[25–28] Es porque sigues tocándome, Miyagi (Sendai PoV)

Traducción fan al castellano de Shū ni Ichido Classmate o Kau Hanashi — Shuukura

HISTORIA SOBRE CÓMO COMPRABA A MI COMPAÑERA DE CLASE UNA VEZ A LA SEMANA


Capítulo 25

Ver a Miyagi tan desconcertada me hacía gracia. Si dijera eso en voz alta, probablemente parecería que tengo una personalidad fatal. Pero en mi defensa diré que Miyagi se comportaba como si cargara con una increíble culpabilidad, como si tuviera algún pecado que confesar.

—Espera, quieta —dije, estirando el brazo hacia Miyagi, que estaba sentada al otro lado de la mesa. Pero antes de que mis dedos llegaran a tocarla...
—¿Qué pasa? —preguntó con desconfianza.
—Tienes un pelo.

Cuando le di el motivo por el que estiraba el brazo, Miyagi levantó la vista de su libro y preguntó: «¿Dónde?».

—Te lo quito yo.

Apoyé la mano en la mesa mientras me inclinaba sobre ella. Acerqué la mano al pecho de Miyagi y le rocé ligeramente el cuello con los dedos. Apenas la toqué. El contacto entre nosotras duró menos de un segundo. Y aun así, Miyagi retrocedió con una brusquedad innecesaria, como si fuera a hacerle alguna barbaridad.

Todo esto empezó hace unos días.

El día que me quedé dormida sin querer en su habitación, me desperté sintiendo cosquillas en el cuello. Pero, al estar medio dormida, no estaba muy segura de qué pasaba. Bueno... Al principio pensé que todo era un sueño, pero resultó que no. Ver las reacciones de Miyagi más o menos me lo había confirmado.

Ese día, Miyagi me había tocado el cuello con los labios.

Le di un tirón al pelo, que le llegaba un poco más allá de los hombros.

—Ay.
—Ah, perdona. Aún lo tenías ahí —dije, aunque el mechón de pelo que inicialmente había dicho que tenía suelto no era algo que iba a poder quitarle de verdad.
—Lo estás haciendo a propósito.
—Bueno, me había parecido un pelo suelto, así que quería quitártelo.

No negué que lo estuviera haciendo a propósito. Al fin y al cabo, no estaba equivocaba.

Normalmente me dejaba dos botones desabrochados en la blusa, pero esta vez llevaba el segundo abrochado. Antes incluso de entrar en su habitación, me aseguré de llevar la corbata mejor puesta de lo habitual. Y aun así, por alguna razón, parecía que ella evitaba mirarme.

Desde aquel día, Miyagi actuaba raro. Incluso ahora, parecía que estaba reaccionando exageradamente a la pequeña broma que acababa de gastarle.

—Date prisa y acaba mis deberes —dijo Miyagi, con tono de disgusto.

El gato callejero que creía haber domesticado volvía a desconfiar de mí. Esa era la vibra que me transmitía Miyagi hoy.

—No me metas prisa. Ya casi he terminado.

«Haz mis deberes».

Esa fue la orden que me dio hace una hora. Pero al estar en clases separadas este año, hacer sus deberes daba mucho más palo que antes. Cuando íbamos a la misma clase, los deberes eran iguales, así que solo tenía que responder las preguntas una vez y luego copiar lo que había escrito. Pero ahora que estábamos en clases distintas, significaba que tenía el doble de trabajo.

Miyagi no tenía las mejores notas. Pero aunque algunas asignaturas le costaban, tampoco eran malísimas. Con el examen de acceso a la vuelta de la esquina este año, habría sido mejor que se dedicara más a estudiar. Al fin y al cabo, ir bien en los estudios te abre puertas, y tener hábito de estudio siempre es una ventaja. Además, los que sacan mejores notas tienen más universidades donde elegir, lo que al final se traduce en más salidas para trabajar.

Dicho esto, las buenas notas no garantizan nada, así que gran parte de ese esfuerzo podría acabar cayendo en saco roto perfectamente.

—Entonces, ¿ya has decidido universidad?

Cuando le hice esa pregunta a Miyagi por primera vez en abril, me contestó con un «No estoy segura».

—No, pero si al final voy a la universidad, me vale cualquiera que me acepte —Miyagi respondió con una respuesta parecida, aunque ligeramente diferente a la de antes.
—Te lo tomas con demasiada calma.
—No me interesan estas cosas. Lo importante es que vuelvas a terminar mis deberes.
—Sí, sí. Lo sé.

Qué pena. No es que fuera a pedirle que se apuntara a mi academia, ni tampoco iba a obligarla a hincar los codos, pero es que Miyagi parecía demasiado pasota. Miyagi siempre era así: tan dejada e irresponsable.

Aquel día, había tomado la iniciativa de presionar sus labios contra mi cuello. O supongo que sería más exacto decir que simplemente lo hizo sin mi permiso.

Me llevé la mano al cuello. No tenía ni idea de por qué había puesto los labios ahí. Pensé que lo había hecho porque seguía dándole vueltas a lo del chupetón, pero si ese fuera el caso, me habría dejado uno en el cuello. Entonces, ¿qué sentido tenía limitarse a apoyar los labios?

Si lo hizo para dejarme claro que no éramos amigas, por mí bien. Pero daba la sensación de que sus actos estaban transformando rápidamente nuestra relación en algo muy distinto a una amistad.

Me alegraba que se fuera abriendo más a mí, pero iba a ser un problema si la cosa seguía así. Me daba miedo profundizar en mi relación con Miyagi. No quería que acabáramos intimando demasiado. Quería una amistad que no fuera ni blanca ni negra; algo gris me iría bien. De lo contrario, creo que lo pasaría mal cuando nos despidiéramos el año que viene.

Además, tampoco me disgustó especialmente lo que Miyagi me había hecho. El hecho de sentirme así estaba mal. No podía explicar por qué estaba mal, pero simplemente lo estaba.

Cogí mi goma de borrar y se la tiré a Miyagi. La goma, ligeramente curvada, voló por el aire y aterrizó en el libro de texto a su lado.

—Hoy no hablas mucho. ¿Ha pasado algo?

Cuando Miyagi levantó la cabeza en respuesta a mi pregunta, me desabroché el segundo botón de la blusa como si nada, lo que hizo que desviara la mirada de golpe, muy tensa.

No me hacía gracia ser la única con las emociones hechas un lío. Quería descolocarla a ella también.

—No —Miyagi respondió con tono indiferente e inmediatamente volvió a leer su libro.
—¿Quieres cotillear sobre ligues?
—No.

Me lo imaginaba. No parecía el tipo de persona a la que le interesaran esa clase de cosas. Daba por hecho que ella pasaba de cotilleos, pero me equivocaba. Sabía que se me habían declarado, así que debía de tener sus propias fuentes.

—¿No hay nadie que te guste, Miyagi?
—No me gusta hablar de ese tipo de cosas.
—Bueno, en ese caso, ¿por qué tenías tanta curiosidad por lo que me pasó a mí?

O sea, parecía tener bastantes ganas de hablar de líos cuando quiso saber por qué rechacé aquella declaración. No iba a dejar que esquivara la pregunta diciendo que se le había olvidado.

—......

Pero no parecía que tuviera intención de responder. Lo único que se oía era el crujido de las hojas mientras las pasaba.

—Miyagi.

La insté a responder. Pero ni se movió. Cuando me fijé bien, pude ver cómo se le fruncía el ceño.

Me acaricié suavemente el cuello.

Todo esto es porque intentaste besarme aquí. Tú te lo has buscado.

Le venía bien darle una vuelta a su comportamiento. Pero estar en la misma habitación no era divertido cuando lo único que hacía era ignorarme.

—Ah, ya sé. ¿Me prestas un libro para leer en la Golden Week?

Decidiendo que quizá ya era hora de perdonarla, cambié de tema.

—No quiero.
—Sabía que ibas a decir eso.

Ahora empezaba a comportarse como la Miyagi que yo conocía. Ojalá fuera así todo el tiempo. Mientras las cosas siguieran igual, nuestra relación estaría bien. La verdad es que no me apetecía pasar por otra montaña rusa emocional. Así que me tranquilizaba ver que Miyagi volvía a ser ella misma.

Capítulo 26

No era raro ver a Miyagi tan callada. Quiero decir, en realidad nunca me había hablado mucho. Si lo pensaba así, simplemente parecía que Miyagi había vuelto a la normalidad.

Las cosas no eran tan divertidas así, pero supongo que no había mucho que hacer. Al fin y al cabo, yo no tenía control sobre su humor. Al menos, esa fue la razón que me di a mí misma para aceptarlo.

Entonces, antes de que me diera cuenta, la Golden Week pasó en un abrir y cerrar de ojos.

Habían pasado dos días desde que terminaron las vacaciones y no había visto a Miyagi ni una sola vez. Ni siquiera nos habíamos cruzado por el pasillo. Aunque quizá fuera porque estábamos en clases diferentes.

A ver, no es que me sintiera sola ni nada por el estilo. No me faltaba gente con la que hablar, y mi círculo de amigos también había crecido. No tenía nada de qué quejarme. Mi vida escolar iba sobre ruedas y me lo estaba pasando bien. Había oído un par de veces a algunos compañeros nuevos llamarme "bienqueda" a mis espaldas, pero no lo suficiente como para que me importara.

—Oye, me voy un segundo a la clase de al lado.

En medio del alboroto del aula durante el recreo, Umina, que se sentaba en diagonal frente a mí, habló de repente.

—Oh.. ¿Qué pasa?
—Se me ha olvidado el libro de texto.

«O a lo mejor paso de entrar a clase...». Cuando Umina murmuró eso para sí misma, Mariko intervino de inmediato:

—Ni se te ocurra. Los profesores dijeron que te pondrían una falta la próxima vez que te saltaras la clase, ¿no?
—Mmm... La verdad es que me da igual que me pongan una falta, pero bueno. Supongo que iré a pedirle el libro a alguien de al lado.

Dijo Umina, con tono desmotivado, mientras salía de la clase.

No era exactamente lo que llamarías una alumna modelo. Igual que el año pasado, siempre estaba dispuesta a saltarse las clases. Incluso después de que la llamaran a la sala de profesores repetidamente, parecía que nada podía convencerla.

Durante nuestro segundo año, Mariko solía irse con Umina siempre que esta decidía saltarse clase. Sin embargo, ahora que estábamos en tercero y nuestro futuro estaba en juego, parecía que Mariko había cambiado de opinión.

Estar en un grupo de amigas era un rollo en momentos como este. Cuando pillaban a una haciendo algo malo, parecía que todo el grupo estaba metido en el asunto. Probablemente así era como nos veían a nosotras también.

Aunque era verdad que Mariko tenía un largo historial de pellas. Pero ahora que quería que los profesores le escribieran cartas de recomendación, había empezado a prestar más atención a sus notas y estaba decidida a impedir que Umina se saltara clase tanto como fuera posible.

Pero ¿empezar a preocuparse por las notas ahora? Me parecía que llegaba un poco tarde para eso. Bueno, sin duda era mucho mejor que no hacer nada.

Saqué mi cuaderno y mi libro de texto del pupitre.

No es que las clases me parecieran especialmente divertidas, pero tampoco tenía intención de saltármelas. Necesitaba esforzarme para mantener mi imagen de alumna modelo, a diferencia de mis amigas.

—Oye, ¿luego me dejas el cuaderno? Quiero copiar tus apuntes —preguntó Mariko.

Mientras asentía con la cabeza para acceder a su petición, oí una voz que venía de detrás de nosotras.

—He conseguido que me presten uno —dijo Umina mientras se volvía a sentar con un libro de texto en la mano.
—Espera, ese...

Se me escapó la voz por acto reflejo.

Nuestra siguiente clase era Japonés Contemporáneo, así que no era raro verla con ese libro en las manos. Sin embargo, había pliegues visibles en la portada.

—¿Qué? —preguntó Umina, extrañada, mientras miraba el libro.

Apreté los puños. Solté esas palabras como si el objeto en manos de Umina fuera algo especial. No debería haber dicho nada. Pero si intentaba fingir que no pasaba nada, probablemente parecería aún más antinatural y solo acabaría despertando la curiosidad de Umina.

—Ese no es el libro de Ruka, ¿verdad? ¿A quién se lo has pedido?

Ruka era una amiga a la que Umina solía pedirle los libros. Pero el libro que Umina tenía ahora en las manos claramente no era de Ruka ni de ninguna de sus otras amigas.

El libro que Umina estaba sosteniendo no era de otra que de Miyagi. Yo lo sabía bien. Fui yo quien hizo esos pliegues en la portada.

—¿Eh? ¿Cómo sabes eso?
—Solo un presentimiento.

Me aseguré de mantener el motivo en secreto. Umina no tenía ni idea de que Miyagi y yo teníamos la confianza suficiente como para que yo reconociera su libro solo por la portada, y tampoco había necesidad de decírselo.

—Quería pedírselo a Ruka, pero no estaba, así que se lo pedí a una chica que iba a nuestra clase el año pasado. ¿Cómo se llamaba...? Era una chica con pinta normalita y el pelo algo largo.

«¿Sabes? Sí, esa chica... mmm...», preguntó Umina mientras buscaba el nombre en su memoria. Pero yo estaba bastante segura de que Umina no iba a encontrar nada. Y por eso, decidí responder a la pregunta por ella.

—¿...Miyagi?
—Ahh, eso, eso. Se llamaba Miyagi. Tienes buena memoria, ¿eh, Hazuki? Nunca se te olvidan los nombres de la gente.

Dijo Umina con admiración mientras miraba el libro de texto. Entonces, se rió de repente.

—Guau, Miyagi parece muy sosa, pero mira, tiene el libro hecho polvo. Me parto.

La risa de Umina pronto quedó ahogada por el sonido del timbre. Mientras Mariko corría a su sitio, el profesor entró en el aula.

—Silencio. Va a empezar la clase —dijo el profesor mientras daba un golpe en su mesa.

A medida que empezaba la lección, el ruido fue desapareciendo poco a poco.

En la pizarra había escritas unas palabras que a duras penas podían considerarse legibles. Aquellas letras, que no pintaban nada en una pizarra, parecían lombrices retorciéndose por el suelo, haciendo que fuera difícil descifrar los apuntes.

Eché un vistazo al asiento en diagonal frente a mí. La espalda de Umina era todo lo que podía ver; el libro de texto que estaba usando apenas se veía.

Volví a dirigir la mirada hacia la pizarra y copié las palabras en mi cuaderno. No es que estuviera intentando reclamar la propiedad del libro ni nada por el estilo, pero pensar que Umina lo estaba usando ahora mismo me pesaba en el brazo con el que tomaba apuntes.

El sonido de la voz ronca de nuestro profesor solo hacía que me sintiera más agitada.

Crac.

La mina de mi portaminas hizo un pequeño ruido al romperse.

Ni siquiera te has molestado en recordar el nombre de Miyagi.

Cerré los ojos.

No debería estresarme tanto por un libro de texto. Tener unos sentimientos tan complicados e inexplicables solo iba a complicarme la vida. Así que cerré los ojos.

Deja de preocuparte por el libro. Ni siquiera importa. No es importante.

Volví a abrir los ojos y miré fijamente la pizarra.

Limítate a escuchar lo que dice el profesor y sigue tomando apuntes.

Mientras me repetía esas palabras una y otra vez en la cabeza para apartar los pensamientos innecesarios que no paraba de tener, la clase llegó a su fin.

El tiempo siguió pasando en un abrir y cerrar de ojos.

Entonces, antes de que me diera cuenta, el día en el instituto casi había terminado. Por supuesto, de todos los días que Miyagi podía haber elegido para no llamarme, tenía que ser justo hoy.

¿De qué va? Deberías contactarme en días como este.

Me quejé mentalmente.

«Voy a ir». Eso era lo que quería decirle.

Nunca le había enviado un mensaje así antes, pero tampoco es que hubiéramos puesto una norma de que yo no pudiera contactar con ella primero. Me había acostumbrado a que fuera ella quien me escribiera primero, así que ya lo daba por hecho, pero estaba segura de que yo también podía hacerlo.

En cuanto sonó el último timbre del día, saqué el móvil inmediatamente. Me quedé mirando la pantalla.

—¿Esperas un mensaje? ¿De quién, de tu novio? —levanté la vista al oír la voz de Umina llamándome.
—No tengo tiempo para novios.
—¿Queeé? Si alguna vez quieres uno, siempre puedo presentarte a alguien, ¿sabes?
—Estoy bien por ahora. Al menos, hasta que acabe la selectividad.
—Ya veo. ¿Vas a la academia hoy?

Por muchas veces que hubiera corregido a Umina en el pasado, ella seguía llamando a mi escuela preparatoria "academia" a secas. Sin molestarme en corregirla otra vez, contesté con un «Nop».

—En ese caso...

«Tengo un montón de sitios a los que quiero ir hoy», dijo Umina, dejando claro lo que quería hacer, y Mariko aceptó ir con ella.

Volví a meter el móvil en la mochila. Al final, los mensajes deberían venir de Miyagi. Estaría mal si fueran de mí.

Para cuando terminó la tutoría, ya habíamos decidido adónde ir después de clase, y salimos del aula.

Capítulo 27

Seguro que me contacta en cuanto acaben las vacaciones.

Al menos, eso era lo que pensaba que haría Miyagi. Sin embargo, llevaba un tiempo sin dar señales de vida, y al final me mandó el mensaje tres días después de haberle dejado el libro a Umina. Bueno, no es que me importara lo más mínimo. Miyagi era quien pagaba, así que era libre de decidir cuándo quedábamos.

Decidí pasar por el super de camino a casa de Miyagi y compré unas patatas fritas y chocolate. Miyagi casi nunca sacaba nada para picar en su casa. Hoy no tenía muchas ganas de hablar, así que quería pasar el rato a gusto y comiendo algo.

Con una bolsa de plástico en la mano, me dirigí a casa de Miyagi. Me daba rabia lo despejado que estaba el cielo hoy. Era como si todo estuviera cubierto de una capa de pintura azul, sin una sola mancha. Pero por mucho sol que hiciera yo sentía una sombra en el pecho que lo oscurecía todo. Y mira que en casa de Miyagi solía estar más a gusto que en la mía, pero ahora cada paso hacia allí se me hacía cuesta arriba.

¿Por qué me tenía que sentir así?

La bolsa de plástico que llevaba en la mano se balanceaba de un lado a otro mientras caminaba. Como intentando echar a Miyagi de mis pensamientos, eché a correr.

Cinco minutos.

Eso fue más o menos lo que tardé en llegar al apartamento de Miyagi corriendo a toda velocidad. La llamé al telefonillo para avisarle de que había llegado, y me abrió en seguida. Subí en el ascensor hasta su planta. Luego toqué el timbre y pronto me recibió.

—Toma.

Me dio un billete de 5.000 yenes en cuanto me quité los zapatos. Aunque hacía tiempo que no nos veíamos, Miyagi estaba tan seca como siempre.

—Gracias.

Tras meter el billete en el monedero, fui a la habitación de Miyagi. Mientras dejaba la bolsa de plástico que traía, Miyagi se levantó y salió de la habitación.

Me acerqué a su estantería y de un vistazo pude notar enseguida que el número de libros había aumentado. Cogí un manga que no reconocía y me senté en la cama. Mientras me tomaba mi tiempo leyendo el libro, Miyagi volvió con vasos de té de cebada y refresco en las manos.

—¿Te has comprado libros nuevos?
—He tenido tiempo libre en vacaciones.

En lugar de responder con un «sí» o un «no», Miyagi me dijo la razón detrás de los libros nuevos. Su habitación no había cambiado nada desde que empezaron las vacaciones. Igual que su actitud, que seguía siendo tan antipática como siempre.

Cerré el libro que tenía en las manos y señalé la bolsa de plástico que había traído.

—Antes he ido a comprar unas cosas. Ábrela si quieres.
—¿Por qué no lo haces tú?

Dijo Miyagi sin dedicarle ni una mirada a la bolsa a la que me refería mientras caminaba hacia su estantería. Como siempre, Miyagi contestaba con alguna bordería o con tonito de disgusto en general. Normalmente no me importaría demasiado, pero hoy estaba mosqueada con ella.

—Shiori.

Decidí probar a llamar a Miyagi por su nombre de pila.

—...... ¿Eh?

Se detuvo un momento, pero en cuanto giró la cabeza, vi una expresión de disgusto en su cara. Al ver eso, dije su nombre una vez más.

—¿Puedo llamarte «Shiori»?

Hasta donde yo sabía, todas las amigas de Miyagi la llamaban por su nombre. Así que no debería haber ningún problema en que yo también lo hiciera.

No es que fuéramos amigas ni nada por el estilo, pero hacíamos un montón de cosas que las amigas normalmente no harían entre ellas. Teniendo en cuenta que compartíamos un secreto que no podíamos contar a nadie más, no veía problema en que tuviéramos un poco más de confianza. Pero Miyagi no parecía opinar lo mismo.

—No —dijo Miyagi fríamente mientras se sentaba frente a mí con un libro en las manos.
—Qué rancia eres.

Me bajé de la cama y me senté en el suelo.

Saqué las patatas y el chocolate de la bolsa blanca y abrí las patatas. Como si me estuviera regodeando en mi propia miseria, empecé a comérmelas por mi cuenta.

Una patata, luego la segunda, luego la tercera. Masticaba las patatas y las mandaba al estómago.

Antes de las vacaciones, Miyagi —que siempre había rechazado rotundamente nuestra amistad— de repente empezó a tratarme como a una amiga. Me preguntó por el chico que se me declaró y se molestó por ello. Aquello tenían que haber sido celos. Y aun así, seguía sin dejarme llamarla por su nombre.

Me parecía bastante injusto.

Eché un vistazo a Miyagi. Parecía concentrada leyendo su manga, así que no levantó la vista para mirarme. Tampoco parecía interesada en lo más mínimo en comer patatas.

—Oye, Miyagi. ¿Quieres que te dé yo? —dije mientras cogía una patata de la bolsa.
—No. No hace falta.
—No tienes por qué cortarte.

Acerqué la patata a la boca de Miyagi. Sin embargo, en lugar de comerse la que yo tenía en la mano, alargó el brazo hacia la bolsa y cogió otra para ella.

—Puedo comer yo solita —dijo Miyagi mientras se comía la patata de un bocado.
—¿Y qué pasa con esta? —pregunté, todavía con la patata que ahora parecía haber perdido su propósito.
—No la quiero —dijo Miyagi sin rodeos mientras sacaba otra patata de la bolsa y se la metía en la boca.

Compadeciéndome de la patata solitaria que tenía en la mano, decidí enviarla a mi estómago. Entonces, estiré el brazo y agarré a Miyagi por la muñeca.

—¿Qué quieres? —preguntó Miyagi con tono desconfiado, pero la ignoré.

Normalmente me ordenaba que le lamiera los dedos, pero esta vez decidí hacerlo por voluntad propia. Al presionar la lengua contra sus dedos, el sabor a sal se extendió por mi boca.

—Sendai-san, para —dijo Miyagi mientras me tiraba del flequillo.

Sin embargo, yo no tenía ninguna intención de hacerle caso.

Enrosqué la lengua alrededor de su dedo y lo mordí suavemente. Apliqué más fuerza al mordisco hasta que pude sentir el hueso de su dedo bajo mis dientes. En cuanto lo hice, Miyagi sacó inmediatamente el dedo de mi boca.

—Te he dicho que pares.

Dijo Miyagi con dureza, como si me escupiera las palabras, mientras fruncía el ceño.

Verla tan obviamente descontenta conmigo hizo que se me acelerara el corazón. «Esa es la cara que quiero ver».

Miyagi me dijo eso una vez después de haberme puesto de mal humor. En aquel momento, Miyagi parecía inusualmente feliz al ver mi cara de disgusto. Por entonces no sabía lo que se le pasaba por la cabeza, pero ahora le pillaba el punto. Ver a Miyagi dirigir esas emociones hacia mí me provocó un escalofrío por la espalda.

—Sabes un poco salada, Miyagi —dije con una sonrisa burlona, mientras Miyagi me fruncía el ceño en respuesta.
—¿No será simplemente por las patatas?
—Bueno, supongo que sí.
—¿Qué te pasa hoy? Deja de hacer esas cosas raras.
—Oye, la cosa se va a poner más rara a menos que me des una orden.

Estar con Miyagi sacaba un lado de mí que apenas reconocía. Y pensar que, no hace mucho, jamás me habría planteado lamerle los dedos a Miyagi sin que me lo ordenaran. No planeaba llegar a este punto con ella, pero parecía que lo estaba llevando fatal.

—Todavía no se me ha ocurrido nada —murmuró Miyagi.
—¿Quieres que te haga los deberes?
—Qué pesada eres, Sendai-san. Ya pensaré algo yo, así que cállate.

Parecía que hoy no estaba de humor para que le hiciera los deberes.

Miyagi dejó su manga en la mesa y le dio un sorbo a su refresco. Le gustaba dar órdenes, pero odiaba que le dijeran lo que tenía que hacer. Tras pensarlo un momento, Miyagi empezó a rebuscar en su mochila con una expresión que sugería que sabía exactamente lo que buscaba.

Como no tenía nada más que hacer, decidí comer más patatas. Sin embargo, cuando me lamí la sal de las yemas de los dedos, fui plenamente consciente de que sabía igual que Miyagi hace un momento.

—Sendai-san.

Parecía que se había calmado un poco porque la voz que oí llamándome sonaba como la Miyagi de siempre.

—Esta es tu orden para hoy. Esconde esto.
—¿Una goma? —dije, mirando el objeto que tenía delante.
—Sí.
—Cuando dices «escóndela», ¿significa que puedo esconderla donde quiera?
—No. Escóndela en algún sitio de tu uniforme, luego yo la buscaré.
—...... Siempre se te ocurren las ideas más raras, Miyagi.

Podía verle la gracia a este juego si me dejara esconder la goma en cualquier sitio de la habitación, pero que me dijera que solo podía esconderla en mi uniforme cambiaba el significado de todo el juego.

—No es raro.
—Qué va, seguro que estás pensando en hacer algo raro.
—En ese caso, ¿qué cosa «rara» crees que planeo hacer, Sendai-san?
—Estoy segura de que solo intentas tocarme en sitios raros.
—Lo que es «raro» es que se te ocurra semejante idea para empezar. Eres una pervertida de verdad, Sendai-san.
—Estoy bastante segura de que, en todo caso, aquí la pervertida eres , Miyagi.
—No me importa ser una pervertida. Venga, date prisa y escóndela.

Como había aceptado un billete de 5.000 yenes antes, no tenía derecho a rechazar su orden. Incluso si empezaba a tocarme en sitios raros, al menos lo haría por encima del uniforme, así que no era para tanto.

Cogí la goma que estaba sobre la mesa.

—Vale. Date la vuelta —dije. Entonces, Miyagi me dio la espalda obedientemente.

Capítulo 28

Examiné mi propio uniforme, que consistía en una chaqueta, una falda y una blusa. Lo miraras por donde lo miraras, el único sitio donde podía esconder una goma de borrar era dentro de un bolsillo. Técnicamente, en los calcetines también habría valido, pero cantaría muchísimo. Sería imposible esconderla en la corbata, y tampoco tenía celo para pegármela en la parte de atrás del cuello.

Mis escondites eran extremadamente limitados. Miyagi era indudablemente consciente de que la ganadora ya estaba decidida incluso antes de empezar el juego. Lo más probable es que su objetivo fuera usar el juego como excusa para tocarme en varios sitios solo para divertirse viendo mis reacciones.

Para empezar, a algo así difícilmente se le podía llamar juego. Tampoco había castigo para la perdedora.

Mira da igual. Voy a esconderla en un sitio sencillo para que Miyagi no saque ninguna satisfacción de esto.

Deslicé la goma en el bolsillo derecho de mi chaqueta. El bolsillo era el escondite más obvio, y quería que pudiera encontrarla enseguida.

—Vale, ya la he escondido. Ya puedes darte la vuelta.

Dije, instando a Miyagi a girarse y mirarme. Había un pequeño bulto en mi bolsillo, así que no había manera de que no la encontrara. Incluso pillé a Miyagi echando un vistazo rápido a mi bolsillo. Aún así, por alguna razón, decidió callarse y acercarse. Empezó a examinar mi cuerpo como un investigador de una serie de la tele, empezando por la chaqueta.

Ya... Por supuesto que iba a acabar así.

Miyagi me palpó los hombros como si siguiera un protocolo. No me pareció especialmente desagradable ni nada, pero tampoco era tan moderna como para decir que me resultaba divertido. Pero como solo me estaba tocando por encima de la chaqueta, no me molestaba tanto.

Las manos de Miyagi evitaron de forma poco natural revisar mis bolsillos mientras desviaba su atención hacia mi falda. Me acarició brevemente los huesos de la cadera y me dio golpecitos suaves en los muslos buscando la goma. Sin embargo, como era imposible esconder una goma en esos sitios, pasó rápidamente a examinar los bolsillos de mi falda.

Tras darles una palmadita a los bolsillos, Miyagi se puso detrás de mí. Justo cuando iba a preguntarle qué estaba haciendo, deslizó la mano en mi bolsillo.

¿Era porque resultaba más difícil hacerlo desde delante?

Claro.

Justo cuando me convencí de que lo que hacía Miyagi era normal, sus manos empezaron a moverse de repente, haciendo que rápidamente le agarrara la muñeca por instinto.

—Deja de mover las manos así.

La tela del interior de mi bolsillo era mucho más fina en comparación con el resto de la falda. A pesar de ser muy consciente de que la goma no estaba ahí, la forma en que movía las manos hacía que pareciera que me estaba tocando la pierna directamente, lo cual me resultaba bastante incómodo.

—No sabré si está ahí a menos que lo compruebe a fondo, ¿no?
—¿No crees que la mayoría de la gente lo nota en cuanto mete la mano?
—No.

Miyagi respondió con algo totalmente irracional mientras sentía sus dedos empezar a moverse de nuevo. Pero esta vez le saqué la mano del bolsillo a la fuerza.

Sabía que algo así iba a pasar. Probablemente esta era su idea de venganza porque la había llamado por su nombre y le había lamido los dedos sin su permiso. No estaba segura de qué más me tenía preparado, pero nada de esto me parecía especialmente divertido.

—¿Podemos dejarlo ya?
—No.

Dijo Miyagi mientras se ponía delante de mí y empezaba a desabrocharme la chaqueta. Sabía que no iba a parar, y esperaba que me quitara la chaqueta también. Aun así, mi cuerpo no pudo evitar tensarse.

Miyagi me abrió la chaqueta y se quedó mirando mi blusa, a pesar de saber que la goma obviamente no estaría en un sitio así. Me escaneó de arriba abajo con la mirada. Luego, con la mano derecha, empezó a tocarme el costado del estómago.

Agarré el brazo de Miyagi mientras me registraba. Me hacía cosquillas.

Podía aguantar que me palpara cuando aún llevaba la chaqueta puesta, pero la tela de la blusa era mucho más fina. Cada movimiento de su mano me provocaba escalofríos por la espalda, así que no me sentía nada cómoda con el contacto en esa zona. Sin embargo, en lugar de detener a Miyagi, me encontré simplemente aferrada a su brazo.

Me pellizcó el costado como si estuviera arrancando un trozo de pan, haciéndome respingar. Entonces, antes de darme cuenta, su mano izquierda había empezado a acariciar la zona justo encima del hueso de mi cadera.

—Así que la cintura es tu punto débil, ¿eh? —dijo Miyagi, sonando claramente divertida.
—No es un punto débil. Solo que ahí tengo cosquillas.
—¿No es eso exactamente lo que es un punto débil?

Miyagi me acarició lentamente la cintura con los dedos. La sensación de la blusa rozándome ligeramente la piel me hizo estremecer. Las yemas de sus dedos empezaron a abrirse camino hacia mi espalda, sus uñas trazando un camino sobre mi blusa como si estuviera escribiendo letras en ella.

Agarré a Miyagi del brazo.

La forma en que me estaba tocando se sentía diferente a antes. Tenía la misma expresión de aburrimiento en la cara, pero su tacto se sentía extrañamente inapropiado y para nada como se comportan las amigas. Era muy diferente a cómo Umina y las demás se tocaban casualmente.

Su tacto hasta ahora se sentía frío y sin emoción. Con eso estaba bien. Me permitía creer que solo estábamos jugando a un juego tonto. Pero lo que estábamos haciendo ahora simplemente no estaba bien.

—Para, me haces cosquillas en serio.

Apliqué más presión con la mano con la que le agarraba el brazo.

—Vale. Buscaré en otro sitio si me sueltas.
—Vale, pero si intentas algo así otra vez, te pego un tortazo de verdad.
—¿No va la violencia contra las reglas? —Miyagi murmuró por lo bajo.

Por supuesto, eso ya lo sabía, y en realidad tampoco quería pegarle.

—Sigue buscando en otro lado, ¿entendido?

Le di otra advertencia muy seriamente. Cuando le solté el brazo a Miyagi, hizo exactamente lo que le dije. En su lugar, Miyagi usó la otra mano para deslizarse dentro del bolsillo del pecho de mi blusa.

Me recordó al instante lo que había hecho dentro del bolsillo de mi falda.

—Venga ya, ya sabes que no está ahí.

Le di una patada a Miyagi en la pierna como protesta. No me sentía cómoda con que me tocara a través de la fina tela de la blusa.

—Sendai-san, eso va contra las reglas. Además, no lo sabré a menos que compruebe, ¿no?
—Qué pesada eres...

Oírla tan divertida me estaba empezando a poner de los nervios de verdad.

—Mira, está bien. Ahora que me he asegurado de que no está aquí, puedo buscar en otro sitio.

No estaba muy segura de qué estaba «bien» en todo esto, pero al menos sacó la mano de mi bolsillo.

—Acaba con esto ya. Ya sabes dónde está, ¿no? Era muy obvio desde el principio.

Quería que el juego terminara ya. Sabía dónde estaba la goma, así que no tenía sentido alargar esto.

—Aguántame un poco más.
—¿Queda algún sitio que no hayas revisado ya?
—Quítate la corbata.
—... ¿Eh?

Dije por acto reflejo mientras Miyagi empezaba a quitarme la corbata. Entonces, sin dudarlo, me puso la mano en un lado del cuello.

Su palma se pegó a mi piel como si no hubiera espacio entre ellas. La mano de Miyagi estaba sorprendentemente caliente, aunque no sabía muy bien si el calor era suyo o mío. Sentía como si la línea que nos separaba se estuviera borrando, pero seguramente era porque me había puesto los labios ahí no hacía mucho.

—Shiori.

Llamé a Miyagi por el nombre que no me había dado permiso para usar y luego coloqué suavemente mi mano sobre la suya.

—No me llames así —Miyagi apartó la mano que tenía pegada a mi cuello mientras fruncía el ceño y me fulminaba con la mirada.

No sé por qué, pero verla con esa cara de amargada hizo que todo el peso que había sentido antes se aliviara un poco. Quería que Miyagi también pareciera un poco agobiada.

—¿Puedo decirlo una vez más? —pregunté en voz baja, pero mi pregunta pareció hacer que las arrugas del entrecejo de Miyagi se profundizaran.

No estaba segura de por qué, pero por algún motivo le resultaba súper desagradable que la llamara por su nombre.

—Calla —Miyagi sonó disgustada mientras movía la mano hacia un botón de mi blusa.
—¿Qué vas a hacer?

No respondió. En su lugar, empezó a desabrocharme la blusa en silencio. Hoy llevaba los dos botones superiores de la blusa desabrochados, así que el que acabó desabrochando fue el tercero. Justo cuando iba a por el cuarto, la aparté empujándola por los hombros.

—¡Eh!
—¿Qué?
—Aparta las manos. No hay ninguna razón para que me quites la blusa, ¿no?

Quité la mano de Miyagi de mi blusa y me volví a abrochar. Aunque probablemente no tenía intención de quitármela.

Hacia la mitad de nuestro juego, parecía que todo esto se había convertido en una prueba de resistencia. A estas alturas, solo estábamos jugando a ver quién se tiraba para atrás antes. Al fin y al cabo, ambas sabíamos que había ciertas líneas que no podíamos cruzar.

—Pensé que había una posibilidad de que hubieras escondido la goma ahí.
—Eso es imposible. Además, hacer algo así va contra las reglas.
—Bueno, acordamos que tener sexo iba contra las reglas, pero nunca dijimos nada de quitarte la ropa, ¿no?
—Vale, en ese caso, hagámoslo una regla ahora mismo.
—Mira, solo era una broma. Nunca tuve intención de quitártela de verdad.

Lo sé.

Ya había entendido que supuestamente todo esto era una broma. Lo que acababa de hacer era todo parte del juego, y simplemente estaba poniendo a prueba mis límites hasta que la obligara a parar. Pero aun así, este tipo de bromas no tenían mucha gracia.

—Ya sabes dónde está escondida, ¿no? —pregunté mientras le pisaba el pie a Miyagi.

Puso la mano sobre el bolsillo derecho de mi chaqueta.

—¿Aquí?
—Guau, has acertado. Vale, el juego se ha acabado.

Remarqué la última parte antes de que Miyagi pudiera tener la oportunidad de sugerir jugar una segunda ronda.

—Eres una salida, Miyagi.

Le lancé una queja mientras me arreglaba la corbata y me sentaba en su cama.

—Bueno, ¿alguna orden más?
—No.

Dijo Miyagi con tono aburrido mientras se llevaba el vaso de refresco a la boca. Volvió a dejar el vaso vacío en la mesa mientras se apoyaba contra la cama como si fuera un respaldo. No podía verle la cara desde aquí. Tampoco estaba segura de qué se le pasaba por la cabeza ahora mismo.

El uniforme de Miyagi me rozó la pierna. Sintiendo un poco de cosquillas por su chaqueta, empecé a darle golpecitos en el hombro con el pie.


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