No podía evitar sentir un poco de envidia de Shiori. Solo un poco.
La razón era que yo estaba atrapada en la academia. Una de mis clases acababa de terminar y ahora estábamos en medio del descanso. Aún me quedaban dos clases más antes de poder irme a casa. No es que estuviera molesta, pero siendo las vacaciones de primavera, esto apenas parecían vacaciones.
―― Pero fui yo quien aceptó hacer esto.
Les había prometido a mis padres que iría a la academia durante las vacaciones. Con mi tercer año de instituto a la vuelta de la esquina, pensé que era buena idea empezar a prepararme para la selectividad. Pero aún había una parte de mí que quería salir y divertirse; una parte bastante grande, la verdad. Por eso tenía algo de envidia de Shiori, que me había dicho que ella no iría a la academia. Seguramente estaría disfrutándolas a tope.
Me pregunto qué estará haciendo hoy.
La cara de mi mejor amiga apareció en mi mente. Si Shiori estuviera aquí ahora mismo, probablemente se quejaría de las pocas ganas que tiene de estudiar. Con ese pensamiento en mente, saqué el móvil del bolso y vi un mensaje suyo. Lo único que decía era: «Me aburro».
—Es tan típico de ella.
En persona, Shiori siempre hablaba por los codos, pero sus mensajes solían ser de pocas palabras, como si fuéramos tan amigas que no necesitara andar con formalismos conmigo. Le respondí: «Pues yo estoy en la academia», y luego empecé a garabatear un retrato suyo en mi cuaderno.
A veces es tan despistada. Se quedaba en las nubes en clase, sin prestar atención hasta que algún profesor la regañaba. Aunque solía tomarse los deberes en serio; ojalá hiciera lo mismo en las clases. Junto al garabato, escribí: «¡Concéntrate!».
Shiori y yo habíamos estado en la misma clase desde primer año, pasando el tiempo en el aula y saliendo juntas después. Nuestra otra amiga cercana, Ami, había acabado en una clase distinta este año, pero esperaba que las tres volviéramos a estar juntas en tercero.
Dibujé a Ami junto a Shiori y escribí «¡Alegre!» sobre su cabeza. Justo cuando estaba a punto de empezar a dibujarme a mí misma, escuché una voz llamándome desde el asiento en diagonal frente a mí. Levanté la vista.
—No sabía que dibujabas tan bien, Utsunomiya.
—No soy tan buena. Solo son garabatos.
Le respondí a Honda-san, que estaba mirando mi cuaderno. Íbamos al mismo instituto, pero estábamos en grupos distintos, así que no solíamos hablar mucho allí. Aun así, por alguna razón, acabábamos hablando bastante aquí en la academia y nos llevábamos bien.
—A mí me parecen muy buenos. Yo no podría dibujar ni para salvarme la vida.
—De verdad que no creo que sean para tanto.
—Oh, venga, no hace falta ser tan modesta.
Dijo Honda-san con una sonrisa y luego añadió con naturalidad:
—Ah, ¿sabías que Ibaraki-san tiene un trabajo a tiempo parcial?
—¿Ah, sí? ¿Dónde?
—En un restaurante familiar.
—¿Un restaurante familiar, eh?
—Sí, fui con mis padres el otro día y nos la encontramos allí de casualidad. Cuesta un poco imaginársela trabajando, ¿verdad?
—Sí, es bastante sorprendente. No parece del tipo de persona que trabajaría en un sitio así. Esperaba que fuese en otro lugar.
—¿A que sí? Sinceramente, no creía que Ibaraki-san fuera a trabajar en absoluto. ¿No te parece más bien el tipo de chica que siempre estaría por ahí divirtiéndose? Apuesto a que podría conseguir que un montón de tíos le pagaran las cosas.
La imagen que yo tenía de Ibaraki-san era la de una chica «mona pero con mal genio», y los comentarios de Honda-san solo lo reforzaban.
Ibaraki Umina... iba a mi misma clase, y sin embargo la sentía como una figura distante. Tan distante, de hecho, que los rumores sobre ella habían llegado hasta mi academia. No pude evitar preguntarme cómo sería en el trabajo.
—¿Es Ibaraki-san una buena trabajadora?
—¿A qué te refieres?
—Solo tenía curiosidad por saber cómo era con los clientes.
—Oh, la verdad es que fue muy amable.
Dijo Honda-san, como si a ella también le hubiera sorprendido. Realmente era asombroso. Quizás fuera un poco injusto decirlo, pero me costaba imaginar a Ibaraki-san tomándose su trabajo en serio. Sus otras amigas parecían mejores para un trabajo a tiempo parcial.
No pude resistirme a preguntar:
—¿Había alguna de sus amigas allí también? ¿Como Sendai-san, por ejemplo?
—No, no parecía. Pero si Sendai-san trabajara allí, apuesto a que sería muy popular.
—¿Te refieres a que crees que es más probable que se le declaren?
—Sí. Ibaraki-san es mona pero llama mucho la atención, así que imagino que es más difícil acercarse a ella. Pero si fuera Sendai-san, ¿no te da la sensación de que llamaría más la atención?
—No sé cuál de las dos sería más popular, pero sí veo a Sendai-san encajando mejor en ese trabajo.
Al igual que Ibaraki-san, Sendai-san también era una figura lejana para mí. Lo único que sabía de ella a ciencia cierta era que era más simpática que Ibaraki y que tenía fama de querer quedar bien con todo el mundo. Aunque los rumores sobre ella no eran tan fuertes, me habían llegado habladurías de que era de las que «se lían con cualquiera».
A pesar de ir a la misma clase, nunca habíamos cruzado palabra. Por eso, no sabía si los rumores eran ciertos o no; simplemente cotilleaba sobre ello con mis amigas de la academia, y dudaba que llegase a tener trato directo con ninguna de las dos.
—Tienes razón. Bueno, de cualquier forma, las dos parecen muy populares.
—Sip.
Respondí con brevedad, haciendo girar mi portaminas entre los dedos.
No es que no admirase a gente como ellas, pero la popularidad no era algo que se pudiera conseguir solo con desearlo. Además, tampoco es que quisiera ser íntima de ellas. Ya había elegido a las amigas que quería conservar a mi lado.
Al bajar la vista, me reencontré con los retratos que había garabateado en el cuaderno. De repente, oí vibrar el móvil. Al mirarlo, vi otro mensaje de Shiori que decía: «¿Te apetece ir al cine cuando termines?».
—¿Es tu amiga?
—Sip.
Respondí.
La invitación de Shiori era tentadora, pero si quedaba con ella después de clase, sería demasiado tarde para ver una película. Si me fuera con ella hoy, acabaría teniendo que volver corriendo a casa. Parecía un poco deprimida la última vez que la vi, anteayer, así que, a ser posible, prefería hablar con ella sin prisas.
Tras dudar un instante, le contesté: «¿Podemos dejarlo para mañana?».