Capítulo 15
Si tuviera que elegir si me arrepiento o no, diría que sí. Así es como me sentía respecto a lo que pasó entre Sendai-san y yo la última vez que nos vimos.
Aquel día Sendai-san se enfadó de una forma inusual.
Había veces en las que parecía que no le gustaban las órdenes que le daba, y otras en las que se ponía de mal humor. Sin embargo, nunca antes se había enfadado tan abiertamente.
Ese era exactamente el resultado que quería. Y, sin embargo, me arrepentía un poco.
«Ojalá no lo hubiera hecho».
Ese pensamiento se me cruzó por la cabeza muchas veces.
«Pero era algo que tenía que hacer».
Y todas las veces, esa era la razón que utilizaba para intentar justificarme. Quizá, al no tener planes concretos para las vacaciones de primavera, mi cabeza se veía inundada por pensamientos sombríos que no eran típicos en mí. Era la primera vez que le hacía algo así a otra persona.
Nunca había tirado a nadie palomitas o un refresco. De hecho, la idea de hacerlo tampoco se me había pasado por la cabeza hasta ahora.
Siempre que estaba sola en mi habitación, empezaba a tener pensamientos deprimentes. Había comprado unos cuantos tomos de manga para entretenerme usando el dinero que normalmente le daría a Sendai-san; aún así, apenas conseguía avanzar en la lectura. Ni los dibujos ni las palabras se me quedaban grabados. Lo único que hacía era pasar las páginas del libro mientras fingía que leía.
Ahora mismo estaba tumbada en mi cama mientras los suaves rayos del sol entraban por la ventana. Levanté una mano para evitar que la luz me diera en los ojos.
La herida que me hice el día que Sendai-san me pidió que cortara el repollo ya había desaparecido hacía tiempo. Me dolió cuando me corté el dedo, y más aún cuando Sendai-san lo mordió, así que me alegraba de que hubiera cicatrizado bien.
Sin embargo, sentía algo de curiosidad por saber qué clase de pensamientos pasaron por la cabeza de Sendai-san cuando aquel día lamió mi sangre.
Sendai-san era el tipo de persona que podría pasar toda la vida sin recibir órdenes de nadie y, aún así, en esta habitación, obedecía las mías sin falta.
Por no mencionar que a menudo hacía cosas que traicionaban la imagen que yo tenía de ella en el instituto.
Esperaba que usara unas tiritas de diseño mono, pero en su lugar, la que me pegó no lo era para nada y priorizaba la función sobre todo lo demás. Y a diferencia de la chica alegre y sociable que era todo sonrisas en clase, parecía descuidada siempre que estaba en mi habitación, y actuaba como si la casa fuera suya.
Su sentido de la distancia también era extraño. Siempre estaba tomándose tantas confianzas, ignorando por completo el espacio personal de la otra persona.
Se entrometía en mi vida como si siempre hubiera pertenecido a ella. Por culpa de eso, sentía que me estaba dejando fuera de juego.
—Casi parece que seamos amigas o algo así.
Mientras estaba en la cama en la que siempre se tumbaba Sendai-san, solté un suspiro. Alargué la mano hacia la pila de mangas del suelo y cogí uno de los tomos.
—Ah, este es el tomo dos.
Ni siquiera me había leído el primero todavía.
Cogí cinco libros más de la pila buscando el tomo uno, pero no estaba allí, así que dejé el manga a un lado y cogí mi móvil.
—¿Qué estará haciendo Maika?
Maika me había dicho que iba a ir a la academia de refuerzo durante las vacaciones de primavera; cuando nos vimos hace dos días, estaba de camino a casa después de clase, y las probabilidades de que estuviera allí ahora mismo eran altas. A pesar de eso, fue la primera persona que me vino a la mente cuando quise quedar con alguien, así que le envié un mensaje diciendo: «Me aburro».
Como era de esperar, no contestó.
En ese caso, tenía que rebuscar en el móvil para encontrar a otra persona con la que hablar. Abrí la aplicación de mensajería para mirar mi lista de amigos y pedirle a alguien que saliera conmigo. Mientras bajaba por la lista, el nombre de Sendai-san me llamó la atención.
Como estábamos en mitad de las vacaciones de primavera, no podía pedirle que viniera.
Habíamos decidido que solo nos veríamos los días de clase, así que vernos durante las vacaciones estaba descartado. Pero nunca dijimos que no pudiéramos contactar la una con la otra, así que aunque decidiera enviarle un mensaje o dos, no estaría rompiendo ninguna regla. Dicho esto, no tenía nada que quisiera enviarle a Sendai-san.
Teniendo en cuenta que no teníamos nada en común, ni siquiera sabía qué podría decirle.
La única razón que tenía Sendai-san para venir era el dinero.
Si no fuera por los billetes de 5.000 yenes que nos hacían de puente, nuestra relación no habría sido capaz de sostenerse por sí sola. Pero a Sendai-san no parecía hacerle especial falta el dinero, así que si alguna vez se hartaba, podía cortar nuestra relación en el momento que quisiera.
Cuando empezamos nuestro acuerdo, no especificamos una fecha de finalización. Podría durar mucho tiempo, pero también existía la posibilidad de poner fin a esta farsa tonta tan rápidamente como empezó.
Me quedé mirando mi dedo sin cicatriz.
Igual que la herida del cuchillo de cocina se había desvanecido, tal vez mi relación con Sendai-san también desaparecería algún día. Ese día podría ser tan pronto como mañana, o podría ser dentro de un año. De cualquier forma, todo esto llegaría inevitablemente a su fin.
Igual que mi madre desapareció de repente un día cuando yo aún era una niña.
Incluso las madres podían abandonar a sus hijos con bastante facilidad si querían, así que no sería sorprendente en absoluto si Sendai-san —una persona con la que ni siquiera tenía parentesco— cambiara de opinión de repente en nuestro tercer año y decidiera no volver nunca más a esta habitación.
Por eso tiré a Sendai-san las palomitas y el refresco el otro día: para hacer que se enfadara.
Estaba harta de esperar a gente que no sabía si iba a aparecer. Si ella tenía una excusa convincente para rechazarme que yo pudiera aceptar, entonces ya no tendría que temer el fin de nuestro acuerdo. Si Sendai no quería venir más, eso me daría a mí el motivo perfecto para dejar de llamarla.
En cualquier caso, debería haberme sentido aliviada por haber creado una excusa tan buena y convincente para mí misma.
Pero la realidad distaba mucho de ser así. En lugar de alivio, había una parte de mí que sentía que no debería haberle hecho eso. Después de todo el tiempo que Sendai-san había pasado en mi habitación, quería seguir viéndola aquí.
Todo esto debería haber sido solo una forma de matar el tiempo.
Lo único que quería era una distracción.
Pero si me sentaba en el suelo, recordaba al instante el día que hice que me diera de comer chocolate o cuando le hice hacer mis deberes. Si estaba en la cama, pensaba en todas las veces que ella rodaba por encima mientras leía manga.
Todo esto era culpa de Sendai-san.
Me acaricié el dedo, que ya no tenía ninguna herida. Si me lamiera el dedo, no sabría a sangre. Me levanté lentamente de la cama y me senté junto a la pila de tomos de manga. Mientras cogía uno al azar y pasaba las páginas, Maika respondió a mi mensaje con un:
«Bueno, estoy en la academia».
«¿Quieres ir a ver una peli cuando termines?»
«¿Podemos dejarlo para mañana?»
«Claro».
Me sentía deprimida porque estaba en casa. Salir habría servido como una gran distracción, y era divertido simplemente pasar el rato con Maika. Estaría bien si acabáramos juntas en la misma clase también en nuestro tercer año. Y en cuanto a Sendai-san…
Digámoslo así: shi acabamos en la misma clase, seguiré llamándola, como de costumbre. Si no, hasta aquí llegará nuestra relación.
Si dejaba la decisión a una moneda al aire, sentía que podría quedarme tranquila. Dicho esto, incluso si seguía llamándola, no estaba segura de si Sendai-san realmente aparecería o no. Pensar en eso hizo que se me tensara el corazón.
Pero no podía hacer nada al respecto.
«¿Dónde quieres que quedemos?»
Llegó un mensaje de Maika.
Respondí con: «En el mismo sitio que antes de ayer».
[Historia Paralela: Maika]
Capítulo 16
El final de las vacaciones de primavera tardó demasiado en llegar. Por lo general, se pasaban en un abrir y cerrar de ojos. Esta vez, parecía que las manecillas del reloj se habían oxidado y se habían quedado atascadas: las vacaciones se alargaban una y otra vez. Se sentían innecesariamente largas.
Finalmente, por fin llegó abril. Y con él, el nuevo curso escolar.
Estaba un poco ansiosa. Mis pasos se sentían pesados al acercarme al recinto escolar.
Aunque teníamos prohibido interactuar en el instituto, me preguntaba cómo debería afrontar a Sendai-san cuando la viera. Aunque ni siquiera sabía si tendría que verla: cambiábamos de clase al empezar el nuevo curso, así que podíamos estar en aulas diferentes.
Me movía inquieta, incapaz de calmarme. Las listas de clase estaban colgadas en la entrada principal.
Al cruzar la puerta del instituto, vi una gran multitud de gente reunida alrededor de esos trozos de papel relativamente pequeños.
Inhala, exhala.
Sin llamar la atención, respiré hondo antes de soltar el aire. Lo primero que hice fue buscar mi nombre en la lista. Tras confirmar en qué aula estaría, busqué los nombres de la gente que conocía. Pero no encontré el nombre de Sendai-san allí.
Para empezar no esperaba nada, así que no había nada por lo que sentirse decepcionada.
Sellé ese pensamiento en mi corazón mientras me dirigía hacia las aulas que antes habían ocupado los alumnos de último curso. Al abrir la puerta, vi a Maika —con quien había quedado varias veces durante las vacaciones— en el aula.
—¡Aquí, Shiori!
Maika agitaba la mano mientras me llamaba por mi nombre.
Caminé hacia el pupitre donde estaba sentada.
—Buenos días.
—Buenos días, Shiori. Buf, no sabía qué iba a hacer si acabábamos en clases diferentes.
—Ya, lo mismo digo.
—Ah, ¿has visto que Ami también está en nuestra clase?
En primero, estuvimos en la misma clase que nuestra otra amiga, Ami Shirakawa, pero al año siguiente nos separaron de ella. Pero justo cuando quería celebrar que las tres volvíamos a estar juntas, me di cuenta de que no se la veía por ninguna parte.
—Sí, lo he visto. ¿Ami no ha llegado todavía?
—Nop, parece que no.
—Ya veo.
Ahora que sabía que Ami aún no estaba, se sentía un poco raro mirar alrededor buscando a alguien más. Aun así, aunque sabía que no había forma de encontrar a Sendai-san, noté que mis ojos seguían escaneando la clase. Aunque habría sido más raro si la hubiera visto en mi clase: su nombre no estaba en la misma lista que el mío.
—¿Oh? ¿Había alguien más con quien quisieras estar en la misma clase?
Maika escaneó la clase, imitando lo que yo hacía.
—No.
—¿Queeé? Estabas buscando a alguien fijo hace un momento. No me digas, ¿querías estar en la misma clase que la persona que te gusta?
Preguntó Maika, claramente pinchándome.
—No es eso, y tampoco me gusta nadie. Solo miraba para ver qué tipo de gente nos ha tocado este año.
—Qué sospechoso...
—No tiene nada de sospechoso.
Maika siguió mirándome con cara de duda.
—En serio, no es nada.
Insistí mientras soltaba un pequeño suspiro.
Si acabamos en clases diferentes, hasta aquí llegará nuestra relación.
Recordé la «pequeña apuesta» que hice conmigo misma durante las vacaciones de primavera.
Sendai-san no empezó a venir a mi casa por el destino ni nada parecido. Solo ocurrió por una coincidencia seguida de una serie de caprichos. En general, cosas como las coincidencias o los caprichos nunca duran mucho, así que que nos pusieran en aulas diferentes probablemente sería más que suficiente para acabar con ello. Además, después de lo que le hice a Sendai-san la última vez que la vi, me resultaba difícil imaginarme mirándole a la cara.
La única razón por la que estaba así de decaída era porque ya no vería el rostro de una persona a la que me había acostumbrado a ver en clase; no había ningún significado más profundo. No era algo malo, y significaba que tampoco tenía ya razón alguna para llamar a Sendai-san.
Al final, Ami entró en el aula y el tutor llegó poco después. Tras escuchar al profesor soltar su rollo durante un buen rato, por fin nos dejaron ir y nuestro primer día del nuevo curso llegó a su fin. Maika y Ami me invitaron a ir a algún sitio con ellas, pero les dije que no. Quería irme directa a casa.
Sin quitarme el uniforme, me dejé caer en la cama y saqué el móvil.
No había ninguna razón en particular para borrar el contacto de Sendai-san, pero tampoco me parecía que hubiera una razón para conservarlo. Estábamos en clases diferentes; se olvidaría de mí bastante pronto. Así que realmente no tenía mucho sentido guardar su contacto.
Hubo algunas cosas que me pusieron de mal humor en nuestros tres primeros días de clase y, en esos momentos, me sorprendía cogiendo el móvil instintivamente. Pero para el quinto día, fui capaz de resistirme a mirarlo siquiera.
De todas formas, no era tan raro que la gente se distanciara tras ser asignada a aulas diferentes.
Había pasado una semana desde que tomé la decisión de cortar el contacto con Sendai-san. Aun así, me encontré con el manga que le hice leerme en voz alta la primera vez que vino, entre mis manos.
Aquel día, asumí que lo leería bien, pero resultó ser sorprendentemente mala. Me quedé de pie frente a mi estantería mientras pasaba las páginas del libro, recordando lo callada que se ponía al leer ciertas líneas, o cuando le costaba pronunciar ciertas palabras.
Solté un suspiro mientras iba a sentarme en la cama. Cuando cerré el manga y lo dejé junto a mi almohada, oí sonar el interfono. No había pedido nada, así que no podía ser un repartidor. Tampoco esperaba visitas.
Lo que significaba que el de la entrada seguramente era un vendedor o algo así. No tenía por qué abrir, ni siquiera molestarme en contestar, así que pasé del tema y encendí la tele. Pero el timbre no paraba de sonar.
Qué insistente.
Subí el volumen de la tele para bloquear el ruido del interfono, pero justo cuando pensaba que había terminado, oí una notificación en mi móvil. Era el sonido de un mensaje de texto entrante. Cogí el móvil de la mesa. Al mirar la pantalla, vi aparecer el nombre de Sendai-san.
«Contesta al interfono. Sé que estás ahí».
A juzgar por el mensaje, parecía que la persona que llamaba al interfono no era otra que Sendai-san. Siempre era yo quien enviaba primero un mensaje a Sendai-san, mientras que ella lo único que hacía era responder.
No era algo que hubiéramos decidido, pero se convirtió en una regla. Hasta ahora, nunca había sido la primera en enviar un mensaje, y desde luego nunca había venido sin invitación.
«Tengo un asunto pendiente contigo, así que date prisa y contesta al interfono de una vez».
Mientras miraba la pantalla del móvil sin expresión, llegó un nuevo mensaje. Inmediatamente después, el interfono empezó a sonar otra vez. Ella seguía erre que erre, como una alumna de primaria intentando gastar una broma tonta. Apagué la tele, me levanté y caminé hacia el salón. Eché un vistazo al monitor del interfono y, tal como predije, Sendai-san estaba allí de pie. Pero no tenía ni idea de porqué había venido hasta mi edificio cuando ni siquiera la había llamado.
—¿A qué has venido?
Pregunté a través del interfono.
—Has leído mis mensajes, ¿no? Necesito que me abras esta puerta.
Oír la voz de Sendai-san por primera vez en tanto tiempo hizo que el corazón me diera un vuelco.
Pero no pensaba abrirle la puerta.
—No.
—Tengo algo que devolverte, así que abre.
—¿Algo que devolverme?
—Sí, así que abre la puerta de una vez.
Dijo Sendai-san, sonando un poco molesta.
Pero la expresión de su cara era la misma de siempre. Quizá fuera porque estaba fuera, pero se la veía exactamente igual que si estuviera en el instituto.
—¿Qué intentas devolverme?
—La ropa que me prestaste la última vez. Me he asegurado de lavarla.
En el momento en que la oí mencionar la ropa, recordé al instante aquel día.
Después de tirarle palomitas y empaparla de refresco, le di ropa limpia para que se la pusiera de camino a casa. Dije que se la estaba regalando, no prestando. Estaba segura de que esas fueron las palabras exactas que dije.
Bueno, no parecía que ella tuviera intención de quedarse con la ropa: había dicho que me la devolvería más adelante.
Sendai-san era a veces demasiado recta moralmente, lo cual era un poco coñazo. No quería aceptar de vuelta algo que ya había regalado, y tampoco tenía intención de cambiar de idea.
—Te dije que no necesitabas devolverla. Además, hoy tampoco te he pedido que vinieras.
—He venido porque no me lo has pedido.
—¿Por qué?
—No me gusta sentirme en deuda con la gente.
Dijo Sendai-san con firmeza.
Estoy segura de que alguien como Ibaraki se la habría quedado si se lo hubieran pedido, pero parecía que Sendai-san no era ese tipo de persona. Incluso cuando intenté darle los 5.000 yenes en la librería, insistió increíblemente en devolvérmelos.
—Dije que te la estaba dando, así que no tienes que devolver nada.
Aunque probablemente eso no bastaría para que Sendai-san se echara atrás.
Qué pesadez.
A estas alturas, solo estábamos dando vueltas en círculos. Como nuestra conversación había llegado a un punto muerto, decidí que iba a colgarle. Pero justo antes de hacerlo, Sendai-san dijo algo inesperado.
—En ese caso, conviértelo en una orden.
—... ¿Eh?
—Te estoy diciendo que te haré caso si lo conviertes en una orden.
—No entiendo qué intentas decir.
—No quiero quedarme con la ropa ya que no tengo motivos para hacerlo. Pero si me ordenas que me la quede, entonces lo haré. Y si no quieres eso, entonces al menos ordéname hacer otra cosa, como siempre.
Sendai-san habló como si nada.
Era verdad que obedecería cualquier orden que le diera a cambio de 5.000 yenes, así que no habría sido raro si le ordenara quedarse con la ropa. Pero había algo en el hecho de que me dijera que le diera órdenes que no me sentaba bien.
—¿Por qué hace falta una orden mía para que aceptes una simple prenda de ropa? Ya dije que te la daba, así que cógela y punto. Ahora, vete a casa.
—Si me voy ahora, no voy a volver nunca. ¿Te parece bien?
Estaba intentando que le impidiera irse.
La voz que oí a través del interfono no sonaba muy segura en absoluto. Si tuviera que decirlo, sonaba increíblemente enfadada, mucho más allá de la mera frustración.
Capítulo 17
—¿Has venido hasta aquí solo para que te ordene cosas? ¿Eres algún tipo de pervertida, Sendai-san?
Vete a casa.
Eso era todo lo que tenía que decir. Pero esas fueron, precisamente, las palabras que no fui capaz de pronunciar.
—No soy tan pervertida como tú, eso seguro. ¿Entonces vas a darme una orden o no?
Me preguntó, empujándome a elegir. Sendai-san no debería poder ver nada a través del interfono, pero sentía como si su mirada me estuviera haciendo un agujero a través del monitor.
No soportaba la idea de que Sendai-san terminara nuestro acuerdo sin una buena razón; por eso quise darle una justo antes de que empezaran las vacaciones. Pero a pesar de todo lo que pasó, ella volvía a estar aquí, de pie al otro lado del interfono.
Mandar a Sendai-san a casa era una tarea sencilla.
Pero si se iba ahora, no volvería nunca.
—... Vale, te abro.
No tengo ni idea de cuáles son sus verdaderas intenciones al venir.
Así que la dejaré entrar.
Solo para averiguarlo.
No porque esté intentando retenerla.
—Gracias.
Dijo Sendai-san mientras su silueta desaparecía del monitor. Poco después, sonó el timbre y le abrí la puerta.
Antes de quitarse los zapatos, Sendai-san dirigió mi atención hacia una pequeña bolsa de papel que sostenía.
—Y bien, ¿qué vamos a hacer con esto?
Preguntó Sendai-san, como intentando confirmar algo conmigo.
Dentro de la bolsa estaba la ropa que le había dado la última vez que la vi.
Una vez más, me estaba forzando a tomar la decisión.
Sendai-san esperaba mi respuesta.
—Has venido porque querías recibir órdenes, ¿no?
Dije, dándole la espalda sin coger la bolsa de papel de sus manos. Oí la puerta cerrarse y el pestillo echarse tras de mí.
—Sip, eso he dicho.
Sendai-san habló con una voz que no sonaba ni pesada ni ligera. Como dejándola atrás, me dirigí directa a mi habitación. Pero sus pasos siguieron de cerca a los míos como si fuera la cosa más natural del mundo. Abrí la puerta y entré en el cuarto, con Sendai-san colándose tras de mí. Luego, se sentó en mi cama, como de costumbre.
—Tu habitación no ha cambiado nada, ¿eh?
Había pasado menos de un mes desde la última vez que Sendai-san vino de visita, pero hablaba como si hubiera pasado un año entero.
—No hay razón para que cambie nada.
—Supongo que es verdad.
Su voz sonaba ligera y vibrante, como pétalos de flores bailando en el viento. Entonces, cogió el manga que yo había dejado junto a la almohada.
—¿Este no es el mismo manga de aquella vez? ¿Lo estabas leyendo?
Debería haber recogido un poco antes de dejarla entrar.
El manga que había dejado sobre la cama era el que le ordené leer en voz alta la primera vez que vino.
Pero ya era demasiado tarde para arrepentirse.
—¿Y qué pasa si lo estaba leyendo?
—Ah, nada.
No se estaba riendo, pero empezaba a sonar más expresiva que antes.
Seguramente le estaba haciendo gracia.
Esto es algo que no me gusta de Sendai-san.
—Hablando de eso, ya ha pasado una semana entera. ¿Cómo es que no me habías llamado?
Lo preguntó con indiferencia, como si no hubiera pasado nada, mientras pasaba rápidamente las páginas del manga.
—Hubo muchas semanas en las que no te llamé tan a menudo.
—Ya, pero hasta ahora nunca habías esperado una semana entera antes de llamarme, ¿no? Tiene que haber una razón.
—Es porque ya somos estudiantes de tercer año.
Le di una respuesta que no decía exactamente toda la verdad, pero tampoco era del todo mentira.
—¿Vas a una academia o algo así?
—... No.
No tenía planes de ir a ninguna academia.
No era muy fan de estudiar, y tampoco tenía un interés especial en ir a la universidad. Si había alguna universidad por ahí en la que pudiera entrar sin mucho esfuerzo, me lo plantearía. Si no, ya sopesaría mis opciones más tarde.
—Mmm.
No estaba segura de si a Sendai-san le convenció mi respuesta o no, pero mientras seguía pasando las páginas del manga, sacó de repente el nombre de Maika.
—¿Así que estás en la misma clase que Utsunomiya?
—Así es. ¿Y qué?
Yo no le había mencionado nada a Sendai-san sobre estar en la misma clase que Maika y, aunque hubiera querido, tampoco es que hubiéramos tenido oportunidad de hablar. El hecho de que lo supiera significaba que se había tomado la molestia de buscar mi nombre en las listas de clase el primer día.
... No, no podía ser eso. Lo más seguro es que lo hubiera deducido por descarte: al fin y al cabo, solo había dos aulas. Probablemente buscó primero su propio nombre y se dio cuenta de que, si yo no estaba en su clase, tenía que estar en la otra.
Seguro que era solo eso.
Le quité el manga de las manos.
Como sea. Me da igual.
Guardé el manga, esperando archivar mis pensamientos innecesarios junto con él.
—Apuesto a que estás decepcionada por no estar en la misma clase que yo.
Mientras miraba mis libros perfectamente alineados en la estantería, oí su voz burlona a mis espaldas.
—No estoy decepcionada.
—¿En serio? Pues yo sí.
Sus palabras sonaron como si no tuvieran ningún peso real.
Cuando me giré para mirarla, vi a Sendai-san sonriéndome.
—Ahora me estás mintiendo.
—No miento.
Dijo, como esforzándose en negarlo. Luego se acercó a mí y sacó un tomo de manga de la estantería. Se lo quité y lo volví a poner en su sitio.
—Puedo ordenarte hacer cualquier cosa que quiera, ¿verdad?
—¿En serio preguntas eso ahora?
—Bueno, hoy no te he pagado nada, así que quería confirmarlo contigo, por si acaso.
—Podemos hacer lo de siempre.
Dijo Sendai-san, con la misma expresión que tenía los días previos a las vacaciones.
Al mirar por la ventana, vi que el cielo se había teñido de tonos rojos por el atardecer. Las casas y apartamentos que se veían tenían los mismos colores. Ahora que había llegado la primavera, los días se habían vuelto un poco más largos en comparación con el invierno. Ya no necesitaba usar el calefactor para mantener la temperatura.
Sendai-san se había dejado la americana puesta hoy, probablemente porque en la habitación no hacía tanto calor como antes. Cerré las cortinas, aislándonos del resto del mundo teñido por el atardecer. Luego, me senté en la cama.
—Siéntate ahí.
Señalé un punto frente a la cama. Tal como le había dicho, Sendai-san se sentó en el suelo. Entonces, me agarró la pierna.
—Ahora vas a pedirme que te quite el calcetín y te lama el pie, ¿no?
—Qué acostumbrada estás, ¿eh?
—Es solo porque parece que te gusta mucho ordenarme hacer esto todo el tiempo.
—No es que me guste. Es que no tengo nada más que ordenarte.
—Mmm, ¿ah sí?
Sendai-san me miró desde abajo con duda en los ojos, así que le di una patada en el hombro y le dije: «Date prisa».
—Eso es violencia.
—No es violencia.
Esperaba que siguiera replicando, pero en lugar de eso, puso las manos en mi pierna en silencio. Me quitó el calcetín que llevaba, sus dedos deslizándose lentamente hacia mi talón. Pude sentir el suave aliento de Sendai-san rozando mi pie hasta que la sensación de algo blando y cálido ocupó su lugar.
Presionó su lengua contra mis dedos, mojándolos. La sensación de su lengua avanzando lentamente hacia mi empeine era un poco asquerosa. Pero el hecho de que fuera Sendai-san quien me lamía el pie hacía que se sintiera bien.
Yo no sabía nada sobre la clase en la que estaba ella. Pero probablemente seguía sentada cómodamente en la cima de la jerarquía escolar, disfrutando de cada día junto a Ibaraki y su grupo. Pero ahora mismo, esa misma chica estaba lamiendo mi pie.
Mientras la punta de su lengua recorría mi piel, podía sentir la temperatura corporal de Sendai-san más claramente que nunca. Su calor se mezcló con el mío, fundiéndose hasta volverse finalmente parte de mí.
Su lengua se dirigió hacia mi tobillo.
Aunque el calefactor estaba apagado, hacía un poco de calor en la habitación. Me aflojé la corbata para intentar escapar del calor, pero noté cómo sus dientes atrapaban mi tobillo mientras empezaba a chuparlo.
Se sentía completamente diferente a cuando solo usaba la lengua, lo que hizo que me agarrara con fuerza a las sábanas.
—Sendai-san, no hagas eso.
Sus labios se separaron de mi tobillo en cuanto hablé. De repente, mordió mi dedo gordo del pie.
—Ay.
Sus dientes se clavaron en mi carne. Pero aun así no paró.
Es verdad que no dolía tanto como pillarse un dedo con una puerta, pero sacudí el pie para alejarme del dolor agudo.
—Sendai-san, para.
Los dientes que estaban enterrados en mi dedo gordo salieron lentamente, y el dolor desapareció con ellos. Pero su lengua ocupó su lugar mientras lamía suavemente mi dedo.
La sensación de una lengua pegajosa en mi piel era bastante desagradable, pero no me importaba sentir la temperatura corporal de Sendai-san. Se sentía como si el calor de la punta de mis dedos hubiera viajado hasta mi estómago, calentando cada respiración que daba. Aunque no diría que fuera una buena sensación.
—Sendai-san, ¿hasta cuándo planeas seguir viniendo?
Le tiré del flequillo para que parara.
—¿Quién sabe? ¿Quizá hasta que nos graduemos? O sea, seguramente acabaremos yendo a universidades diferentes de todas formas. Ah, pero si me dices que no venga más, entonces no vendré. ¿Es eso lo que quieres?
Sendai-san levantó la cabeza para mirarme mientras hablaba con un tono serio.
«Sigue viniendo».
Si decía eso, seguiríamos viéndonos hasta la graduación.
Pero no quería rebajarme a pedirle que viniera, así que cambié de tema y pregunté:
—¿Planeas ir a la universidad?
—¿Tú no?
—No estoy segura. ¿A qué universidad intentas entrar tú, Sendai-san?
—Aún no lo he decidido.
¿Decía eso porque no quería contármelo? ¿O estaba realmente indecisa?
Sin saber la respuesta a esa pregunta, la conversación terminó ahí.
Cuando miré hacia las cortinas que bloqueaban el atardecer, fuera ya no parecía haber tanta luz como antes.
Como si no tuviera nada más que hacer, Sendai-san empezó a acariciarme el tobillo. Las cosquillas me sobresaltaron, haciendo que mi pierna se estremeciera. En lugar de protestar de palabra, le di una patadita en el muslo.
—Sabes, Miyagi, nunca he sido muy fan de las bebidas con gas.
Una confesión inesperada salida completamente de la nada. Me pilló tan desprevenida que solté un «¿Eh?» por puro reflejo.
—¿No es un poco tarde para decir eso?
Pregunté.
—Cuando empezamos esto, no pensé que vendría aquí tan a menudo, así que nunca encontré el momento adecuado para decírtelo.
—... La próxima vez que vengas te voy a servir refresco otra vez.
—Guau, qué mala eres.
—Calla. Y ahora, menos hablar y más lamer.
Sendai-san presionó sus labios contra mi empeine, haciendo un pequeño ruido. La punta de su lengua rozó mi piel. Su temperatura corporal se mezcló con su tacto, y poco a poco se convirtió en parte de mí. Su calor empezó a calentarme desde dentro.
Su lengua húmeda se dirigió a mi tobillo.
Y tal y como esperaba, me pareció un poco asqueroso.