera feliz haciéndolo, pero tampoco parecía que estuviera en contra. Hasta ahora, Sendai-san no había desobedecido mis órdenes ni una sola vez. Ahora mismo, estaba haciendo lo que le había ordenado, pero al mismo tiempo no sentía que estuviera obteniendo lo que quería exactamente de ella.
—... Deja de hacer que parezca que sí.
Le metí el portaminas de nuevo en la boca. Le toqué la lengua con el botón y luego lo deslicé contra su paladar como si lo estuviera rascando. Cuando saqué el portaminas de su boca, Sendai-san frunció el ceño, con cara de pocos amigos.
—Esa es la cara que quiero ver.
Nunca había sentido eso hacia mis amigas. Pero Sendai-san no era mi amiga, así que estaba bien querer eso de ella.
—Qué pervertida eres, Miyagi.
Dijo Sendai-san con una voz baja que nunca le oirías en el instituto, mientras intentaba confiscarme el portaminas. Esquivando su mano, sentí cómo se formaba una sonrisa en mi cara.
—Puede que tengas razón.
Sendai-san, que casi nunca fruncía el ceño en el instituto, ahora no se molestaba en disimular su desagrado. La Sendai-san que siempre ponía buena cara a los demás había desaparecido. Tenía delante a una Sendai-san que nadie más conocía. No pude evitar saborear el placer que sentía en ese preciso instante.
Le di un toque en el dorso de la mano a Sendai-san con la punta afilada de mi portaminas.
—Oye, eso es peligroso.
Dijo Sendai-san, con voz lúgubre. Seguí clavando la punta en su piel hasta que la mina se rompió. «Eso duele», fue todo lo que dijo como respuesta.
Aparté el portaminas de la mano de Sendai-san, cogí el cocodrilo del que salían pañuelos de su lomo y saqué uno para limpiar el botón.
—Oye, ¿puedes hacer la cena?
—¿Pero no dijiste que no querías comértela? —Respondió Sendai-san con frialdad mientras soltaba un pequeño suspiro. Luego, como para calmarse, cerró los ojos un momento antes de mirarme.
—Pero si me lo ordenas, entonces lo haré.
Dijo Sendai-san en voz baja mientras escribía algunas palabras en inglés en su hoja.
Le pago 5.000 yenes para darle órdenes. Pero no quería ordenarle que me hiciera la cena. Quería ordenarle cosas más grandes. Mejores.
Empecé a escribir en mis propias hojas, imitando su letra cuidada y sus palabras tan perfectamente escritas.