Capítulo 41
Cuando miré por la ventana, me di cuenta de que estaba diluviando.
Había empezado a llover de repente, empapándolo todo a su paso: la gente, los coches, los árboles y la carretera. Técnicamente, la temporada de lluvias aún no había terminado de forma oficial, así que no era de extrañar que el pronóstico del tiempo hubiera fallado hoy. Pero la lluvia era especialmente intensa. Tal vez por eso, Sendai-san no vendría hoy.
Hasta ahora, no había habido ni un solo día en que no hubiera venido cuando la había llamado.
La lluvia arreciaba por momentos. Si hubiera sabido que iba a llover tanto, no habría avisado a Sendai-san. Mientras contemplaba la ciudad empapada, no pude evitar sentirme culpable por lo que había hecho. Pero si le decía que ya no viniera, no me haría ni caso, así que lo único que podía hacer era esperar a que llegara.
Si no recordaba mal, el año pasado por estas fechas la temporada de lluvias ya había terminado.
Aquel julio, me encontré con Sendai-san en una librería después de los exámenes, cuando ya no llovía. Ese era el recuerdo que conservaba. Mis notas en aquel entonces no fueron gran cosa, pero tampoco un desastre. Sin embargo, este año, gracias a que Sendai-san no ha dejado de ayudarme con los estudios, mis notas habían sido un poco mejores.
Pero no era bueno guardarse estos recuerdos en la cabeza.
Me tumbé en la cama y cerré los ojos. Cuando compartes experiencias con alguien, se convierten en recuerdos, y a medida que pasas más tiempo juntos, esos recuerdos se van acumulando. Con el tiempo, puede que algunos cobren importancia y se conviertan en ocasiones especiales, como los aniversarios.
Pero, si pasara algo, esas etiquetas se despegarían fácilmente, y todos los recuerdos felices con esa persona se transformarían en recuerdos amargos llenos de rencor. Al final, cuantos más recuerdos felices compartas con alguien, más recuerdos dolorosos te quedarán al terminar.
Me aliviaba no recordar la fecha exacta en la que Sendai-san y yo habíamos coincidido por primera vez en la librería. No quería ponerle demasiadas etiquetas. Pero, con el tiempo suficiente, las cosas cambian inevitablemente, aunque yo no quiera.
Igual que una madre cariñosa podía de repente abandonar a su hijo, las cosas que no deberían cambiar acababan haciéndolo.
――Un día, mi madre se fue de casa —me dejó atrás— sin decir una palabra.
No tenía ni idea de qué estaba pensando, y nunca me atreví a preguntarle a mi padre.
Quizá tuvieron una pelea y se dijeron de todo, pero por aquel entonces yo era solo una niña, así que mis recuerdos son borrosos. Por lo que sabía, mi madre simplemente se fue de casa un día y nunca volvió. Pero a medida que fui creciendo, comprendí que debía de haber un motivo para su marcha y empecé a imaginarme mil posibilidades. Aun así, eso no cambiaba el hecho de que una vez tuve recuerdos bonitos de mi madre.
Lo mismo ocurría con mi relación con Sendai-san.
Aunque hablaba mucho, nunca era capaz de saber qué se le pasaba por la cabeza. Si Sendai-san desapareciera de repente de mi vida, dudo que llegara a entender siquiera por qué.
Estábamos cambiando poco a poco. Lo ideal sería que nuestra relación se mantuviera igual que cuando nos conocimos. Pero a medida que pasábamos más tiempo juntas, nuestra relación evolucionaba hasta el punto de que ya no podíamos vernos como dos personas que no significaban nada la una para la otra.
Miré por la ventana desde la cama. Mi pelo se sentía un poco más pesado los días de lluvia.
«¿Le pasará lo mismo a Sendai-san?», pensé, suspirando al recordar sin querer la sensación de pasar mis dedos por su pelo.
Cogí el móvil que había dejado junto a la almohada. No había mensajes de ella. Tardaba mucho. Incluso teniendo en cuenta la lluvia, tardaba demasiado.
El sonido del repiqueteo de la lluvia llegaba hasta mi cuarto; quizá lo mejor sería decirle que no se forzara a venir hoy. Dudé un momento mientras miraba el nombre de Sendai-san escrito en la pantalla.
Pero, antes de que pudiera llamar, sonó el telefonillo. En lugar de ir al salón, respondí desde el teléfono que tengo conectado en mi habitación. Era Sendai-san. Le abrí rápido el portal y, a los tres minutos, sonó el timbre de la puerta. Cuando abrí para dejarla entrar, Sendai-san estaba allí fuera, empapada.
—¿No has traído paraguas?
—¿Tú qué crees? Perdona, ¿podrías dejame una toalla?
El pronóstico decía que hoy haría sol, así que no era raro que no hubiera traído paraguas. Sin embargo, parecía que Sendai-san no era de las que se fiara del tiempo, porque llevaba un paraguas pequeño en la mano derecha.
—Bueno, entra de momento —le dije, invitándola a pasar porque tenía la ropa chorreando.
—¿No voy a dejarte toda la casa perdida de agua?
Tenía razón. Si Sendai-san se había empapado así aun llevando paraguas, estaba lo bastante mojada como para encharcar el pasillo y el resto de la casa. Aun así, no podía dejarla ahí fuera.
—No pasa nada. Aunque se moje el suelo, ya lo limpiaré luego.
—A mí no me parece que no pase nada. Solo déjame una toalla.
—Te daré una toalla, pero también te dejaré algo de ropa. ¿Puedes quitarte el uniforme de momento?
—¿Quieres que me lo quite aquí mismo?
—Sip. Total, no hay nadie más, y no va a venir nadie a casa en un buen rato, así que no te preocupes. Además, tu ropa va a tardar en secarse, así que si entras po la casa, vas a mojarlo todo.
Con el uniforme tan empapado como lo tenía, su única opción era intentar secarse con una toalla. Si le preocupaba mojar mi casa, necesitaba un uniforme seco. Lo ideal habría sido encontrar una forma de mantenerse seca sin tener que cambiarse, pero ahora mismo no era viable. Aún así, por alguna razón, Sendai-san se puso cabezota.
—No sé yo si me convence eso de desnudarme en la entrada.
—Bueno, si tanto te preocupa mojar mi casa, entonces tienes que quitarte la ropa.
—Dame una toalla y ya —insistió Sendai-san.
No piensa quitarse el uniforme ni loca, ¿eh?
En parte la entendía. Estaba en casa de otra persona y, si yo estuviera en su lugar, tampoco querría hacerlo.
—Vale, espera un momento. Voy a por una.
Fui a mi cuarto. Al principio saqué una toalla de mano del cajón, pero enseguida cambié de idea. Cogí una toalla de baño y volví a la entrada, donde vi que Sendai-san estaba empezando a deshacerse la trenza que solía llevar. Su pelo húmedo le caía lentamente sobre los hombros.
Ya la había visto así varias veces, normalmente después de clase de gimnasia. Pero ahora que estábamos en clases separadas era diferente. Y tampoco la había visto nunca así en mi casa.
Ahora que tenía tiempo de mirarla de cerca, me fijé en que la blusa mojada se le pegaba al cuerpo, dejando su ropa interior algo a la vista. Como hacía tiempo que no veía así a Sendai-san —sumado a que de repente fui consciente de su aspecto actual—, el corazón me empezó a ir a mil. Le tendí rápido la toalla que había traído.
—Toma.
—Gracias —dijo Sendai-san mientras empezaba a secarse el pelo.
—¿Qué vas a hacer con el uniforme?
—Intentaré secarlo con la toalla también.
—Te voy a dejar ropa, así que quítatelo.
—¿Tantas ganas tienes de que me desnude?
—Sí. Si sigues así mucho más tiempo, vas a acabar pillando un resfriado.
Aunque estuviéramos en julio, al cuerpo humano le dan igual los meses cuando se trata de resfriarse. Empaparse y quedarse fría mucho tiempo podía hacer que te pusieras mala sin importar la estación. Sendai-san debería saberlo, pero parecía empeñada en no querer quitarse el uniforme.
—No te muevas.
Solté las palabras que ya había usado tantas veces y cogí la mano de Sendai-san.
—¿Es una orden?
—Sí, lo es.
Sendai-san obedeció y dejó de secarse el pelo al instante. Me quedé mirando su blusa mojada. El primer botón estaba desabrochado, como siempre. Pero el segundo no. Le quité la corbata y le desabroché el segundo botón.
—Hoy no he traído ropa de repuesto.
—Ya te he dicho que yo te dejo.
Me acordé del día que jugamos a buscar la goma de borrar. Recordé que ella había intentado introducir una regla para que ninguna de las dos se desnudara, aunque no estaba segura de si ese añadido se consideraba oficial o no.
Llegué lentamente al tercer botón.
Sendai-san no se resistió.
Incluso cuando mi mano se movió hacia el cuarto botón, no dijo nada.
Sabía que esto no significaba necesariamente que tuviera permiso para hacer lo que me diera la gana. Pero viendo cómo Sendai-san había seguido todas mis órdenes hasta ahora, me preguntaba hasta dónde podría forzarla.
Era como si me fuera a perdonar aunque la tratara como a un perro y la encadenara en esta habitación. Estaba empezando a creer que me perdonaría hasta por romper las reglas que pusimos.
... No, esto no está bien.
Ahora mismo, lo único que debería estar haciendo es ayudar a Sendai-san.
Solo quería asegurarme de que no se resfriara, no poner a prueba los límites de nuestra relación. Me estaba poniendo un poco nerviosa, aunque quizá solo era mi imaginación.
Cuando estábamos en la misma clase, nos cambiábamos en el mismo vestuario. Aunque nunca le había quitado la ropa a nadie, sí que había visto a algunas de mis compañeras medio desnudas. Así que quitarle el uniforme no debería ser para tanto.
Después de desabrochar el cuarto botón de su blusa, conseguí terminar con el resto sin problemas. Cuando le abrí la blusa por delante, su ropa interior quedó a la vista.
Llevaba ropa interior blanca y sencilla, nada del otro mundo. Un diseño normal que podrías encontrar en cualquier parte. Me esperaba que llevara algo más llamativo, pero hoy no parecía ser el caso. Parecía que llevaba algo que incluso yo podría tener.
Aun así, por alguna razón, el corazón no dejaba de latirme con fuerza.
¿Qué estoy haciendo? Si la dejo así mucho más tiempo, se va a resfriar.
Al principio pensaba que no tenía segundas intenciones al desnudarla. Solo quería ayudar. Pero ahora mismo, había una parte de mí que deseaba que Sendai-san me agarrara la mano para obligarme a parar.
Eso, de por sí, parecía la prueba de que sí que tenía segundas intenciones después de todo.
Capítulo 42
Rocé el tirante de su sujetador con la yema de los dedos.
El tirante blanco parecía tan frágil que daba la sensación de que se caería con solo tocarlo.
Mientras lo apartaba con cuidado hacia un lado, observé a Sendai-san para ver cómo reaccionaba. Aunque no parecía que fuera a quejarse, estaba claro que no le hacía ninguna gracia. Aun así, se mantuvo en silencio.
Le solté el hombro y pregunté:
—¿No vas a resistirte?
—Me has ordenado que no me mueva, pero si quieres que me resista, lo haré.
En otras palabras, si no le hubiera ordenado que se quedara quieta, se habría negado. Eso era básicamente lo que Sendai-san quería decir.
—Si quieres resistirte, hazlo.
—Lo haré si rompes alguna regla.
—¿Esto que estoy haciendo no va contra las reglas?
—Desde luego. Si no tuviera el uniforme empapado, ya te habría dado.
—O sea que ¿hoy estás haciendo una excepción especial?
—Sí. Al fin y al cabo, tú misma lo has dicho, ¿no, Miyagi? Si me dejo el uniforme puesto voy a pillar un resfriado.
Pese a que quitarle la ropa era romper claramente nuestras reglas, parecía que no pasaba nada siempre y cuando tuviera un motivo para ello.
Ah, ya veo.
Así que nuestras reglas no eran tan estrictas, ¿eh?
Era mucho más flexible y permisiva de lo que pensaba en un principio. Qué sospechosamente conveniente para mí.
—Pero aún no te he pagado.
—¿Es que no pensabas hacerlo?
—Te lo daré luego.
No darle a Sendai-san el billete de 5.000 yenes era algo inconcebible. Si no hubiera llegado chorreando por la lluvia, pagarle habría sido lo primero que habría hecho. Sin ese dinero, Sendai-san dejaría de venir. Mientras le pagara, ella obedecería casi cualquier orden.
Las reglas tan estrictas que habíamos puesto al principio se estaban volviendo cada vez más difusas, adaptándose a la situación según nos convenía. Podía retrasar el pago y hoy incluso ella estaba haciendo una excepción conmigo.
En teoría, no debería haber problema si seguía ayudando a Sendai-san a desvestirse. Pero aunque yo misma le había desabrochado la blusa, no podía quitarme de encima la sensación de que no debía seguir adelante.
No puedo hacerlo.
Odiaba sentir que tenía segundas intenciones al querer quitarle la ropa. Odiaba la culpa que me producía. Pero, sobre todo, odiaba que Sendai-san se dejara desvestir sin oponer resistencia.
Siempre hacía lo mismo. Solía dejar las decisiones más difíciles en mis manos, obligándome a elegir a mí. Justo lo que estaba haciendo ahora. Quería que yo me hiciera cargo de lo que fuera a pasar a partir de este punto, como si ella no tuviera nada que ver.
A pesar de que está claro que no quieres que te quite la ropa...
Alargué la mano y apoyé la palma sobre la piel de Sendai-san, justo encima del corazón.
—Estás muy fría, Sendai-san.
No sabía si mi corazón iba acelerado o no. Pero la piel de Sendai-san estaba tan fría que, por un momento, llegué a pensar que era mi propia temperatura corporal la que estaba demasiado alta.
—Ya, porque me he empapado con la lluvia.
Incluso sin mirar de cerca, era evidente que el uniforme mojado le estaba robando el calor. Tenía la mejilla fría al tacto. Lo mismo pasaba con sus labios. Se sentía fría la tocara donde la tocara. Cuando instintivamente quité la mano, ella puso la suya sobre mi mejilla.
—Pues tú desprendes bastante calor, Miyagi.
Su mano helada empezó a absorber mi calor. Ahora que lo pienso, Sendai-san me había tocado justo así aquella vez. Cuando nos besamos. Aquella vez tenía las manos mucho más calientes. Recuerdo que fue en mayo, pero no soy capaz de recordar la fecha exacta ni el día de la semana.
Me pregunto, si besara a Sendai-san aquí y ahora, ¿cómo afectaría eso al calendario que llevo en mi corazón?
Le agarré la mano que tenía en mi mejilla y tiré de ella hacia mí. Aunque nuestros labios no llegaban a rozarse, tenía su preciosa cara justo delante. Nuestras miradas se cruzaron. Intenté acercar mi rostro un poco más al suyo. Pero Sendai-san no cerró los ojos.
Tener el recuerdo de aquel beso estaba bien, pero no quería recordar a Sendai-san rechazándome mientras mantenía los ojos abiertos e intentaba besarla.
Le solté la mano y bajé la vista. Incapaz de sostenerle la mirada, le abrí la blusa. Me quedé mirando su ropa interior, sabiendo perfectamente que no tenía permiso para quitársela. Mi corazón empezó a reaccionar y se me escapó un pequeño suspiro. Aparté con cuidado el tirante y presioné mis labios contra su pecho.
Mientras le succionaba la piel, Sendai-san se aferró a mis hombros, pero no hizo nada más. No intentó apartarme. En lugar de tachar fechas en mi calendario mental, marqué a Sendai-san de rojo. En vez de quedarse en mi memoria, quería que esto pasara a formar parte del cuerpo de Sendai-san.
Cuando aparté la cara, le había quedado una marca roja muy tenue en el pecho. Su piel húmeda se pegaba a mis dedos cuando presionaba con fuerza sobre ella. Parecía que la única parte de su cuerpo que desprendía calor era esa marca que yo le había dejado. Sentí cómo me apretaba más los hombros cuando volví a posar los labios en su pecho.
—¿No se suponía que ibas a ayudarme a quitarme la ropa?
Levanté la vista al oír su tono de queja. No había ni rastro de diversión en la cara de Sendai-san.
—Dudo que la marca te dure mucho tiempo —respondí, soltando algo que no tenía nada que ver con su pregunta, como si intentara poner una excusa.
—Mira, se borrará enseguida, así que no pasa nada.
La marca roja no era muy oscura.
Lo más probable es que mañana ya no estuviera. Además, había elegido un sitio donde nadie pudiera verla fácilmente. No había motivo para que Sendai-san se enfadara por eso, ni conmigo por no haberla desvestido como tocaba. Sin embargo, por alguna razón, empecé a sentirme incómoda en su presencia, así que me alejé de ella.
—Te traeré algo de ropa.
«Ya estás huyendo otra vez».
Esperaba que me dijera algo así, pero logré llegar a mi cuarto sin que soltara ni una palabra. Saqué ropa limpia del armario, volví corriendo a la entrada y se la di.
—Estaré en mi habitación, entra cuando acabes. —le dije mientras me marchaba.
Al sentarme en mi cama, me quedé mirando mis manos, que aún estaban húmedas por la ropa mojada de Sendai-san.
—Hoy todo parece muy distinto a lo de siempre...
Entrelacé las manos con fuerza.
Sendai-san parecía la misma de siempre, pero a la vez algo había cambiado.
La Sendai-san que yo conocía no se habría quedado ahí sentada aceptando lo que acababa de hacerle, aunque tuviera un motivo. Ella nunca concedía excepciones, ni me permitiría dejarle un chupetón en el pecho.
Sendai-san se estaba actuando de forma extraña.
O mejor dicho, algo en ella había cambiado. Aunque no era la única.
Fui yo la que se inventó una excusa de la nada para convencerla de que se quitara la ropa. Para ser exactos, es que simplemente quería verla sin ella.
――Había algo que definitivamente no iba bien con mis sentimientos.
Era raro que Sendai-san no se resistiera, y era aún más extraño lo natural que había sucedido todo.
—Miyagi, voy a entrar. —dijo Sendai-san llamando a la puerta, a pesar de que no solía avisar antes de entrar.
—No hace falta que lo digas. Entra como haces siempre —me quejé lo bastante alto como para que me oyera desde el pasillo mientras ella entraba en mi cuarto con mi camiseta y mi pantalón de chándal puestos.
—Bueno, sí, supongo que podría haber hecho eso...
Sendai-san llevaba mi ropa como si fuera suya. Era diferente y agradable verla con algo que no fuera el uniforme por una vez.
Cuando yo me pongo una camiseta y un chándal, parece ropa de andar por casa normalucha, pero en ella parecía mucho más. No me gustaba que me recordaran el contraste entre nuestras apariencias, pero era una realidad que tenía que aceptar. No quería, pero no me quedaba otra.
—Dame el uniforme —le dije con la cabeza todavía hecha un lío mientras me levantaba y le tendía la mano.
—¿Qué vas a hacer con él?
—Tengo secadora en el baño, pensaba usarla.
—Ah, pues me harías un favorazo. No me apetece nada volver a casa con el uniforme empapado.
—Me entregó la ropa y me fui directa al baño.
Hoy todo se sentía fuera de lugar.
Probablemente fuera por la lluvia. Siempre pasan cosas así cuando llueve.
Primero colgué el uniforme en una percha sobre la bañera. Luego puse en marcha la secadora y respiré hondo.
—Todo irá bien. Ya no va a pasar nada raro.
Murmuré para mis adentros mientras volvía a mi habitación y cogía el billete de 5.000 yenes que estaba sobre el escritorio.
—Toma. —Le entregué el billete a Sendai-san, que estaba frente a la estantería.
—Gracias —dijo guardándoselo en el monedero.
Y entonces el silencio inundó la habitación.
Yo leía un manga y Sendai-san estaba liada con sus deberes. Al principio estos silencios me molestaban, pero me fui acostumbrando poco a poco.
Pero hoy era distinto. El silencio se sentía asfixiante, como si se me hubiera enredado al cuerpo y me estuviera estrangulando. Sendai-san estaba haciendo los deberes justo a mi lado y yo estaba apoyada contra la cama leyendo. Aunque estábamos haciendo lo de siempre, la atmósfera en mi cuarto era agobiante y me entraron unas ganas tremendas de salir de allí.
—Oye, ¿te dedicas a cambiar otros billetes por los de 5.000 yenes que me das siempre?
Tal vez Sendai-san se sentía igual, porque dejó de hacer los deberes y me soltó esa pregunta.
—Sí, lo hago. ¿Por qué?
A ver, no es que los cambiara cada vez, prefería cambiar varios de golpe.
Había decidido darle un billete de 5.000 yenes cada vez que viniera, así que quería tenerlos listos. Darle uno de 10.000 y pedirle el cambio, o darle cinco de 1.000, me parecía que resaltaba demasiado que era un simple negocio.
—Ah, por nada. Me parece que tiene un rollo tierno.
—¿Eh?
—Digo que te molestes en ir a cambiar dinero solo para mí... ¿no es un poco tierno en cierto sentido? —Sendai-san lo dijo con una sonrisa.
Se me hizo raro oír eso, sobre todo porque se estaba comportando de forma distinta a la habitual mientras llevaba la misma ropa que yo me ponía siempre.
—Calla. No hace falta que me hagas la pelota.
—Mmm, pero creo que estas cosas es mejor decirlas bien alto, ¿no crees? —dijo Sendai-san mirándome, como sugiriendo que de vez en cuando no pasaba nada por hacerlo. —Ah, por cierto, ¿no tienes pensado ir a una academia o a clases preparatorias este verano?
—No.
—¿Y qué vas a hacer con los estudios?
—Simplemente terminaré los deberes que nos manden.
—Bueno, claro, pero eso es lo mínimo. ¿No vas a hacer nada más?
—No.
En el fondo sabía que me vendría bien reforzar los estudios con algo más, pero no quería. No me apetecía nada apuntarme a una academia, y tampoco tenía a nadie que pudiera darme clases particulares en verano.
—Deberías tomarte los estudios en serio. Recuerda que tienes el examen de acceso a finales de año —dijo Sendai-san en tono serio mientras me daba un toquecito en la pierna con la punta del lápiz.
No quedaba mucho para que empezaran las vacaciones de verano. Cuando pensé en el largo descanso que se avecinaba, no pude evitar sentirme un poco deprimida.
Capítulo 43
En el instituto, mis emociones no tenían mucha importancia. Tanto las aulas como los pasillos rebosaban de entusiasmo mientras todo el mundo esperaba con ansias el inicio de las vacaciones de verano.
No se podía evitar.
Seguramente no había muchos estudiantes como yo que no recibieran con los brazos abiertos la idea de unas vacaciones largas, así que nadie tenía en cuenta mis sentimientos. Al ser parte de la minoría, no me quedaba otra que aceptar la situación en silencio.
Para mí, las vacaciones de verano eran demasiado largas.
Aunque me quedara en casa todo el día, estaría sola. Y aunque quedara con mis amigas, no podía esperar que estuvieran disponibles todos los días, sobre todo siendo de tercero y con los exámenes de acceso a la vuelta de la esquina. Teníamos algunos planes para vernos, pero eran menos que el año pasado debido a sus compromisos con las academias. Incluso si hacíamos más planes sobre la marcha, nunca llegarían a ser las veces que salimos el año pasado.
No tenía ningunas ganas.
Estaba acostumbrada a estar sola, pero eso no significaba que me gustara, así que no me hacían especial gracia los descansos largos.
—Shiori, se te van a salir arrugas si sigues poniendo esa cara.
Maika, que ya había terminado de comer, estiró el brazo por encima de la mesa y empezó a frotarme el entrecejo con el dedo índice.
—Eso se siente muy raro.
Me recorrió un escalofrío por la espalda. Como Maika seguía tocándome el entrecejo y me resultaba algo incómodo, le agarré la mano y se la devolví con cuidado al pupitre.
El aula era un hervidero de actividad y ruido durante la hora del almuerzo. Al igual que los demás, Maika parecía divertirse; se reía mientras volvía a estirar la mano para darme otro toque. Pero antes de que pudiera hacerlo, Ami —que estaba sentada a su lado— se me adelantó.
—Madre mía, ¿por qué es tan rara la zona del entrecejo? —dijo Ami como si nada.
—Si te parece rara, pues para —le solté mientras le daba un toque en el costado, logrando que me soltara.
—¡Oye, eso no vale!
—Atacarme de repente en el entrecejo también es trampa, ¿sabes?
Después de frotarme la zona para quitarme la sensación de incomodidad, me terminé de meter el bollo que había comprado en la boca.
—Es que hoy te veía un poco de bajón, así que he pensado en animarte un poco —dijo Maika con timidez.
—Sí, yo también lo he pensado.
No es que estuviera de bajón exactamente; es que simplemente no me entusiasmaban las vacaciones tanto como a los demás. Aun así, ambas parecían preocupadas y preguntaron: «¿Ha pasado algo?».
Bueno, a decir verdad, sí que había pasado algo, pero no pensaba contárselo. Sendai-san y yo habíamos prometido mantener nuestras actividades extraescolares en secreto, y aunque pudiéramos contarlo, no tenía ninguna intención de ir contando que había pasado aquel día que vino a casa empapada por la lluvia.
—Ayer me acosté tarde, así que solo tengo un poco de sueño. Pero oye, igual si me invitáis a algo rico, me sentiría con más energía.
Era verdad que no había dormido mucho, pero lo de tener sueño era mentira. Inventar excusas para las cosas que prefería ocultar era un engorro, así que a menudo me resultaba más sencillo mezclar medias verdades en mis explicaciones.
—Invitarte a algo, ¿eh? ¿En qué estabas pensando?
Preguntó Maika mientras me miraba, aunque no sabía si se lo estaba planteando en serio o no. Pero antes de que pudiera responder, Ami intervino.
—¡A mí me apetece un helado! ¿Me compras uno?
—¿Y por qué te tengo que invitar a ti ahora? —exclamó Maika desesperada, pero Ami siguió haciendo planes para después de clase sin hacerle mucho caso.
—No hace falta que me invites a nada, ¡pero vamos a por un helado después de clase! Hoy hace muchísimo calor.
Tenía razón. Hacía un calor tremendo. De hecho, probablemente fuera el día más caluroso de lo que iba de año. Incluso Sendai-san, con la que me crucé en el pasillo hace un rato, se estaba abanicando con las manos.
A pesar de que Sendai-san suele ser muy calurosa, normalmente solo se deja un botón de la blusa desabrochado en el instituto. Hoy no era una excepción; llevaba el segundo botón abrochado, ocultando el chupetón que le había dejado aquel día de lluvia.
Por supuesto, aunque se hubiera dejado dos botones abiertos, nadie habría podido verlo. Además, lo más seguro es que ya hubiera desaparecido. Aun así, sentía unas ganas tremendas de comprobarlo por mí misma.
Era raro que pensara así. Yo misma me daba cuenta. Pero a pesar de ser consciente, seguía sintiendo la necesidad de confirmarlo con mis propios ojos, sobre todo porque ayer no pude hacerlo.
Ayer, después de clase, llamé a Sendai-san con la intención de que se desabrochara la blusa para ver la marca que le había dejado. Pero no fui capaz de darle esa orden.
—Oye, sobre los chupetones...
En cuanto me di cuenta de lo que se me había escapado sin querer, intenté callarme rápido. Pero Maika no pensaba dejarlo pasar.
—¿Qué pasa con los chupetones?
—Ah, esto... ¿cuánto tiempo crees que duran? —Abandoné la idea de buscar excusas y lo planteé como una pregunta.
—Espera, ¿qué? Shiori, no me digas que... ¿Le has hecho un chupetón a alguien? ¿O te lo han hecho a ti? —Maika me miraba con los ojos brillantes de curiosidad.
—A ver, es imposible que haya pasado algo así cuando ni siquiera tengo pareja. Solo tenía curiosidad porque el otro día vi a Ibaraki-san con uno.
Para ser sincera, nunca había visto a Ibaraki-san con un chupetón. Me inventé la excusa basándome en algo que Sendai-san mencionó en el pasado. Según Ibaraki-san, se podía quitar un chupetón cortando un limón y echando unas gotas encima. Como fue Ibaraki-san la que recomendó el método, usar la excusa de que le había visto uno en una zona visible no parecía muy descabellado, así que tiré por ahí.
—Aaah, ya veo.
El hecho de que mis amigas aceptaran la excusa tan rápido decía mucho de la reputación de Ibaraki-san. Quedaba claro cómo las acciones diarias que uno hace moldean su imagen. Son cosas como estas las que a menudo distorsionan la verdad y alimentan los rumores.
—¿No duran bastante tiempo? ¿Verdad, Ami?
—¡Hala! No me mires a mí. Yo tampoco estoy segura.
—¿Quéeee? ¿Es que Sugikawa-kun y tú aún no habéis llegado tan lejos?
El tal «Sugikawa-kun» al que se refería Maika era el novio de Ami, con el que había empezado a salir hace poco. Aunque iba a otro instituto, había oído que los dos solían estudiar juntos a menudo.
—Ni de coña. Tenemos una relación pura y formal.
Si los chupetones se consideraban algo «impuro» e «informal», entonces Sendai-san y yo entrábamos de cabeza en esas categorías. Aun así, como no teníamos una relación romántica, las ideas de pureza y formalidad no pintaban nada entre nosotras, y tampoco es que yo buscara tener una relación pura y honesta con ella.
Sin embargo, sí que me hacía preguntarme qué nos depararía el futuro, teniendo en cuenta la naturaleza de nuestra relación. Me estaba estresando demasiado por darle tantas vueltas a las cosas. Últimamente, no tenía claro cuándo llamar a Sendai-san. Normalmente, la avisaba siempre que tenía un mal día. Pero hace tiempo que rompí esa regla que me impuse a mí misma.
Y ahora, me costaba decidir el momento adecuado para enviarle un mensaje. No quería llamarla hoy porque ya había venido ayer, y mañana me parecía demasiado pronto.
Al mirar por la ventana, vi un cielo de un azul intenso que casi parecía un cuadro. Poco después de que Sendai-san viniera a mi casa aquel día de lluvia, la temporada de lluvias terminó. Ahora, el tiempo siempre estaba despejado y soleado; casi de forma molesta. Ya no habría oportunidades de que el uniforme de Sendai-san se volviera a mojar, ni motivos para que se lo quitara.
Hoy hacía un calor húmedo que me mareaba. Ojalá refrescara un poco. Aunque no le tenía manía al sol ni nada de eso, no pude evitar lanzarle una mirada de odio al cielo, que se negaba a dejar caer ni una sola gota de lluvia.
Capítulo 44
No había forma de animarme.
Hoy había sido un día bastante soso; no había pasado nada especialmente bueno ni malo. Como resultado, mi estado de ánimo era de total indiferencia y no encontraba la manera de mejorarlo. Sin embargo, como Sendai-san me perseguiría si no la llamaba al menos una vez a la semana, decidí avisarla para que me ayudara con los deberes.
Por alguna razón, parecía divertirse.
Sendai-san se veía de lo más entretenida mientras escribía en su cuaderno con el lápiz. En cambio, yo parecía ser la única desanimada.
Sentía el cuerpo pesado, como si tuviera una piedra atada al estómago; hoy me costaba encontrar motivación para cualquier cosa. Aun así, incluso en estos días grises, el mañana llegaría inevitablemente. Las vacaciones de verano estaban a la vuelta de la esquina y, antes de darme cuenta, solo quedaba una semana.
Probablemente hoy sería la última vez que vería a Sendai-san antes del parón.
—Sendai-san, ve a elegir una novela de mi estantería —le ordené mientras le quitaba el lápiz de la mano.
—Ve a elegirla tú —respondió con un tono un tanto gruñón.
—Te estoy dando una orden. Puedes elegir la novela que quieras, así que ve a por una.
—Ok, vale.
Sendai-san habló como si no tuviera otra opción. Se levantó de su asiento y caminó hacia la estantería. Le dije que eligiera la que quisiera, pero no volvió de inmediato. Se tomó su tiempo seleccionando un libro con expresión seria antes de regresar a mi lado.
—Aquí tienes —dijo Sendai-san con un tono exageradamente formal mientras me ofrecía el libro, pero en lugar de aceptarlo, simplemente hice rodar el lápiz por la mesa.
—Ahora léemelo.
—Me imaginaba que dirías eso, así que he elegido el que tiene menos páginas.
Sendai-san se sentó a mi lado y abrió la novela. Era una colección de relatos cortos y empezó a leer por la mitad. Era una elección inusual en ella, aunque no del todo fuera de lugar. Parecía que prefería buscar vacíos legales en mis órdenes en lugar de acatarlas obedientemente.
Esa parte de su personalidad me resultaba molesta.
En el instituto siempre se mostraba amable y virtuosa, pero cuando estábamos a solas, salía a la luz su verdadera forma de ser. Constantemente hacía cosas que yo no le había pedido. Era desesperante ver cómo, en lugar de desafiar mis órdenes directamente, siempre buscaba formas sutiles de oponer resistencia.
Bueno, al menos su voz tenía un tono agradable.
Escucharla me producía un efecto calmante que me daba algo de sueño.
—Oye, Miyagi, baja la temperatura del aire acondicionado.
De repente, la voz que había estado leyendo la novela ahora pedía aire más frío.
—No. Sigue leyendo.
—No me importa leerte, pero hace demasiado calor aquí dentro.
Sendai-san cogió su cuaderno de la mesa y empezó a abanicarse con él. Para mí, la temperatura de la habitación era la ideal, y siempre lo había sido, ya fuera en invierno o en verano.
Al fin y al cabo, era mi habitación y la temperatura estaba a mi gusto. Pero teniendo en cuenta que no tendríamos oportunidad de vernos en un tiempo, quizá no pasaba nada por ceder un poco y que Sendai-san estuviera más cómoda.
—Vale. Si eso es lo que quieres, baja la temperatura tú misma —dije señalando el mando del aire acondicionado que estaba sobre la mesa.
—Qué rancia eres, Miyagi.
A pesar de que me estaba sacrificando por ella, Sendai-san me respondió con una bordería.
Aun así, agarró el mando y bajó la temperatura hasta un punto en el que empezó a hacer demasiado frío. Satisfecha con el aire frío que ahora soplaba, Sendai-san dio un sorbo a su té de cebada y siguió leyendo las páginas de la novela.
Escucharla leer en voz alta hacía que me pesaran los párpados. Apoyé la cara contra la mesa. Se sentía agradable y fresca contra mi piel.
—— En realidad, no, estaba demasiado fría.
Me incorporé y busqué el brazo de Sendai-san, notando que su cuerpo estaba bastante fresco.
—Espera, Miyagi. Es un poco difícil leer así —se quejó Sendai-san mientras yo le apretaba el brazo suavemente un par de veces.
Mis dedos recorrieron su brazo hasta el interior del codo. Mientras exploraba la parte superior de su brazo, Sendai-san me habló en voz baja:
—Para de tocarme si no quieres que deje de leerte.
—Ya no hace falta que leas más. Y sube la temperatura del aire acondicionado. Hace demasiado frío —dije mientras la soltaba y empezaba a frotarme mis propios brazos.
—Si subo la temperatura, volverá a hacer calor. Si tienes frío, ponte algo encima —dijo con tono de insatisfacción.
—¿Y por qué no te quitas tú algo si tanto calor tienes?
—No tengo nada más que me pueda quitar.
—No hace falta que lleves la blusa, ¿no?
—Eres una pervertida, Miyagi.
No lo decía en serio, así que su comentario me pareció que sobraba. Luego, cogí el mando y subí la temperatura del aire sin más discusión. Al cabo de un rato, la habitación volvió a su temperatura ideal, lo que hizo que Sendai-san frunciera el ceño y soltara un suspiro.
—Hace demasiado calor aquí.
Lo sabía desde hacía tiempo, pero Sendai-san y yo éramos completamente incompatibles tanto en el instituto como en privado. Había intentado adaptarme a su temperatura ideal por capricho, pero al final no podía soportar que mi propia habitación estuviera tan fría. En cualquier caso, Sendai-san debería ser la que cediera al visitar mi casa, no yo.
Le desabroché un botón de la blusa.
—Así estarás un poco más fresca, ¿no?
Había veces en las que se me permitía desabrochar el tercer botón de su blusa y otras en las que estaba prohibido. Hoy parecía ser uno de esos días en los que estaba permitido, ya que no opuso resistencia. Recorrí con mis dedos el pecho de Sendai-san, concretamente alrededor del lugar donde le había dejado el chupetón aquel día de lluvia.
—... ¿Desapareció rápido el chupetón? —pregunté finalmente la duda que me rondaba la cabeza desde hacía tiempo.
—Sí, se fué —respondió ella entre dientes.
Al oír su respuesta, aumenté la presión de mis dedos sobre su pecho. Sin embargo, no fui capaz de pedirle que me lo enseñara.
—Dame el brazo.
Sin esperar a que respondiera, la agarré por la muñeca. Pero ella retiró la mano, como desobedeciéndome.
—Si vas a hacerlo otra vez, ponlo en otro sitio.
—Solo te he pedido el brazo. No he dicho nada más.
—Ya sé que quieres dejarme otro chupetón. Se notará demasiado si me lo haces en el brazo, así que ni lo pienses.
—Vale. ¿Dónde más puedo hacerlo?
—No sé. Invéntate algo tú —dijo Sendai-san cortante mientras me lanzaba una mirada de fastidio.
Seguramente tendría muchas más cosas de las que quejarse, pero se contuvo porque sabía que no tenía más remedio que obedecer mis órdenes. Probablemente esa fuera su forma de pensar.
—No pasa nada mientras sea en un sitio que no vean los demás, ¿verdad?
Ya sabía la respuesta, pero aun así quería confirmarlo.
—Sí —respondió Sendai-san como si la respuesta fuera obvia.
Clavé mi mirada en ella. Teniendo en cuenta que había pocos sitios ocultos, el único lugar factible para dejarle una marca sería en algún lugar bajo el uniforme. Agarré su blusa, que ya tenía tres botones desabrochados, y desabroché el resto, revelando su pecho y dejando ver un poco de su ropa interior. Cerré los ojos brevemente y luego los abrí despacio, centrándome en la zona justo encima de donde la había marcado anteriormente.
—Miyagi, de verdad que hace demasiado calor aquí —dijo.
Aun así, presioné mis labios contra su piel. Tal como ella decía, su cuerpo se sentía caliente. Era distinto a la última vez, cuando estaba húmeda y fría por la lluvia. Succioné su piel con más fuerza que antes, con la esperanza de dejar una marca.
Al apartarme, vi una mancha roja que parecía lo bastante oscura como para durar todas las vacaciones de verano. Presioné ligeramente el dedo contra la marca y la acaricié. Cuando rocé la zona justo encima e intenté acercar mi cara a su pecho otra vez, ella me apartó la cabeza.
—Realmente te va este rollo erótico, ¿eh, Miyagi? —dijo Sendai-san mientras volvía a abrocharse la blusa.
—No creo que haya hecho nada que pueda considerarse erótico.
—¿Lo que acabas de hacer no se considera bastante erótico?
—No. Solo es erótico si tú haces que lo sea.
Claro, si hubiera intenciones ocultas o significados más profundos detrás, la etiqueta de "erótico" que ponía Sendai-san encajaría. Sin embargo, yo no tenía tales segundas intenciones ni emociones profundas vinculadas a mis acciones de hoy, así que se equivocaba. Odiaba el hecho de estar intentando justificarme apoyándome en la palabra "hoy". No quería volver a recordar aquel día de lluvia. No quería acordarme ni recordar lo que sentí entonces.
Las vacaciones de verano eran exageradamente largas, pero tenía que admitirlo: sería la oportunidad perfecta para resetear mis emociones.
Sería capaz de deshacerme de cualquier sentimiento que no pudiera manejar durante el parón. Si tan solo pudiera borrarlos, estaba segura de que nuestra relación volvería a la normalidad.
Me levanté del asiento y me dejé caer en la cama, boca abajo.
«Sigue leyendo la novela».
Mientras dudaba entre si decir eso o no, oí hablar a Sendai-san.
—Miyagi, ¿has decidido ya a qué universidad quieres ir?
—A cualquiera que me acepte —respondí sin mirar a Sendai-san.
—Te lo estás tomando demasiado a la ligera. El segundo semestre empieza justo después del verano, así que si no te decides pronto, puede que te quedes sin tiempo, ¿sabes?
—No pasa nada, no me interesa mucho la universidad.
—Vale, ¿y qué más piensas hacer en vacaciones? Ya que estás, podrías ir a una academia o algo así.
Sendai-san empezó a darme la chapa con cosas que ni mi propio padre se molestaría en preguntar. Solo quería taparme los oídos y dejar de escucharla.
Quizá fuera porque mi padre no se interesaba mucho por mí, pero nunca me preguntaba por mi futuro ni me presionaba con los estudios. Aunque no fuera a seguir estudiando o a buscar un trabajo convencional, desde que entró en el instituto nunca habíamos tenido ningún roce por mi futuro. Simplemente me daba una paga demasiado generosa para una estudiante de bachillerato, sin hacer preguntas.
—Creo que ya te he dicho cuáles eran mis planes para el verano.
Tener que explicarle mis planes otra vez a Sendai-san, que me sermoneaba incluso más que mi propia familia, me parecía un engorro. Ya le había dicho lo que iba a hacer, así que no veía necesidad de repetirme.
—Ya. Dijiste que no querías ir a ninguna academia. Bueno, en ese caso, ¿por qué no contratas a un profesor particular?
—Ni de broma haría eso. Además, te estás poniendo un poco pesada, Sendai-san. ¿Por qué no te metes en tus asuntos y me dejas hacer lo que quiera en vacaciones?
Me incorporé en la cama y le tiré una almohada a Sendai-san. Ella la atrapó al vuelo y respondió:
—No, escucha. Conozco a alguien que encajaría perfectamente, así que he pensado en presentártelo.
—Qué cabezota eres. No necesito que me presentes a nadie.
—Pide 5.000 yenes por tres sesiones a la semana. ¿No es bastante barato?
—¿Cobra 5.000 yenes por sesión?
No estaba familiarizada con las tarifas de los profesores particulares, así que no podía saber si era realmente barato o no.
—No, me parece bien que me pagues 5.000 yenes por las tres sesiones de una semana entera.
—... ¿A qué te refieres con que te parece bien?
Me quedé mirando pasmada a Sendai-san, que había dicho algo rarísimo con una sonrisa de oreja a oreja.
—Contrátame como tu profesora, Miyagi. Yo te ayudaré a estudiar.
Sendai-san se estaba comportando de forma extraña. Esta no era la Sendai-san que yo conocía.
Básicamente, se estaba ofreciendo a venir incluso los días que no teníamos clase. Nunca había sugerido algo así antes.
—... ¿No habíamos quedado en que no nos veríamos los fines de semana ni los días libres?
Si no me fallaba la memoria, fue Sendai-san quien estableció la regla de que no nos veríamos en nuestros días libres. Sin embargo, los días que había clase, estaba dispuesta a obedecer cualquier orden que le diera por el precio de 5.000 yenes.
Incluso durante las vacaciones de verano pasadas mantuvimos esa regla, y no me vi con Sendai-san ni una sola vez. Lo mismo pasó en las de invierno y primavera, y los fines de semana.
—Considéralo mi forma de compensarte por aquella vez que estropeé tu libro de texto —dijo Sendai-san como si nada.
No tuve que rebuscar mucho en mi memoria para recordar las marcas que Sendai-san le hizo a mi libro de Japonés Contemporáneo.
¿En serio estaba usando eso como excusa ahora?
Eso había pasado hacía mucho tiempo y no parecía tan importante como para volver a sacarlo. Además, yo ya lo consideraba zanjado después de haberle mordido el brazo con todas mis fuerzas.
—¿Quieres compensarme convirtiéndote en mi profesora particular? Pensaba que ya habíamos zanjado ese asunto.
—Eso fue algo que decidiste tú por tu cuenta. Yo nunca estuve de acuerdo.
—¿Tan desesperada estás por el dinero?
Pensándolo bien, no había otra razón para que siguiera viniendo todo el tiempo, y ahora incluso estaba dispuesta a romper una regla que ella misma había puesto. De hecho, sería increíblemente raro que no fuera por el dinero. Sendai-san no parecía tener problemas económicos, pero no se me ocurría ningún otro motivo detrás de su comportamiento.
—Bueno, supongo que podrías decirlo así —dijo Sendai-san en voz baja.
—... No me importa pagarte los 5.000 yenes, pero tú tienes que ir a la academia, ¿no?
—Mi horario es un poco más flexible en vacaciones, así que puedo venir cuando termine allí. Te doy de plazo hasta que empiecen las vacaciones para que te decidas. Siempre que estés dispuesta a estudiar, dejaré que tú también decidas el horario.
—¿Qué pasa si no tomo una decisión?
—Bueno, entonces no te daré clases y, como pasó el año pasado, pasaremos el resto de las vacaciones sin vernos.
Sendai-san respondió con naturalidad mientras pasaba a la siguiente página de la novela sin leer ninguna de las palabras en voz alta.