Capítulo 32
Pasa algo raro. Definitivamente, algo va mal.
Dejé de llamar a la puerta de Miyagi. Aunque siguiera insistiendo, de todas formas no iba a salir, y no quería dar la nota con los vecinos. Pero no estaba contenta con esta situación.
O sea, Miyagi estaba actuando demasiado rara.
Para empezar, ¿por qué me había echado de su habitación? Yo ni siquiera había hecho nada. En todo caso, fue Miyagi la que estuvo a punto de hacer «algo». Si alguien tenía derecho a quejarse de ese «algo», debería haber sido yo. Y encima, la que estaba de mal humor era ella, vete tú a saber por qué.
Algo parecido ya había pasado antes.
Le di la espalda a su puerta mientras recordaba el momento en el que habíamos empezado el curso.
Mientras miraba la ciudad desde el sexto piso, todo lo que podía ver eran gente y coches; las vistas dejaban bastante que desear. El edificio de apartamentos de lujo parecía priorizar la comodidad antes que tener buenas vistas.
Todo parecía tan aburrido. Las vistas. Miyagi. Simplemente... todo.
Respiré hondo y me fui hacia el ascensor. Normalmente, Miyagi bajaba conmigo, pero hoy estaba sola. Salí por la entrada del edificio y caminé por las calles poco iluminadas.
Al menos, no parecía que Miyagi me odiara ni nada por el estilo. Aunque no éramos exactamente amigas —y mucho menos estábamos liadas—, sí que notaba cierto afecto por su parte, así que su decisión de echarme me parecía extraña.
—Venga ya... Ahora parece que la que ha hecho algo mal soy yo.
Fue Miyagi la que me ordenó cerrar los ojos. Fue ella la que intentó besarme. Y aun así, paró en seco y me mandó a casa, como si pudiera decidirlo ella sola. Dejar las cosas a medias y echarme sin dar ni media explicación no es la mejor estrategia para mantener mi obediencia.
...... Bueno, no, eso no era del todo cierto.
Miyagi no me había obligado a obedecerla. Fui yo la que la empujó a darme la orden.
¿Qué pasaría si dejara que Miyagi me besara?
Quería saber la respuesta, así que había hecho que me diera la orden. Pero fue Miyagi la que decidió qué hacer exactamente. Al final, ella era la que tenía la última palabra, así que lo justo era que asumiera la responsabilidad de lo que había pasado.
Me da igual si parece que lo estoy pagando con ella; fue mucho peor que lo cortara todo en seco de esa manera.
Aceleré el paso.
Volví a casa tan rápido que casi me quedé sin aliento. Subí a mi habitación y me encerré. Aunque tenía un poco de hambre, no fui capaz de sacar apetito para cenar. Me cambié el uniforme por ropa más cómoda antes de sacar el monedero del bolso.
—Aunque intente devolvérselo, no lo va a aceptar.
No creía que lo que había hecho hoy valiera 5.000 yenes. Me habría gustado devolverle el dinero, pero conociendo a Miyagi, se habría negado en rotundo. Y eso por no hablar de que ni siquiera sabía si quería volver a saber nada de mí.
Metí el billete de 5.000 yenes en mi hucha y luego la levanté.
No sabía si pesaba más o no, pero el total había subido otros 5.000 yenes. En todo caso, ese dinero que acababa de meter se sentía más bien como un peso en la conciencia.
—Eres idiota, Miyagi...
Le solté la queja a la hucha mientras me tiraba en la cama.
Siempre que pasaba algo así, a Miyagi le daba por poner distancia. Fue lo mismo que pasó después de que me tirara la bebida por encima antes de las vacaciones de primavera. Huyó de mí y cortó el contacto.
A veces se dejaba llevar por un impulso y hacía alguna locura, pero cuando tocaba dar la cara, prefería esconderse. Esa era su forma de “solucionar” sus problemas.
—Vas a hacer lo mismo otra vez, ¿verdad?
Al final, mi predicción se cumplió, y no supe nada de Miyagi en los siguientes cuatro días.
Me quedé mirando la pantalla del móvil después de las clases.
Cualquiera diría que solo habían pasado cuatro días, pero con todo lo que había pasado entre Miyagi y yo, se me habían hecho eternos. Aunque ya habíamos estado tiempo sin vernos otras veces, me daba la sensación de que pasarían una o dos semanas más antes de volver a saber de ella.
Ese día, Miyagi, que jamás se había disculpado conmigo, me había pedido perdón. No estaba segura de por qué le dio por hacerlo, pero fuera lo que fuera, parecía ser la razón por la que me estaba evitando.
Guardé el móvil en el bolso y me acerqué a la mesa de Umina. Ella y Mariko estaban hablando súper animadas sobre sus planes para después de clase. En cuanto me acerqué, me contaron lo que habían decidido.
—Estaba hablando con Mariko sobre qué hacer, ¿te hace ir a los sitios de siempre?
—Lo siento, tengo academia, así que no puedo ir. Pero invitadme la próxima vez.
—¿Queeeé? ¿No puedes, en plan, saltártela de vez en cuando?
—Sería un marrón increíble si mis padres se enteraran.
—Venga ya, déjalos que se enfaden.
Mariko respaldó la irresponsable sugerencia de Umina con un casual: «Sí, exacto».
—Lo siento. Os invitaré a algo la próxima vez.
Las tres fuimos hacia las taquillas mientras les iba proponiendo cosas a las que invitarlas. Nos cambiamos los zapatos, caminamos hasta la entrada principal y nos despedimos. En cuanto las perdí de vista, tomé un camino distinto al de la academia.
Nunca antes me la había saltado, pero hoy no tenía planes de ir. Me sentía un poco mal por Umina y las demás, pero había otra cosa que necesitaba hacer.
Mi destino era el apartamento de Miyagi.
Caminé a paso ligero por un camino que ya me había acostumbrado a recorrer. Ya que había llegado hasta allí, solo me quedaba una cosa por hacer.
Llamé a Miyagi al telefonillo de la entrada del edificio. Pero no hubo respuesta.
—Bueno, estaba claro que no iba a contestar.
Una vez. Dos veces. Y luego una tercera. La llamé continuamente al telefonillo, pero la voz de Miyagi nunca contestó. Bueno, supongo que me lo tendría que haber esperado.
Saqué el móvil y le envié un mensaje a Miyagi.
Yo nunca era la que organizaba nuestras quedadas, pero esta era la segunda vez que tomaba la iniciativa de escribirle. Las dos veces fueron para conseguir que me respondiera.
«Miyagi, contesta al telefonillo».
«Sé que estás ahí».
«No me ignores. Déjame entrar».
Me estaba dejando algunos mensajes en visto, pero no se dignaba a contestar a ninguno. Molesta por su falta de educación, seguí insistiendo con el telefonillo.
Algo parecido había pasado a principio de curso, cuando nos cambiaron de clase. Aquella vez acabó dejándome entrar, pero hoy no cogía el telefonillo ni respondía a los mensajes.
Me estaba cabreando.
Mucho.
Por primera vez en la vida, decidí llamarla por teléfono. Aunque ya me lo esperaba, el teléfono se quedó dando tono y tampoco conseguí escuchar la voz de Miyagi.
«Coge el teléfono».
Mis mensajes dejaron de marcarse como «leído».
—¿Cómo puedes esconderte así? ¿Eres una cría o qué?
Los exámenes parciales se acercaban.
No era el momento de quedarme aquí plantada, acribillando a Miyagi a mensajes. Pero si no arreglábamos esto, dudaba mucho que fuera capaz de concentrarme. A estas alturas, sentía que nada de lo que estudiara se me iba a quedar en la cabeza.
Si estaba hecha un desastre ahora mismo, la culpa era única y exclusivamente de Miyagi. Tenía las emociones revueltas, inestables, como si tuviera un mareo constante.
Decidí salir del edificio y volver a casa.
Tampoco es que fuera para tanto. A ver, para empezar, tampoco me importaba mucho si lo mío con Miyagi se acababa aquí. Vale que era una pena, teniendo en cuenta que el trato debía durar hasta la graduación, pero tampoco pasaba nada si terminaba un poco antes.
De acuerdo, quizá perdía el único sitio donde podía estar cómoda siendo yo misma, pero seguro que acababa encontrando otro lugar igual en el futuro. Pero no pensaba dejar que la cosa terminara así, a medias y de mala manera, sobre todo después de lo que había pasado.
No sé muy bien cómo hice el camino de vuelta, pero llegué a casa. Supongo que fui por donde siempre, en piloto automático.
Salvo que Miyagi me estaba ignorando, mi vida seguía exactamente igual.
Al entrar en mi habitación, miré el escritorio.
Solo necesitaba una excusa.
Metí la goma que le había quitado a Miyagi en el estuche.
Capítulo 33
El profesor hablaba por los codos, hasta el punto de que empezaba a pensar que lo hacía aposta. Después de lo que pareció una eternidad, por fin sonó el timbre.
Cerré el libro y el cuaderno y saqué cierta goma de borrar del estuche. Daba golpecitos con el pie en el suelo con impaciencia, metiéndole prisa mentalmente al profesor para que se fuera.
Venga, espabila de una vez.
Lo estaba fulminando tanto con la mirada que parecía que le iba a hacer un agujero en la cabeza. Después de repartir los deberes de hoy y explicar la tarea, por fin salió de clase.
Recogí mi mesa a toda velocidad y fui al sitio de Umina.
—Lo siento, id empezando a comer sin mí. Tengo que ocuparme de una cosa antes.
La hora de comer era un poco más larga que el recreo, pero al pensar en lo que tenía que hacer, me pareció cortísima.
—Vale, ¿pero a dónde vas?
—Nada, solo tengo que pasarme por la clase de al lado.
Dije antes de salir del aula.
Caminé por el pasillo con cierta goma de borrar en la mano. Estaba a punto de devolvérsela a su dueña.
La clase 1 estaba a dos pasos por el pasillo. En cuanto llegué a la puerta, una chica que estaba cerca vino hacia mí. Intercambiamos sonrisas y, después de explicarle el motivo de mi visita, se dio la vuelta y llamó a Miyagi.
—¡Miyagi-saaan!
—¿Qué pasa?
Respondió Miyagi. Su voz venía de algún lugar por la penúltima fila de mesas.
Miyagi, que estaba sentada con sus amigas, tenía cara de perplejidad. La chica que la llamó por mí añadió: «Tu amiga ha venido a verte», lo cual pareció echar más leña al fuego.
Miyagi puso mala cara en cuanto oyó esas palabras. Pero solo duró un segundo. Como era de esperar, no me iba a montar un pollo en medio del instituto. Por mucho que pensara que sería digno de ver, Miyagi parecía decidida a mantener la compostura. Mientras tanto, sus amigas parecían sorprendidas de que me hubieran llamado su «amiga». Tras un breve intercambio con ellas, Miyagi por fin se acercó a mí con una expresión ambigua en la cara.
—...... Estamos en el instituto, ¿sabes? —dijo Miyagi con tono de desagrado y el ceño fruncido.
—Soy consciente.
—Vale, pues no me hables. ¿No era esa una de nuestras reglas?
Me soltó, con una voz que llena de puro descontento. Sin embargo, parecía ser consciente de que otros podían oír nuestra conversación, así que habló en voz baja, asegurándose de que solo yo pudiera oírla.
—Mira, me encontré esto en el bolsillo. Solo quería devolvérselo a su dueña, así que no es tan raro que venga a buscarte en el insti, ¿no?
Le enseñé a Miyagi la goma que tenía en la mano.
—Tú...
—«No hace falta que me la devuelvas. Puedes quedártela». ¿Era eso lo que ibas a decir?
Miyagi se calló cuando le quité las palabras de la boca.
O sea, claro que sabía lo que iba a decir. Miyagi y yo ya habíamos pasado suficiente tiempo juntas como para entender eso de ella.
—Estoy dispuesta a quedármela, pero antes, tenemos que hablar.
Me metí la goma en el bolsillo de la falda y agarré a Miyagi del brazo.
—¿Eh? Espera, qué haces...
—Aquí estamos dando la nota. Ven conmigo.
Para ser sincera, probablemente ya habíamos llamado bastante la atención. Pero ir a otro sitio era mucho mejor que quedarse ahí paradas hablando en la puerta de una clase.
Arrastré a Miyagi conmigo mientras caminaba.
Como era la hora de comer, había mucha gente en los pasillos, así que tirar de Miyagi de la mano probablemente estaba llamando aún más la atención que antes. Parecía que Miyagi también se había dado cuenta, así que se soltó de un tirón y empezó a andar sola. Probablemente sabía que si intentaba huir, yo iría detrás de ella otra vez, así que me siguió en silencio sin rechistar.
Llegamos al final del edificio antiguo y metí a la inusualmente dócil Miyagi en la sala de preparación de música. A medida que entrábamos, nos vimos rodeadas de un montón de instrumentos; algunos me sonaban y otros no los había visto en mi vida.
—¿Por qué me has traído aquí? Estaba en mitad de la comida, ¿sabes?
Ahora que estábamos en una sala que la gente rara vez visitaba en los recreos, Miyagi dejó de disimular su cara de vinagre. Se notaba que estaba molesta porque ya le había oído ese tono grave en otras ocasiones.
—Bueno, si no te traía aquí, no me habrías hablado. Habrías salido huyendo otra vez.
Me apoyé en la estantería donde se guardaban algunos instrumentos y agarré a Miyagi del brazo otra vez.
Miyagi, con una expresión sin pizca de amabilidad, no hizo amago de resistirse. En lugar de eso, se quedó parada frente a mí en silencio, con mi brazo agarrándola.
—Pensaba que habíamos prometido no hablarnos en el instituto.
—En realidad, fuiste tú la que dijo que no hablarías conmigo en el instituto, y que solo te comunicarías por el móvil. Pero yo nunca dije que haría lo mismo.
Siendo sincera, no creo que mi argumento se sostuviera por ningún lado. Acepté las reglas que puso Miyagi el año pasado bajo la idea de que se aplicaban a mí también, así que técnicamente, Miyagi tenía razón aquí. Sin embargo, necesitaba algo para tirarme el farol y salir del paso.
Tenía algo que preguntarle a Miyagi, y también había cosas que quería decirle.
—...... Bueno, aunque así fuera, no tengo nada que decirte.
Dijo Miyagi, pareciendo dispuesta a dejar pasar mi farol, pero me lanzó una mirada de rencor a cambio.
—Puede que tú no, pero yo sí.
—Vale, pues cuéntamelo la próxima vez que vengas a casa.
—Nunca me llamas cuando pasan cosas así. Es casi como si te diera igual que se acabe de esta manera.
—Te contactaré.
—¿Cuándo?
—...... Pronto.
Miyagi habló con un tono de duda. Sus palabras no parecían transmitir ninguna intención real de contactarme.
Sí, tal y como pensaba, tengo que sacarle las respuestas aquí y ahora. Si la suelto ahora, Miyagi podría cortar por lo sano de verdad.
Apreté más la mano con la que le agarraba el brazo.
—Tengo que preguntarte algo. Solo contéstame.
Sin esperar a su respuesta, continué.
—¿Por qué me echaste?
Mi voz resonó en la sala de preparación. Miyagi se quedó quieta y en silencio. Los instrumentos nuevos, aunque parecían fuera de lugar en aquella sala tan vieja, no aliviarían la tensión que había entre nosotras.
—Contéstame.
Cuando le tiré del brazo, Miyagi dio un paso atrás, como dando a entender que no tenía intención de responder a mi pregunta.
—No puedes darme órdenes.
—Ah, no, puedo hacer lo que quiera. Esto no es tu casa, Miyagi.
Miyagi solo podía dar órdenes cuando estábamos en su casa. Básicamente estaba comprando el derecho a mandarme por el precio de 5.000 yenes. Esa era una regla que establecimos juntas, pero no se aplicaba en el instituto.
—Terminamos lo que teníamos que hacer y no quedaba nada pendiente, así que dejé que te fueras a casa. No te eché.
Dijo Miyagi, sonando como si se hubiera rendido. Siguió con un «Entonces, ¿hemos terminado aquí?» mientras intentaba soltarse la mano. Sin embargo, no iba a dejarla ir tan fácilmente.
—¿A eso lo llamas tú «terminar lo que teníamos que hacer»?
—Te ordené que cerraras los ojos, y eso es exactamente lo que hiciste. Eso era todo lo que quería de ti, así que no quedaba nada más que hacer.
—¿De verdad era eso todo lo que pretendías con esa orden?
—¿No es lo que acabo de decir?
—La verdad, era como si quisieras hacerme algo. ¿Entonces te parece bien cómo acabaron las cosas?
Nunca me he considerado una persona particularmente honesta, pero siempre que estaba con Miyagi, era aún más consciente de ello. Especialmente ahora. Aunque fui yo la que la animé a hacerme ese «algo», ahora me veía presionando a Miyagi para que me diera respuestas.
Pero las cosas no estaban saliendo tan bien como esperaba.
—Eso son imaginaciones tuyas, Sendai-san.
Miyagi pasó de darme una respuesta de verdad y consiguió soltarse el brazo. Mientras me daba la espalda e intentaba salir de la sala de música, empecé a sentirme un poco inquieta.
—Ah, sí. Miyagi, ¿has empezado a estudiar para los exámenes ya?
La llamé, preguntando lo primero que se me vino a la cabeza. Miyagi se dio la vuelta y me miró, con una expresión dudosa en la cara.
—¿A qué viene eso tan de repente?
—Verás, es que yo todavía no he empezado, y es culpa tuya que no avance nada, así que más te vale asumir tu responsabilidad.
—No entiendo qué quieres decir.
—¿Llevas el móvil encima ahora mismo?
—¿De verdad tengo que responder a eso?
—Solo te estoy haciendo una pregunta sencilla de sí o no.
—...... Me lo he dejado en clase.
—Más te vale llamarme hoy.
No pensaba enviarle un mensaje yo primero. Al fin y al cabo eso debe hacerlo Miyagi. Por supuesto, hoy tampoco habría excepción. No estaba de humor para ir de buenas ni ponérselo fácil.
—¿Y si digo que no quiero? —preguntó Miyagi con cara de fastidio.
Parecía que su único objetivo ahora mismo era volver a clase, y eso me irritaba.
—Me da igual si no quieres. Mejor que lo hagas. Ah, y antes de que se me olvide, deja que te devuelva la goma.
Me acerqué a Miyagi mirándola fijamente a los ojos. Luego, la agarré por la muñeca y le metí la goma en la mano a la fuerza.
—No la necesito. Puedes quedártela.
—Bien, entonces la cogeré la próxima vez que vaya a tu casa.
Después de colocarle la goma en la mano, salí disparada de la sala de música, dejando a Miyagi atrás.
Cuando volví a mi clase, ya no me quedaba tiempo para comer, así que me preparé para la siguiente asignatura. Me metí un caramelo en la boca para mantener el estómago vacío ocupado un rato.
Después de aguantar unas cuantas clases más, la jornada escolar llegó a su fin.
Cuando miré el móvil, vi que tenía un mensaje de Miyagi.
Capítulo 34
No me había dado prisa.
Y aun así, por alguna razón, llegué antes de lo habitual.
Después de respirar hondo, abrí la puerta y me encontré a Miyagi esperándome. Antes de que pudiera cerrar la puerta, intentó darme un billete de 5.000 yenes.
—No lo quiero. He sido yo quien te ha obligado a llamarme hoy.
Normalmente, aceptaba el billete sin rechistar. Ese era el trato que teníamos, y algo a lo que me había acostumbrado. Sin embargo, hoy aparté el billete y me quité los zapatos. Intenté ir hacia la habitación de Miyagi, pero la dueña del cuarto me bloqueó el paso, impidiéndome pasar.
—No te he llamado porque tú me lo hayas dicho. Lo he hecho porque he querido, así que voy a pagarte igual.
Aunque ahora estábamos en su casa, el humor de Miyagi seguía pareciendo agrio. Tenía esa expresión de aburrimiento en la cara, como solía tener a menudo.
—¿Vas a ordenarme que haga algo hoy?
—...... Sí.
Dijo Miyagi en voz baja mientras me extendía el billete de 5.000 yenes otra vez.
Lo miraras por donde lo miraras, estaba claro que no tenía ningún plan en mente. Pero sería un problema si volvíamos a discutir y me echaba otra vez.
—Vale, está bien.
Después de cogerle los 5.000 yenes, me guardé el billete en el monedero. Miyagi, que había estado bloqueando el pasillo, dijo: «Te traeré un té», y se fue hacia la cocina.
Sin esperar a Miyagi, fui a su habitación y dejé la bolsa en el suelo. Después de aflojarme la corbata y desabrocharme la blusa, me senté en el suelo, apoyando la espalda contra su cama.
Había estado en casa de Miyagi muchas veces antes, pero hoy era la primera vez que me sentía así de inquieta. No tenía ganas de leer manga, y tumbarme en su cama a esperarla tampoco me apetecía.
Para ser sincera, Miyagi no era la única que no tenía un plan.
Había venido con una determinación firme, insatisfecha con los esfuerzos de Miyagi por borrar no solo nuestros recuerdos en esta habitación, sino toda nuestra conexión, como si estuviera usando una goma para borrarlo todo. Y aun así, me costaba encontrar las palabras adecuadas. Aunque hacía menos de un año que empecé a relacionarme con Miyagi, hoy parecía que era el día en que estaba más insegura sobre qué decir.
Mientras soltaba un suspiro profundo, Miyagi entró en la habitación con una bandeja que llevaba dos vasos y un plato pequeño que nunca había visto antes.
—Toma, cómete esto —dijo secamente, dejando el platito sobre la mesa.
—¿Un bizcocho castella?
Qué raro.
Hacía tiempo que no veía un bizcocho castella, pero lo más raro era que en esta habitación me sirvieran comida. Normalmente, aquí Miyagi solo traía té y refrescos.
—No has comido hoy, ¿no? Sinceramente, creo que tienes lo que te mereces.
—¿Ah, sí? Parece que alguien está siendo amable conmigo hoy.
—Son solo sobras. Pensé que sería un desperdicio tirarlo...... Pero si no te lo vas a comer, me desharé de él.
Dijo Miyagi mientras se sentaba en la cama sin probar bocado del bizcocho.
—No, me lo comeré.
No estaba segura de si los bizcochos castella se comían tradicionalmente con tenedor, pero como había uno al lado del plato, decidí usarlo para llevarme a la boca el exquisito postre de color huevo.
Estaba extremadamente blando y dulce. La textura crujiente del azúcar caramelizado en la base también estaba deliciosa, invitándome a dar otro bocado. Me tragué un trozo y di un sorbo al té de cebada.
Era tal y como decía Miyagi: me había quedado sin comer hoy.
Rechacé la invitación de Umina para quedar después de clase y vine aquí directa sin dar rodeos, así que no había tenido oportunidad de comer nada. Pero a Miyagi le debería haber pasado lo mismo.
—¿Tú no vas a comer nada?
—Ya he comido.
Dijo Miyagi, aunque a saber si era verdad. Balanceaba las piernas por inercia, con esa cara de aburrimiento de siempre. Daba la impresión de no tener nada que hacer y de que solo quería matar el tiempo, pero en el fondo se la notaba inquieta.
Aunque era de mala educación, le di un toquecito en la pierna con el tenedor desde cierta distancia.
—Ay.
Dejó de balancear las piernas y me fulminó con la mirada.
—¿Quieres que te lama?
—No hace falta. Además, soy yo la que decide qué orden darte.
Miyagi, ahora recelosa de mí, subió las piernas a la cama y se abrazó las rodillas.
—No me hables más en el instituto.
—¿Es una orden?
Miyagi no contestó. En su lugar, se quedó callada y apartó la mirada de mí.
Extendí la mano y pellizqué el dobladillo de la falda de Miyagi mientras me acercaba a ella. Pero me apartó la mano rápidamente de un manotazo.
—Hoy lo he pasado mal por tu culpa, Sendai-san —dijo Miyagi en voz baja sin responder a mi pregunta anterior. Continuó con—: Cuando viniste a mi clase, Maika y Ami no pararon de hacerme un montón de preguntas. Incluso después de volver, tenían muchísima curiosidad por saber qué asunto tenías conmigo, así que fue un poco coñazo lidiar con ellas.
—¿Qué les dijiste?
—Les dije que me estabas pidiendo dinero.
—...... ¿En serio?
—No. Les dije que viniste a avisarme de que un profesor me estaba buscando, y que fui directa a la sala de profesores después. Pero no parecieron creerme.
Bueno, claro que no.
Desde su punto de vista, yo era alguien que nunca antes se había relacionado con ella. Para ellas, debió parecer que salí de la nada y me la llevé a algún sitio, así que era natural que tuvieran curiosidad. En todo caso, habría sido más raro si no estuvieran interesadas.
—Fue un rollo aguantarlas, así que no vengas a buscarme más al instituto —dijo Miyagi mientras se bajaba de la cama y se sentaba a cierta distancia de mí.
—¿No te estás sentando un poco lejos?
—Si no lo hago sé que vas a hacer algo raro otra vez, Sendai-san.
—No, no lo haré. En todo caso, eres tú la que siempre está haciendo cosas raras.
Dije en un intento de defenderme.
Además, las cosas raras solo pasaban si me ordenaban que las hiciera. Mientras Miyagi no me diera ninguna orden rara, no habría razón para que pasaran, así que estaba mal echarme la culpa a mí. Dicho esto, ella parecía pensar diferente.
—Tú eres la menos indicada para hablar, Sendai-san. Si hace un momento estabas intentando levantarme la falda.
—Solo he tirado un poquito. Hay que ver, siempre tienes que tener la última palabra, ¿eh?
—Es porque dices cosas que no puedo dejar pasar. Por cierto, ¿qué te pasa hoy? ¿Por qué hablas tanto?
Era verdad que estaba hablando mucho más de lo habitual.
Aunque normalmente estaba a gusto en su habitación, hoy, por lo que fuera, no terminaba de relajarme. No paraba de hablar, como si así pudiera disimular lo incómoda que estaba. Era como haber vuelto al principio, a esos días en los que aún no me acostumbraba a estar allí y sentía la necesidad de rellenar el silencio a toda costa.
Pero yo no era la única a la que le pasaba.
—Eso debería decirlo yo. Tú también estás hablando mucho más de lo habitual, Miyagi.
Era raro oír a Miyagi hablar de lo que le había pasado en el instituto sin que le preguntaran. Normalmente nunca me daba nada de comer en su habitación, y casi nunca me prestaba atención. Pero hoy era diferente. No había otra palabra para describirlo.
—No, no es verdad.
Soltó Miyagi mientras acercaba la mochila de un tirón. Sacó algo de dentro y me lo plantó delante.
—Has venido a por esto, ¿no? Ya te lo dije en el instituto: quédatela.
Dijo, sin ocultar su irritación.
Me quedé mirando la mano que me tendía. Tenía la goma que le había devuelto antes. Pero en vez de coger la goma, le agarré la muñeca.
Miyagi se quedó de piedra, pero yo acerqué los labios a los dedos con los que sujetaba la goma y empecé a lamerlos.
Los tenía un poco fríos, y no sabían ni a sangre ni a patatas fritas. Mientras mi lengua le envolvía los dedos, la goma se cayó al suelo.
Miyagi retiró la mano, restregándola contra mi mejilla para apartarse.
—Deja de hacer esas cosas.
Se soltó de mi agarre de una sacudida y me empujó la frente hacia atrás.
—Es que no me das ninguna orden.
—Y si te ordeno que te vayas a casa ahora mismo, ¿me harías caso?
—Sí, si eso es lo que quieres.
Las reglas que se nos ocurrieron eran absolutas, y tenía intención de seguirlas. Pero sabía que Miyagi nunca me daría esa orden. Si de verdad quisiera que me fuera a casa, me habría echado como la última vez, en lugar de andar con preguntas hipotéticas.
—...... Eso no es justo —soltó Miyagi por lo bajo.
—¿Llamas injusto a eso? Deberías decirme lo que de verdad quieres que haga.
—No quiero nada de ti.
—Vale, pues entonces te devuelvo el dinero.
—No lo necesito.
—Bueno, en ese caso, ordéname que haga algo. ¿No es eso parte de nuestro trato?
Las dos éramos diferentes en muchas cosas, pero también nos parecíamos en algunas cosas.
No era muy fan del término «jerarquía escolar», pero si tuviera que categorizar las cosas así, diría que yo rondaba la cima. Más específicamente, probablemente pertenecía a la parte baja de los rangos superiores.
Miyagi no estaba exactamente en el fondo, pero tampoco estaba cerca de la cima. Yo estaba haciendo todo lo que podía para evitar caer de la cima, mientras que Miyagi se mantenía firme en su terreno para evitar descender al fondo. Nuestra falta de compromiso total nos hacía parecidas.
Además, las dos nos veníamos bien la una a la otra. Miyagi me daba un sitio para relajarme lejos de casa, y yo hacía lo que Miyagi quería que hiciera.
Así que no era tan raro que estuviéramos interesadas la una en la otra.
—— Apreté los puños.
Sabía que no estaba siendo muy honesta conmigo misma.
En el fondo, ya sabía la respuesta. No paraba de buscar excusas para justificarme, pero la verdad era simple. Solo quería besar a Miyagi y ver qué pasaba después. Aquí y ahora.
—Ya sabes lo que quieres que haga, ¿verdad?
Eliminé la distancia entre nosotras.
Al hacerlo, me dio una orden más clara que la última vez.
—Sendai-san, quiero que lo hagas tú.
—¿Hacer el qué?
—...... Bésame.
¿Qué debería hacer?
La decisión final estaba en mis manos. Pero como no tenía derecho a negarme ante una orden, solo me quedaba una opción.
Me incliné hacia ella y le peiné el pelo con los dedos. Su melena, negra y sedosa, le caía justo por debajo de los hombros. Le puse la mano en la mejilla y acerqué lentamente su cara a la mía.
Pero, por lo que fuera, Miyagi no apartaba la mirada
—Cierra los ojos.
—Cállate, Sendai-san. Los cerraré cuando yo quiera.
Se podría decir que, al no ser ni amigas ni estar liadas, no hacía falta crear ningún tipo de ambiente, pero la cosa estaba rara. Aunque también se podría decir que, simplemente, Miyagi estaba siendo Miyagi.
Como no podía cambiar la situación, dejé en sus manos decidir cuándo cerrar los ojos y me incliné hacia ella. Mientras acortaba las distancias, justo cuando la incomodidad empezaba a pesar, Miyagi cerró los ojos, como si evitara mi mirada a propósito.
Esa parte de ella me pareció mona.
Quería mirarla un poco más, pero pronto cerré los ojos yo también. Entonces, mis labios tocaron los suyos.
Mi corazón no pareció acelerarse. Pero estaba nerviosa sin duda. Fui extremadamente consciente de la sensación de sus labios. Se sentían suaves y cálidos.
No sabía si estaba conteniendo la respiración o no, pero ahora mismo, me sentía increíblemente cerca de Miyagi.
Nuestros labios se separaron.
No me supo a nada. Aunque claro, habría sido otra historia si el beso hubiera sido lo bastante intenso como para dejar regusto.
Miré a Miyagi, pero ella no me miraba a los ojos.
Quiero hacerlo otra vez.
Pensé, mientras intentaba acortar la distancia entre nosotras una vez más.
Cuando le puse las manos en los hombros e intenté acercar su cara a la mía, me empujó.
—¿Estás intentando hacerlo otra vez o qué? —dijo, sonando disgustada.
—Me has dicho que lo hiciera, ¿no?
—No dije que pudieras hacerlo dos veces.
—Qué rancia eres, Miyagi.
Me quejé mientras le acariciaba el cuello con la mano.
Su temperatura corporal parecía más alta de lo habitual.
—Oye, ordéname que lo haga otra vez.
Miyagi tenía el ceño fruncido descaradamente. Pero tras una breve pausa, dijo algo en voz baja.
—Hazlo otra vez.
Me incliné hacia el origen de su voz, eliminando la distancia una vez más.
El espacio que nos separaba se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos, y nos dimos el segundo beso.
No me había dado cuenta la primera vez, pero aquello se sentía realmente bien.
Una oleada de calor se extendió desde el punto donde nos tocábamos. Como si se me hubiera activado un interruptor por dentro, dirigí la lengua hacia sus labios. Nuestro calor corporal se mezcló con mucha más intensidad que cuando solo nos tocábamos los dedos, difuminando los límites que nos separaban.
Los labios de Miyagi se entreabrieron ligeramente y dejó escapar un suspiro. Escuchar su respiración débil y agitada hizo que me hormiguearan los oídos.
Miyagi se aferraba a mi chaleco.
Más. Quería más.
Quería explorar el interior de la boca de Miyagi.
Separé los labios ligeramente e intenté colar la lengua en su boca, pero fui rechazada. Me mordió el labio en señal de protesta y luego me empujó.
—No dije que pudieras llegar tan lejos.
—Un beso es un beso, ¿no?
—De todas formas, ya es suficiente.
Dijo Miyagi con tono cortante mientras se apartaba un poco de mí.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó Miyagi, tirándome una caja de pañuelos con una funda de cocodrilo, mientras evitaba el contacto visual.
—¿Qué quieres decir?
—¿Esto no va a hacer que las cosas sean raras entre nosotras?
Bueno, supongo que tenía razón. No éramos amigas, y mucho menos estábamos liadas. No sería raro sentirse incómoda por besar a alguien que no era ninguna de esas cosas.
Personalmente, no creía que importara. Un par de besos no iban a ablandar la actitud de Miyagi hacia mí ni nada por el estilo.
Seguro que sigue soltándome quejas, una tras otra, con esas palabras tan afiladas y bordes que tiene. De hecho, creo que me daría hasta mal rollo si de repente empezara a ser simpática conmigo. Aunque las cosas cambien con el tiempo, de momento prefería dejarlo todo como estaba.
—¿Cómo puedes ser tan lista y a la vez tan tonta, Sendai-san? —dijo Miyagi mientras soltaba un suspiro.
—Admito que puedo ser un poco tonta a veces, pero desde luego no soy lista.
Si fuera lista, sería capaz de cumplir las expectativas de mis padres. Habría ido a otro instituto y no me habría cruzado con Miyagi.
—De todas formas solo será raro al principio —dije, quitándole importancia a sus preocupaciones, mientras me dejaba caer en su cama.
Me parecía bien que Miyagi siguiera siendo tal y como era. También era mejor que las cosas entre nosotras siguieran igual.
—Oye, sigue llamándome a partir de ahora, ¿vale?
—Iba a hacerlo aunque no me lo dijeras. Deja de intentar darme órdenes.
Miyagi parecía molesta mientras se levantaba y cogía un par de mangas para leer. Cuando se volvió a sentar, dio un sorbo a su refresco.
Lo que aprendí al besar a Miyagi fue que me gustaba lo suficiente como para llegar a plantarme en su casa, hablar con ella en el instituto e incluso intentar darle órdenes. Sorprendentemente, estaba bastante pillada de ella.
Aunque claro, no tenía ninguna intención de decírselo.