[11–14] Sé que Miyagi no sabe bien (Sendai PoV)

Traducción fan al castellano de Shū ni Ichido Classmate o Kau Hanashi — Shuukura

HISTORIA SOBRE CÓMO COMPRABA A MI COMPAÑERA DE CLASE UNA VEZ A LA SEMANA


Capítulo 11

—Ya estoy en casa.

Anuncié mi llegada dirigiendo la voz hacia el salón. Podía oír risas tenues viniendo de la habitación y ver luz filtrándose por la puerta, pero eso fue lo único que escuché. Aunque debieron haberme oído, ni una sola persona se molestó en responder. Bueno, ya me lo esperaba, así que tampoco es que tuviera motivos para quejarme.

Además, si a alguien le hubiera dado de repente por cambiar de actitud y recibirme con los brazos abiertos, me habría parecido un fastidio. Comparado con eso, prefería mil veces que me ignoraran. Las cosas parecían más naturales así.

La cena en casa de Miyagi no había sido precisamente sana, así que no tenía mucha hambre. Como no tenía ninguna razón para entrar en el salón, me fui directa a mi habitación. En cuanto entré en mi cuarto —que estaba amueblado con lo justo y necesario— me quité la ropa y me puse algo cómodo para estar por casa. Había terminado los deberes en casa de Miyagi, así que no me quedaba nada pendiente por hacer hoy.

Saqué el monedero de la mochila y extraje el billete de 5.000 yenes que me había dado Miyagi. Lo doblé y lo deslicé dentro de la hucha que tenía encima de la cómoda. Se suponía que cabía hasta un millón de yenes, si usabas monedas de quinientos.

Me pregunté cuánto habría dentro de la hucha ahora mismo. Miyagi me pagaba 5.000 yenes una vez, a veces dos veces por semana. Había perdido la cuenta de cuántos billetes había metido en la hucha, pero teniendo en cuenta que nuestro acuerdo empezó en verano, probablemente habría bastante.

No iba a molestarme en abrirla para comprobarlo y, por mucho dinero que metiera ahí, tampoco tenía planes de gastármelo de momento. Aunque tenía un poco de curiosidad por saber cuánto tiempo había pasado con Miyagi. Se oyó un traqueteo metálico al agitar la hucha. Probablemente era el sonido de las monedas de quinientos yenes que había metido ahí mucho antes de empezar a ingresar los billetes de 5.000. Por desgracia, eso no me daba ninguna pista sobre cuánto tiempo llevaba quedando con Miyagi.

Dejé la hucha de nuevo sobre la cómoda. Miyagi me daba 5.000 yenes solo por mandarme un poco. Para una estudiante de secundaria, era mucho dinero. No es una cantidad que pudiera derrocharse así, pero Miyagi me pagaba todas las semanas sin falta. Decía que el dinero no era un problema para ella, pero cuando pensaba en cuánto había ahora mismo en mi hucha, se me encogía un poco el corazón. Ojalá las órdenes que me daba realmente valieran 5.000 yenes. Quizá entonces no tendría que darle tantas vueltas.

Dicho esto, la forma en que hoy Miyagi me había metido el portaminas en la boca y luego había soltado aquello de «Esa es la cara que quiero ver» me hizo sentir que esta vez sí me había ganado el sueldo.

Nunca había visto a Miyagi tan feliz como en ese momento. Si ese era el precio que tenía que pagar por los 5.000 yenes, entonces no me compensaba en absoluto. No me equivoqué cuando le dije: «Qué pervertida eres, Miyagi»; a diferencia de ella, yo no era la clase de pervertida que hace cosas que no le gustan porque sí.

Si lo fuera, no sería más que un perro que obedece órdenes sin pensar. El hecho de que Miyagi quisiera ver mi cara de disgusto me hizo pensar que algo no le funcionaba bien en la cabeza.

—¿Qué se le pasará por la cabeza?

Murmuré para mí misma mientras me soltaba el pelo. Un segundo después, recibí una notificación en el móvil. Al mirar la pantalla, vi que Umina me había enviado un mensaje que decía: «¿Lo has visto?».

Ahora que lo mencionaba, hoy emitían el nuevo capítulo de la serie favorita de Umina. Pero para cuando encendí la tele, el capítulo ya estaba a punto de acabar, así que contesté: «Me estaba bañando, pero veré la grabación».

Si me ponía con el capítulo ahora mismo, aunque me saltara todos los anuncios, seguiría atrapada cincuenta minutazos. Solo de pensarlo me daba una pereza tremenda.

La serie que tenía que ver era un drama romántico. No es que fuera un género que odiara especialmente, pero el tipo de historias que le gustaban a Umina no encajaban para nada con mis gustos. No llegaría a decir que fuera una pérdida de tiempo, pero preferiría estar haciendo cualquier otra cosa antes que ver una serie aburrida.

Miyagi rara vez me llamaba dos días seguidos, lo que significaba que mañana tendría que ir a algún sitio con Umina y las demás después de clase. Las cosas que hacíamos después del instituto eran bastante corrientes, y no es que me cayeran mal las chicas con las que iba. Pero el esfuerzo que tenía que hacer para sentirme cómoda con ellas era un poco un coñazo.

Y si quedábamos mañana, seguro que íbamos a comentar lo que había pasado en el capítulo de hoy.

—Si les digo que no lo he visto, probablemente les corte el rollo.

Si fuera Miyagi, no me molestaría en verlo por ella.

Me tumbé en la cama y estiré los brazos. Extendí la mano hacia la luz del techo y me quedé mirando mi dedo índice. Las marcas de mordiscos que me dejó Miyagi en San Valentín hacía tiempo que habían desaparecido. Bueno, habría sido un problema si no lo hubieran hecho.

Aquel día me sorprendió que pudiera morder el dedo de otra persona con tanta facilidad, sin dudarlo ni un segundo. Pero las marcas habían desaparecido al día siguiente.

Las órdenes que interferían con el instituto iban contra las reglas. Si las marcas no se hubiera ido de mi dedo, Umina y las demás no habrían parado de darme la brasa con el tema, y eso habría sido saltarse nuestras normas. Supongo que, a su manera, Miyagi estaba teniendo consideración conmigo. Aunque bueno, a lo mejor morder así no deja marca y ya está. Como nunca me habían mordido, no sé si es que Miyagi tuvo cuidado aposta o si fue pura suerte.

Acaricié la zona donde había estado la marca. No me dolía ni nada. Pegué los labios al dedo. Como si siguiera un rastro invisible, repasé el camino con la lengua. La verdad es que no sentí nada de nada. Bueno, tampoco era ninguna sorpresa. Miyagi me había pasado la lengua desde la mitad del dedo hasta la punta.

Que Miyagi me lamiera me dio asco. Pero, al mismo tiempo, notar su lengua suave recorriéndome el dedo me provocó un cosquilleo y me hizo sentir algo raro.

En aquel momento, ¿había puesto la misma cara que Miyagi?

Cuando le lamí el pie a Miyagi y luego la mordí. Recordé la cara que puso aquel día. Si ese era el tipo de expresión que tenía yo también en la cara, entonces...

Solté un suspiro mientras me levantaba de la cama. Sabes qué, igual veo el capítulo después de todo. Para que el episodio pasara más rápido, subí la velocidad de reproducción. Pulsé el botón de play del mando y vi cómo los personajes se movían y hablaban increíblemente rápido.

No me gustaba el dolor. Tampoco me gustaba que me trataran de forma tan borde. Pero a pesar de todo, me sentía más a gusto en la habitación de Miyagi que en la mía propia.

Quizá a mí también me pasaba algo raro en la cabeza. Aunque lo que nos hacíamos no significara nada en el fondo, hacer cosas como lamernos la piel seguramente nos estaba haciendo perder la noción de los límites.

Pero ahora que habíamos llegado tan lejos, no tenía intención de echarme atrás; y fijo que lo de Miyagi tampoco tenía ya remedio después de haberse metido por el mal camino.

Subí el volumen de la tele. La voz del actor guapo que le gustaba a Umina es escuchó más fuerte. Entonces, centré toda mi atención en la serie que ni siquiera me interesaba.

Capítulo 12

—Quiero echarme novio.
—Quiero un novio guay que no me ponga los cuernos.

Novio, novio, novio.

Estábamos pasando el rato en un karaoke después de clase, y Umina no paraba de repetir la palabra «novio» una y otra vez, hasta el punto de que empezaba a pensar que era un robot que no tenía ninguna otra palabra programada en su diccionario.

Una de las chicas de nuestro grupo se había echado novio. A Umina la había dejado el suyo en enero y, en cuanto se enteró de la noticia, querer novio se convirtió en su único tema de conversación. Umina se ponía muy pesada en momentos así. Aunque ayer me tomé la molestia ver ese programa de la tele, parecía que no me iba a servir para tener tema de conversación.

—Qué bien vives, ¿eh, Hazuki? Como eres tan popular y todo eso.

Me forcé a sonreír al oír a Umina decir mi nombre.

«Popular», dijo.

Daba igual si era verdad o no.

Mi respuesta ya estaba decidida desde el principio. Básicamente estaba obligada a decir algo del tipo: «Tú eres más popular, Umina», sin parecer demasiado insistente ni negar lo que había dicho sobre mí.

Las chicas son como los pasteles de colores, decorados con nata montada y fruta fresca por encima, pero no todas son tan dulces por dentro como los pasteles de verdad. Pueden parecer dulces, justo hasta el momento en que les das un bocado; entonces notas el veneno. Así que, para no sonar sarcástica, tenía que alejar a Umina del tema venenoso de mi propia popularidad y dorarle un poco la píldora.

El humor de Umina ya había ido cayendo en picado, así que no parecía muy convencida.

—O sea, nos dejaste tiradas en pleno San Valentín, ¿no, Hazuki? ¿Habías quedado con alguien? ¿Era Iida? ¿O quizá Sasaki?
—Ya te lo dije, no es eso. Tuve que irme porque me llamaron mis padres. Si alguna vez me echo novio, serás la primera en saberlo, Umina, te lo aseguro.

Miyagi me había llamado el día de San Valentín, así que tuve que separarme del grupo un poco antes de lo habitual. Pero al día siguiente, Umina y las demás empezaron a decir que en realidad me había ido a ver a mi supuesto novio. Pensé que había logrado aclarar el malentendido; pero ahora que Umina estaba con la pataleta, supuse que iba a usarlo en mi contra otra vez.

Aunque Umina no era mala persona. Siempre que me sentía de bajón o tenía alguna preocupación, ella estaba ahí para animarme. Simplemente tenía más altibajos emocionales que la mayoría.

Dicho esto, era difícil mantenerla de buen humor todo el tiempo. De las cuatro personas de nuestro grupo, solo una tenía novio y estaba muy emocionada con el tema. Mientras tanto, la otra persona del grupo se había cruzado con Umina y había sido desterrada. Eso me dejaba a mí como la única responsable de arreglar el humor de Umina.

En serio, qué suplicio.

En momentos como este, deseaba que Miyagi me dijera algo. Técnicamente podría haberme inventado cualquier excusa e irme, pero era más fácil escabullirse si tenía una razón real para hacerlo. Pero a juzgar por cómo habían ido las cosas hasta ahora, era poco probable que Miyagi me pidiera ir dos días seguidos; y hoy no era la excepción.

Al final, Miyagi no me contactó hasta una semana después. Me hizo hacerle los deberes otra vez y compartimos otra comida basura juntas. Lo mismo pasó la siguiente vez que la visité, y la siguiente también. Cada vez que iba, cenábamos comida poco saludable. Miyagi tampoco sacó nunca el tema de que yo cocinara para ella.

Pero hoy, cuando me envió el mensaje, fui directa al supermercado desde la librería y compré algo de pollo antes de dirigirme a su casa. Planeaba hacer la cena. Además, no me parecía buena idea que siguiéramos cenando cosas como fideos instantáneos o congelados. Y qué narices, quería ver la cara de Miyagi cuando hiciera algo que no me había ordenado. Y no había ninguna razón por la que tuviera que estar tan pendiente de lo que Miyagi había dicho sobre querer ver mi cara de disgusto. Además, hacer la cena en casa de Miyagi no era muy diferente de hacerla en la mía.

Total, que acabé llevando una bolsa con los ingredientes para la cena de esta noche a la habitación de Miyagi.

—¿Estabas por ahí con Ibaraki y las demás?

Preguntó Miyagi, intentando averiguar por qué llegaba tarde, mientras me daba un billete de 5.000 yenes.

—Nop. Toma, mete esto en la nevera.

Cogí el billete de 5.000 yenes y le entregué la bolsa con los ingredientes que había comprado en el supermercado.

—¿Qué es esto?
—Ingredientes para karaage.
—¿Por qué has traído todo esto?
—Esta noche hago yo la cena.
—No te he ordenado que hagas eso.

Miyagi parecía claramente disgustada.

Yo tenía que obedecer sus órdenes.

Eso fue lo que le prometí, pero ella nunca me hizo prometer que no le hiciera la cena. Tenía libertad para hacer lo que quisiera a menos que se me ordenara lo contrario, así que, al menos por hoy, no debería culparme si le hacía la cena.

Como si la propia Miyagi se hubiera dado cuenta, se abstuvo de decirme que no cocinara. En su lugar, simplemente frunció el ceño y me fulminó con la mirada.

No creía ser el tipo de persona que disfruta viendo la cara de disgusto de los demás, pero de alguna manera, me resultaba divertido ver las reacciones de Miyagi cada vez que hacía cosas que no me ordenaba.

—Míralo de esta forma. No he hecho nada para agradecerte todas las veces que me has invitado a cenar. Además, quiero comer algo decente de vez en cuando.

Después de inventarme algunas excusas para que no dijera que no, intenté pasarle la bolsa a la chica que realmente vivía allí, pero Miyagi no quiso cogérmela.

—Mételo tú en la nevera.

Dijo Miyagi secamente mientras iba a encender su calefactor, poniéndolo lo bastante alto como para calentar toda la habitación. Luego salió del cuarto y se dirigió a la cocina. La seguí de cerca, con la bolsa de plástico crujiendo en mis manos mientras caminaba. Cuando llegamos a la cocina, me encontré frente a una nevera ridículamente grande.

¿Cuánta gente hay en su familia exactamente?

Me pregunté mientras abría la nevera, pero al mirar dentro, estaba absolutamente vacía a pesar de lo grande que era.

—Oye, tu nevera está prácticamente vacía. ¿No es un poco triste que lo único que tengas aquí sea zumo?
—No es triste en absoluto.

Dijo en voz baja, insistiendo en que así estaba bien. Bueno, supongo que no me correspondía a mí quejarme de las neveras de los demás.

Metí en silencio los ingredientes para la cena de esta noche. Lo último que quedaba en la bolsa eran un par de paquetes de harina y fécula de patata; me imaginé que Miyagi probablemente no tendría ninguna de estas cosas, así que me aseguré de comprarlas yo misma. Cuando terminé de vaciar la bolsa, llamé a Miyagi.

—¿Qué me vas a ordenar hacer hoy?
—¿Por qué no haces simplemente lo que quieras?
—Bueno, yo creo que si vamos a dejar eso para luego, me gustaría hacer el karaage ahora.
—Aún no he decidido nada, así que haz lo que quieras.

Miyagi dijo esto como si no fuera su problema, mientras intentaba salir de la cocina.

—Espera. Córtame el repollo.

Saqué el repollo de la nevera y se lo ofrecí a Miyagi.

—¿Yo?
—Bueno, no veo a nadie más aquí.
—Tú eres la que dijo que quería hacer la cena, Sendai-san, así que deberías hacer todo el trabajo tú sola.
—Ah, ya lo sé. No sabes cortar un repollo en juliana, ¿verdad?

Le pregunté mientras lavaba la tabla de cortar. Entonces, la oí responder en voz baja.

—Lo haré.

Entonces, ¿sabe cortar repollo fino o no?

No estaba segura de cuál era la respuesta, pero Miyagi puso el repollo sobre la tabla.

Empecé a rallar el jengibre justo a su lado. Después, lo eché en un bol y vertí salsa de soja y sake. No me gustaba mucho el ajo, así que decidí no ponerle. Luego, puse el pollo, que ya estaba cortado en trozos del tamaño adecuado, en el adobo y lo froté todo bien.

Por curiosidad, eché un vistazo a Miyagi, pero en lugar de verla cortar el repollo, parecía más bien que estaba intentando rebanarse los dedos. Bueno, eso era un poco exagerado, pero probablemente debería haber sido más lista y no darle un cuchillo a alguien que claramente no había usado uno antes.

—Espera, Miyagi. ¿No es un poco peligroso?
—¿El qué?
—¡Mírate las manos! ¡Deberías curvar los dedos, tipo como una «patita de gato»!
—¿Qué quieres decir con «patita de gato»?
—¿Nunca lo aprendiste en Economía Doméstica?

Los dedos de la mano izquierda tenían que curvarse hacia dentro siempre que se cortara algo. Debería haberlo aprendido ya. Y sin embargo, la forma en que sus dedos sobresalían mientras sostenía el repollo me estaba dando miedo.

—No me acuerdo.

Respondió Miyagi cortante mientras bajaba el cuchillo. Es más, aunque le pedí que cortara el repollo en tiras finas, lo único que veía eran trozos esparcidos por toda la tabla.

—Si cortas así, vas a acabar cortándote los dedos en vez del repollo. Y estás levantando el cuchillo demasiado.

Sería una exageración decir que estaba dando hachazos con el cuchillo, pero aun así lo levantaba bastante alto.

—Sendai-san, hablas demasiado. Cállate ya.
—Ahhh, madre mía. Miyagi, vete a otro lado.

Me estaba poniendo nerviosa solo de mirarla. Si la cosa iba a ser así, prefería encargarme yo de todo. Sin embargo, ella no se echó atrás.

—Déjame en paz. Deja que lo haga yo.

Cada vez que bajaba el cuchillo sobre el repollo, sonaba como si estuviera aporreando la tabla de cortar. Fue un error enorme pedirle que lo hiciera. Pero por mucho que me arrepintiera, ya no podía retirar mi petición. Al final, no pude evitar sentirme nerviosa mientras espolvoreaba el pollo con la harina y la fécula.

Zas.
Pam.

Los ruidos continuaron, uno tras otro, y no sonaban ni por asomo a un repollo siendo cortado. De repente pararon en seco y escuché a Miyagi soltar un gemido ahogado.

—¿Qué pasa?

Sin respuesta.

—¿Miyagi?

Cuando bajé la mirada hacia su mano, vi que parte del verde del repollo se había teñido de rojo.

—Oye, Miyagi. Estás sangrando. Si te has cortado, deberías haber dicho algo rápido.

Me lavé todo el polvo de las manos y agarré a Miyagi por la muñeca. Cuando tiré de su mano hacia el agua corriente, ella cerró el grifo inmediatamente.

—En situaciones como esta, ¿no deberías estar lamiendo el corte de mi dedo?
—Lees demasiado manga. Aunque lo lama, la herida no se va a curar sola. Tienes que lavarla bien y ponerle una tirita.
—¿No necesito desinfectarla?
—Desinfectarla podría hacer que la herida cicatrice más despacio. Así que, ¿dónde guardas las tiritas? Si no tienes, ¿voy a buscar las mías?

El corte no parecía tan profundo. Pero la sangre seguía goteando de su dedo índice. Lavar la herida y luego pegarle una tirita. Y luego echar a Miyagi de la cocina. Eso era todo lo que tenía que pasar, pero por alguna razón, Miyagi no me dejaba hacer nada de eso.

—Vale, entonces desinfecta mi herida lamiéndola.

Dijo Miyagi mientras extendía su dedo hacia mí.

—Sigues sangrando, y lamerlo no va a desinfectarlo.
—Es una orden.
—... ¿Te has cortado a propósito?
—Qué dices.

Miyagi sostuvo su dedo justo delante de mí, como diciéndome que sus órdenes eran absolutas. La sangre seguía brotando del corte, tiñendo su dedo de rojo. Solo de verlo se me llenó la boca con sabor a hierro.

—Date prisa, Sendai-san.

Aunque había lamido mi propia sangre antes, no podía decir lo mismo de la de otra persona.

¿Era el sabor de la sangre de otra persona igual que el de la mía?

Pronto averiguaría la respuesta a esa pregunta.

Capítulo 13

Daba igual de quién fuera, la sangre no sabía bien.

La sensación de lamer la sangre del dedo de otra persona fue incluso peor de lo que esperaba.

La sangre de Miyagi sabía exactamente igual que la mía cuando me lamía mi propia sangre: a hierro oxidado. Dicho esto, nunca había lamido óxido ni hierro, así que no podía decir si eso era realmente cierto o no. En cualquier caso, sabía fatal. Incluso un refresco, de los que no era especialmente fan, estaba mucho mejor que esto.

—Lámelo bien.

Dijo mientras empujaba el dedo más hacia mí. El líquido que se escapaba de su dedo me mojó los labios. Por puro reflejo, cerré la boca. Sin embargo, como intentando forzarme a abrirla, Miyagi me metió el dedo directamente en la boca.

Cuando su dedo rozó mi lengua, pude saborear su sangre con más claridad que antes.

¿Era del grupo A? ¿Del B?

¿O quizá de un grupo sanguíneo diferente?

No sabía cuál era el grupo sanguíneo de Miyagi, pero eso no importaba. Independientemente de su grupo, no le estaba lamiendo el dedo porque quisiera. Como si mis sentimientos tampoco importaran, su dedo no abandonó mi boca. Al contrario, mi lengua estaba ahora presionada contra la abertura de su herida, lo que hizo que el sabor de la sangre fuera aún más fuerte.

Su sangre, que sabía aún más fuerte de lo que me había sabido la mía en el pasado, no estaba rica para nada. Nunca haría esto con nadie que no fuera Miyagi. Incluso si tuviera pareja en el futuro y se acabara cortando un dedo, jamás le lamería la sangre así. No sabía bien y tampoco era muy higiénico. Miyagi sería la primera y la última persona con la que haría esto.

Me tragué la sangre que tenía en la boca. Tener los fluidos corporales de otra persona bajándome por la garganta no era una sensación agradable para nada. Pero en lugar de resistirme, presioné aún más fuerte sobre su herida con la lengua, provocando que Miyagi soltara un leve gemido de dolor.

Una vez más, un líquido que sabía a hierro me manchó la lengua, y me lo tragué. Su herida no paraba de sangrar. Pero eso era de esperar, ya que lamerla no iba a detener la hemorragia. Cada vez que su sangre se extendía por mi boca, sentía como si Miyagi me estuviera corroyendo el cuerpo, y me ponía la piel de gallina. Mal asunto.

La orden que me había dado era absurda. Bueno, para empezar se podría decir que todo esto de dar órdenes y obedecer era un poco absurdo, pero lo que me estaba obligando a hacer ahora mismo era bastante chungo. Pensando en ello, mordí cerca de la herida. El interior de mi boca se estaba tiñendo con el sabor de su sangre. Aunque no quería tragármela, la sangre de Miyagi bajó por mi garganta una vez más.

—Abre la boca.

Dijo Miyagi con voz apagada.

Cuando hice como que no había oído su orden, ella sacó el dedo a la fuerza y preguntó:

—¿Te parece que la sangre humana está rica?

El sabor de su sangre permanecía en mi boca. Era peor que un refresco. Sentía como si tuviera toda la boca cubierta de un líquido desagradable.

—Si fuera un vampiro podría pensar que está rica. Pero soy humana, así que no, me parece que sabe horrible.
—Piénsalo simplemente como un suplemento de hierro.

Dijo Miyagi, como si ella no tuviera nada que ver con todo esto.

No tenía el menor interés en beber sangre ajena como si fuera un suplemento. De todas formas, si de verdad tuviera que meterme algo en el cuerpo para subir el hierro, comer hígado sería mucho más efectivo. Y mira que no me gusta, pero sigue siendo mejor que la sangre.

――Ah.

Dado que me he comido su sangre, ¿significa eso que ahora Miyagi se ha convertido en parte de mi cuerpo? Pensar en eso me revolvió el estómago.

—Necesito coger una taza.

Dejando esos pensamientos a un lado, fui a abrir un armario antes de que Miyagi pudiera siquiera responder. Cogí una taza y la llené inmediatamente hasta la mitad con agua.

Glup.

Me bebí el agua de un trago, intentando limpiar cualquier rastro de sangre que quedara en mi boca. Tras vaciar el vaso, eché un vistazo a Miyagi, cuyo dedo seguía sangrando.

—Dame la mano.

No iba a aceptar un no por respuesta, así que no esperé a que contestara. Agarré la muñeca de Miyagi y le lavé el dedo manchado de sangre. Esta vez, Miyagi no se resistió y me dejó llevarle el dedo hacia el agua del grifo.

—Voy a por tiritas, espera aquí un momento.

Apostaba a que, aunque le preguntara a Miyagi dónde guardaba las tiritas, no me lo diría, así que era más rápido si iba a buscar las mías. Volví a la habitación de Miyagi y saqué de mi mochila mis tiritas —que eran feas, pero supuestamente ayudaban a cicatrizar—. Me puse las zapatillas rápidamente y volví a toda prisa a la cocina, donde vi a Miyagi mirando fijamente su propia herida.

—Toma.

Le tendí las tiritas.

—¿No me la vas a poner tú?
—¿Me estás diciendo que quieres que lo haga yo?

Ella no respondió. En su lugar, simplemente extendió el dedo hacia mí.

Si te miman demasiado, de mayor vas a acabar siendo una inútil.

Exacto, acabarías siendo un desastre de persona sin remedio, igual que Miyagi.

Un ser humano malcriado que ni siquiera podía ponerse una tirita sola a pesar de estar ya en el instituto. Pero probablemente esto también era una orden. Por eso, le puse la tirita en la herida.

—Tienes arroz precocinado, ¿no?

Le pregunté a Miyagi mientras tiraba a la basura los restos de las tiritas, que eran lisas pero funcionales.

—Tengo.
—Vale, pues ve a sentarte allí.
—¿Qué pasa con el repollo?
—Está bien. Ya lo corto yo.

No es que tuviera prisa por terminarlo todo, pero no quería que volviera a ocurrir nada parecido a lo que acababa de pasar cortando el repollo. Si se volvía a cortar el dedo, sería un suplicio lidiar con ello.

Después de echar a Miyagi de la cocina, corté el repollo mientras freía el pollo. Esta vez ni siquiera me molesté en preguntar; simplemente saqué unos platos, emplaté la comida y la serví. Puse los platos, junto con unos cuencos de arroz, sobre la encimera. Tras sentarme a su lado, las dos pronunciamos el habitual «Que aproveche» al unísono. Miyagi tenía una clara cara de disgusto mientras masticaba el karaage.

Dio un bocado, y luego otro. Pero su expresión no cambió.

—¿Está malo?

Pregunté, pero ella respondió de inmediato con un:

—Está bueno.

Me alegré de oír que algo que yo había cocinado estaba rico. Aún así, era la primera vez que veía a alguien parecer tan insatisfecha mientras comía algo que estaba rico.

—Sendai-san.
—¿Mmm?
—¿Por qué haces esto?
—Ya te lo he dicho, ¿no? Estoy expresando mi gratitud por todas las veces que me has dado de cenar.
—No tienes que volver a hacerlo.

Dijo Miyagi con frialdad, a pesar de que fue ella quien me dijo que estaba delicioso.

—¿No te gusta el karaage?
—Da igual si me gusta o no. No hace falta que lo hagas.

En el instituto, Miyagi no parecía el tipo de persona que expresara emociones negativas. A veces la veía por el rabillo del ojo y parecía que se divertía charlando con sus amigas, incluso riéndose con ellas. Pero era completamente diferente cuando se trataba de mí. Quizá fuera porque estábamos en su casa —su territorio, por así decirlo—, pero siempre que yo estaba cerca, Miyagi parecía terriblemente inestable.

Pero por eso mismo, yo tampoco iba a bajar la guardia tan fácilmente a su alrededor.

Tratar con gente difícil de leer siempre me dejaba agotada; era mucho trabajo intentar averiguar qué estaban pensando. Y ya tenía bastante trabajo intentando mantenerme a buenas con Umina.

—Oye, Miyagi. ¿Tú no cocinas?

Pregunté, intentando cambiar de tema para librarme del ambiente incómodo que había en la habitación.

—Aunque no sepa cocinar no es un problema para mí.
—¿Quieres que te enseñe?
—No hace falta, no voy a acabar haciendo nada.
—Ya veo.

Claro. Me imaginaba que diría algo así. No iba a obligarla a aprender a cocinar, así que nuestra conversación se detuvo ahí mientras yo seguía masticando un poco más de karaage.Estaba bastante rico, aunque lo diga yo misma. Miyagi terminó su cena sin decir una palabra más. Comparado con el tiempo que llevó cocinar la comida, terminamos de comer bastante rápido. Después de eso, sentí como si me estuvieran acosando cuando recibí la orden de leer una novela en voz alta.

Ya en la habitación de Miyagi, me vi obligada a leer una frase larga tras otra. La cosa siguió así durante varias decenas de minutos. Como es lógico, no fui capaz de terminarlo todo en un día. Después de pasar un total de unas tres horas en casa de Miyagi, me fui de su apartamento.

Unos días más tarde, Miyagi me llamó de nuevo, pero no me pidió que cocinara para ella y yo tampoco le preparé nada. Pero aun así cenamos juntas. Incluso cenamos juntas algún tiempo después del Día Blanco*, pero ella no me dio ningún regalo de vuelta ni nada.

Volví a casa, y mi habitual «ya estoy en casa» desapareció sin dejar rastro. En mi habitación, metí otro billete de 5.000 yenes en mi hucha.

¿Qué estaba esperando exactamente de Miyagi?

Cuando levanté mi hucha de la cómoda, no se sentía ni pesada ni ligera.


*El Día Blanco se celebra justo un mes después de San Valentín, el 14 de marzo. Empezó como una estrategia comercial en Japón allá por los años 70, pensada para que los hombres (o cualquiera que hubiera recibido regalo en San Valentín, en realidad) devolvieran el detalle. Por lo general se regala también chocolate, aunque en sus orígenes lo que se promocionaba para la ocasión eran las nubes de golosina.

Capítulo 14

El calefactor de Miyagi estaba puesto un poco más bajo que en pleno invierno, pero seguía haciendo bastante calor en su habitación.

Las vacaciones de primavera estaban a la vuelta de la esquina, así que no habría pasado nada si hubiera bajado un poco más la temperatura. Aunque a mí me parecía que hacía calor, Miyagi estaba leyendo un manga con la americana todavía puesta.

¿No eres un poco demasiado friolera?

Si dos personas tenían definiciones diferentes de la «temperatura perfecta» y las metían juntas en una misma habitación, lo normal sería intentar llegar a un punto medio. Normalmente se daría prioridad al invitado, pero aquí, las preferencias de Miyagi siempre iban primero.

En realidad esa parte no me importaba, pero yo ya me había quitado la americana, así que a estas alturas no había nada más que pudiera quitarme. También llevaba desabrochado el botón superior de la blusa.

Me levanté de la cama y cogí mi vaso de refresco. También había una bolsa de palomitas sobre la mesa. Era una vista un tanto inusual, teniendo en cuenta que siempre me servía solo refresco. Después de saciar mi sed con esa bebida de la que no era muy fan, me desabroché otro botón de la blusa. Luego, cogí dos palomitas de la bolsa y me las tiré a la boca.

—¿Vas a ir a algún sitio en las vacaciones de primavera?

Le pregunté a Miyagi, que estaba sentada a mi lado, pero no respondió.

Qué ambiente tan tenso.

Desde que llegué, Miyagi parecía estar de mal humor. En realidad, sería más exacto decir que llevaba ya un tiempo con un humor de perros. Para ser aún más precisa, las cosas empezaron a torcerse desde el día que cociné karaage.Si aquel día fue la causa de todo esto, entonces Miyagi estaba siendo demasiado estrecha de miras. Antes habría dicho que tenía menos luces que un gato, pero si me preguntaras ahora, probablemente diría que tiene menos luces que un ratón.

Le quité de las manos el manga que estaba leyendo. Miré la portada y vi la imagen de un chico empuñando una espada. Mientras hojeaba las páginas del manga, oí una voz hablar en tono áspero a mi lado.

—¿Qué planes tienes tú, Sendai-san?
—Mmm, probablemente salir con Umina y las demás. Ah, y tendré que ir a la academia.
—¿No fuiste también a la academia en las vacaciones de invierno?
—Sí.

Cuando llegue abril, seremos estudiantes de tercer año, lo que significa que tendremos que hacer los exámenes de acceso a la universidad.

A mí ya me habían marcado el camino: se esperaba que siguiera los pasos de mi exitosa hermana mayor.

Pero eso no me parecía realmente posible. Mi hermana se graduó dos años antes que yo y había entrado en una universidad que solo aceptaba a gente excepcionalmente inteligente; mis padres esperaban que yo fuera a una universidad de al menos el mismo nivel. Sin embargo, si quería conseguir eso, necesitaría apuntarme a una academia de refuerzo intensiva, y ya había mandado esa idea a paseo. Como mínimo, se esperaba que asistiera a cursos preparatorios durante las vacaciones; si no lo hacía, mi familia probablemente me echaría de casa.

—Te debe gustar mucho estudiar.
—Tampoco es que me guste tanto.

No estaba segura de cómo me veía Miyagi, pero lo que dije era verdad. Antes sí disfrutaba estudiando, pero desde que mis padres empezaron a usar las notas como una forma de compararme con mi hermana mayor, dejó de gustarme tanto.

—Tú no vas a ir a ningún sitio en las vacaciones, Miyagi?
—Voy a salir con mis amigas.
—¿Como Utsunomiya?

Pregunté, mencionando el nombre de nuestra compañera de clase con la que Miyagi siempre estaba.

—Sí.

Respondió Miyagi secamente mientras me quitaba el manga. Pasó las páginas hasta algo más de la mitad del libro y se puso a leer. Nuestra conversación terminó ahí. No lo había dicho explícitamente, pero se notaba solo con mirarla: su atención estaba pegada al manga. Sin nada más que hacer, cogí más palomitas y me las llevé a la boca.

Quizá te estés preguntando: ¿eran de mantequilla? ¿O tal vez de caramelo? Son dos opciones geniales cuando se trata de palomitas. Pero en esta habitación no había más que pura sal. Era exactamente lo que me esperaba de Miyagi, y aun así, me sentí decepcionada. Sin nada más que hacer para matar el tiempo, me comí una palomita tras otra... hasta que Miyagi me agarró de repente la muñeca.

—¿Qué pasa?
—Deja que te las dé yo.

Y así empieza.

Aunque no dijera que era una «orden», podía notar que lo era solo con ver la sonrisita en la cara de Miyagi. Pero por alguna razón, tenía un presentimiento muy malo sobre lo que iba a pasar.

Miyagi cogió un puñado de palomitas de la bolsa. Las extendió todas en la palma de su mano.

—Toma.

Dijo Miyagi mientras extendía su mano izquierda, que tenía bastantes palomitas.

De alguna manera...

Simplemente... de alguna manera, ya podía intuir lo que me iba a pedir. Pero intenté apartar ese pensamiento de mi cabeza y, en su lugar, extendí la mano, cogí una palomita y me la eché a la boca.

—Cómelas de mi palma como un perro, sin usar las manos.

Antes de que pudiera siquiera masticar lo que acababa de meterme en la boca, me señaló mi error.

Sí, sabía que iba a ser así. Con razón había sacado aperitivos esta vez, aunque normalmente nunca lo hacía. Era todo para esto. Había veces en las que pensaba que no pasaba nada si me ordenaba ser tan obediente como un perro, pero que me dijeran que tenía que actuar realmente como un perro no me sentaba nada bien. Aun así, una orden era una orden, así que hice exactamente lo que me pidió.

Me giré hacia ella, acercando los labios a las palomitas que descansaban en su palma. Y entonces, sin usar las manos, empecé a comérmelas una a una. Para ser sincera, mientras seguía picoteando las palomitas de su palma, me sentía más una paloma que un perro. Curiosa por saber cómo se sentía Miyagi con todo esto, levanté la cabeza y vi una expresión extraña en su cara.

—Asegúrate de comértelas todas.

Me tiró del flequillo como instándome a seguir.

Incluso cuando se trataba de órdenes mundanas como estas, no me dejaba librarme tan fácilmente. Seguí comiendo de su mano, como una paloma picoteando migas de pan. Miyagi me acariciaba la cabeza de vez en cuando, como recordándome que en realidad no era una paloma, sino un perro. Me sentía increíblemente ridícula haciendo esto. No obstante, seguí hasta que me comí todas las palomitas. Cuando terminé, lamí la palma vacía de Miyagi. Se estremeció e intentó retirar el brazo rápidamente.

Fuiste tú la que me dijo que actuara como un perro, Miyagi.

Agarré la mano que intentaba escapar y presioné mi lengua contra ella, solo que esta vez puse más fuerza. Empezando por la punta de sus dedos, fui bajando lentamente hacia el centro de su palma, que sabía igual que las palomitas.

—Mmm, creo que unas palomitas de caramelo serían mejor opción para la próxima.

Sugerí después de terminar de lamerle la mano como un perro, tal y como había pedido.

—No habrá una «próxima» vez.

Dijo Miyagi mientras cogía un pañuelo de la caja que tenía una funda de cocodrilo. Se limpió la palma de la mano antes de arrugarlo y tirarlo a la papelera. Entonces, sin previo aviso, me agarró de la corbata. Mientras me preparaba para lo que se venía, me quitó la corbata. Sin dudarlo, me desabrochó un botón de la blusa. Le aparté la mano por puro reflejo.

—Espera un momento, ¿esto no va contra las normas? No tengo ninguna intención de tener ese tipo de relación contigo, Miyagi.

Vale, puede que ya llevara dos botones de la blusa desabrochados, pero gracias a Miyagi, ahora se me veía el escote. No es que tuviera nada que perder si me lo veía, pero no teníamos la clase de relación en la que dejaría sin más que me desabrochara un tercer botón.

—¿Das por hecho que quiero ese tipo de relación contigo solo porque te he quitado la corbata? No le des tantas vueltas.

Dijo Miyagi con un tono que pretendía decir que esa no era su intención. Pero desde mi punto de vista, me quitó la corbata y luego me desabrochó un botón de la blusa. ¿Cómo iba a no asumir que eso era lo que buscaba?

—Vale, entonces, ¿qué intentas hacer?

La respuesta a mi pregunta fue más bestia de lo que esperaba. Miyagi me soltó el pelo y me empujó agresivamente por los hombros. Esta chica vivía su vida sin entender la palabra «moderación». Cuando me mordió el dedo aquella vez, me pilló desprevenida con la fuerza que puso en el mordisco. Y esta vez, me empujó tan fuerte que perdí el equilibrio y me caí al suelo.

—¡Ay!

Hubiera sido mejor si hubiera caído en la cama, pero no había nada en el suelo de madera para amortiguar mi caída. Me dolían el brazo y la espalda; ni siquiera podía levantarme porque Miyagi se sentó a horcajadas sobre mí.

—Lo sabía. Así que realmente sí estabas intentando llevar las cosas en esta dirección.

Intenté quitármela de encima.

—Te equivocas.

Dijo Miyagi con apatía. Cuando la miré, no parecía lujuriosa ni como si hubiera perdido el juicio o algo así. En ese caso, ¿qué intentaba hacer? Miyagi, con una expresión tranquila y serena, alargó la mano hacia la mesa.

¿Eh?

Miyagi cogió la bolsa de palomitas. Ni un segundo después, me vi bañada por una lluvia blanca. En otras palabras, me acababan de vaciar las palomitas encima.

—Pero qué… ¡Miyagi!

Mi cara, mi pelo y mi blusa estaban cubiertos de palomitas. Agarré a Miyagi por la corbata.

—Si esto es tu idea de una broma, no tiene ninguna gracia.

Había dedicado mucho tiempo a peinarme. El tratamiento capilar que usaba era caro, y el secador que tenía era uno especial capaz de generar iones negativos. Habría pasado por alto que me tiraran palomitas, pero no iba a tolerar nada que dejara migas o polvo. Que me cayera esa porquería en el pelo era lo peor. Ni que decir tiene que estaba muy cabreada.

—No es una broma. Solo pensé que quizá querrías comer más palomitas.

La expresión de su cara permaneció inalterable mientras Miyagi cogía una de las palomitas que habían caído y me la metía en la boca. Como para descargar mi frustración, mordí tanto la palomita como el dedo que entró en mi boca. Miyagi alargó la mano y cogió un vaso de la mesa.

—... ¿En serio?

El vaso de refresco se cernía sobre mí.

Miyagi sonrió.

Mientras inclinaba el vaso, cerré los ojos por reflejo y solté la corbata a la que me aferraba para poder usar las manos y cubrirme la cara. Entonces, sentí el dorso de mis manos mojarse, como si me acabara de pillar un chaparrón. Cuando abrí los ojos, vi que el vaso que sostenía estaba ahora vacío.

—Esto ya es pasarse.

Mi voz bajó de tono de forma natural.

—Así que hasta tú puedes enfadarte a veces, Sendai-san.

Al fin y al cabo, era humana.

La única razón por la que normalmente no me enfadaba era porque me lo estaba guardando todo.

—¿No sería raro si no me enfadara? Especialmente cuando me haces algo así.
—Bueno, yo pensé que estaba siendo bastante considerada.
—¿Cómo, exactamente?
—Tu americana, tu corbata y tu falda están perfectamente. Incluso si no tuviéramos tiempo de lavar tu blusa, tengo un recambio para ti, así que eso tampoco será un problema.
—... ¿Me estás diciendo que habías planeado hacer esto desde el principio?

Miyagi se levantó sin responder a mi pregunta. Sin el peso de su cuerpo encima, me levanté y me sacudí las palomitas. Era cierto que lo único que se había mojado era mi blusa. Pero eso no significaba que estuviera bien tirar palomitas o echar refresco a otras personas. Tenía como cien cosas diferentes de las que quejarme antes de poder empezar a sentirme mejor. Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, una toalla y una camiseta de manga larga volaron en mi dirección.

—Ponte eso. Te dejo que te la quedes, así que no hace falta que me la devuelvas.

Dijo Miyagi antes de salir de la habitación.

Ahora que no me quedaba nadie a quien quejarme, me quité la blusa y me sequé las manos y el pelo cubiertos de refresco con la toalla. Cuando miré la camiseta que me había tirado, noté que a Miyagi le quedaba un poco grande, pero era de mi talla. No quería ponérmela, teniendo en cuenta lo que Miyagi me había hecho antes. Pero no podía ponerme mi blusa estando mojada, así que me la puse de todos modos. Cuando terminé de cambiarme, Miyagi abrió la puerta.

—Te acompaño a la salida.

Dijo Miyagi, que de repente había decidido que me iba a casa por su cuenta, mientras me entregaba una bolsa para guardar mi blusa mojada.

En serio, no podía creer que tuviera la cara dura de mandarme a casa a la fuerza en un momento así, pero también sabía desde el principio que Miyagi era una rara. Nadie en su sano juicio podría inventarse todo este juego de dar órdenes y luego arrastrar a su compañera de clase a jugar con ella. Definitivamente tenía mucho de lo que quejarme, pero yo era una participante voluntaria en el extraño juego de Miyagi; debería haber esperado que las cosas fueran así. Y realmente nunca tuve ninguna razón para esperar que se volviera menos raro con el tiempo.

Ella daba órdenes. Yo obedecía.

Dado que el dinero era lo único que definía nuestra relación, estaba claro que habría días como hoy. Hacía las cosas más fáciles si simplemente pensaba en ello así y lo aceptaba. Pero hoy, por alguna razón, me quedé con una sensación de insatisfacción.

—Sendai-san.

Dijo Miyagi, como metiéndome prisa, así que me puse el abrigo. Luego, como de costumbre, las dos salimos por la puerta principal, bajamos en el ascensor y caminamos hasta la entrada del edificio de apartamentos.

—Adiós.

Antes de que pudiera siquiera responder con un «Hasta luego», Miyagi ya me había dado la espalda.

—¡Te voy a devolver esto!

Le grité a Miyagi desde atrás.

Puede que Miyagi hubiera ensuciado mi blusa, pero no quería aceptar ropa suya solo porque ella me lo dijera. Y al igual que cuando se trataba de dinero, quería devolver las cosas que debían devolverse.

Eran casi las vacaciones de primavera, así que la próxima vez que vería a Miyagi sería probablemente en abril, cuando ya no fuéramos estudiantes de segundo año.

Cuando miré al cielo, pude ver incontables estrellas. No hacía viento y el tiempo era bastante cálido para ser marzo. Si uniera algunas de las estrellas con una línea, probablemente podría reconocer algunas constelaciones. Si hoy no hubiera pasado nada, habría considerado que era una noche agradable y tranquila. Sin embargo, cuando pensé en lo que había pasado, no pude evitar pensar que era la peor noche de mi vida. Justo cuando pensaba que no podía ir a peor, al llegar a casa, encontré sobre mi escritorio un folleto de la academia a la que tenía que asistir a partir de abril.

Realmente no quería ir. No pude evitar soltar un enorme suspiro.


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