Capítulo 38
Algo estaba a punto de cambiar.
O eso fue lo que pensé el otro día, cuando Miyagi andaba jugueteando con mi oreja. Pero, por mucho que me hubiera llamado varias veces después de los parciales, nuestra relación seguía siendo prácticamente la misma. El festival deportivo había pasado en un abrir y cerrar de ojos, y ahora pasábamos los días juntas con una calma total.
No parecía que le hubiera dado asco el beso que nos habíamos dado, y tampoco había dejado de hacerme venir desde el día en que me mordió la oreja.
Qué aburrimiento.
No tenía ninguna gracia. Me desconcertaba lo mucho que me aburría que no cambiara nada.
Ahora, estar en esta habitación era como cuando vas a tu restaurante favorito y resulta que han cambiado el menú. No creía que darnos un beso fuera a cambiar las cosas entre nosotras, pero puede que, en el fondo, quisiera que pasara.
Bueno, aunque hubiera cambios, nadie garantizaba que fueran a mejor. Pero es que el plan de Miyagi ahora mismo era de un soso increíble. Últimamente solo me daba órdenes de lo más tontas.
Estaba de bajón. La cosa ya no tenía emoción.
El otro día, Miyagi me lamió la oreja. No es que me hiciera especial ilusión, pero me dio curiosidad saber qué se le pasaba por la cabeza. Aún así, no me molesté en preguntarle en ese momento, así que su comportamiento seguía siendo un misterio.
Desde entonces, había dejado de pedirme que le lamiera los dedos o los pies. No es que yo quisiera que me diera ese tipo de órdenes, pero me estaba cansando de hacerle los deberes y leerle mangas.
En fin... Supongo que sí había habido un par de cambios sutiles.
La mesa era un poco más grande y Miyagi se sentaba algo más cerca de mí de lo habitual. Ahora teníamos más sitio para los libros de texto, y quizá por eso hoy se había puesto a hacer los deberes a mi lado. Pero se notaba que estaba decidida a evitar cualquier contacto físico conmigo. Además, tampoco parecía que se lo estuviera pasando muy bien. Miyagi no estaba de humor, tal y como el tiempo tan raro que hacía en plena temporada de lluvias.
—Ahí te has equivocado. —Señalé una parte de su cuaderno con el lápiz.
El inglés no se le daba nada bien, a la vista estaban todos los fallos que tenía, pero de momento solo le mencioné uno. Miyagi me miró con una cara de pocos amigos impresionante.
—No te he preguntado, así que no hace falta que me señales los fallos.
—Bueno, ¿entonces vas a dejarlo así?
—... No.
Miyagi frunció el ceño mientras borraba lo que había escrito. La goma que usaba parecía nueva, no era la que yo le devolví.
Me resultaba un poco insultante que se hubiera molestado en comprar y usar una goma nueva.
Volví a centrarme en mi propio cuaderno.
—Y entonces, ¿cuál es la respuesta correcta?
Miyagi, que hasta hace un momento estaba haciendo los deberes con toda la diligencia del mundo, ahora me exigía el camino fácil.
—Piénsalo tú misma.
—No sé cómo se hace.
—Seguro que si lo intentas sacas la respuesta. Hazlo bien.
—Vale, pues te lo doy como una orden. Dime la respuesta.
Me empujó el libro y el cuaderno hacia mi lado.
—En realidad no quieres que te la diga, quieres que te haga los deberes, ¿verdad?
—Sip, exacto.
—Claro, claro.
Si no recuerdo mal, la última vez había pasado lo mismo. Dejó los deberes a medias y me encasquetó el resto para irse a leer mangas. Le quité el cuaderno y la goma. La pregunta no era tan difícil; estoy convencida de que, si se esforzara, alguien como ella podría responderla bien. Pero no servía de nada darle vueltas. Me habían dado una orden, así que no me quedaba otra que obedecer. Borré sus fallos y empecé a escribir encima.
—Ya casi ha pasado un año, ¿eh? —comenté como quien no quiere la cosa mientras terminaba de corregir y pasaba a la siguiente pregunta.
—¿Desde qué?
—Desde que empecé a venir aquí.
—¿Ah, sí?
—La primera vez que quedamos fue por julio, ¿no? Así que ya casi ha hecho un año.
Aunque por entonces éramos compañeras de clase, apenas nos hablábamos. Aun así, recuerdo perfectamente qué fue lo que me llevó a empezar a venir a su casa. Miyagi me salvó la vida aquel día que me olvidé el monedero ofreciéndose generosamente a pagarme la compra... Ya, claro.
Si las cosas hubieran ido así, esto parecería un cuento de hadas. En realidad, me encasquetó el dinero y se negó a que se lo devolviera. Llegó a decirme que tirara el cambio a la basura si no lo quería. En aquel momento, Miyagi me pareció un engorro de tía. Y sinceramente, a día de hoy, mi opinión no ha cambiado mucho.
—¿Por qué me pagaste los libros aquel día?
—Simplemente quería ayudar a una compañera que lo necesitaba.
—¿En serio?
—No, es mentira. Es que resultó que tenía un billete de 5.000 yenes en la cartera.
—O sea, que si solo hubieras llevado 1.000 yenes, ¿no me habrías ayudado?
—Puede.
—Eso también es mentira, ¿no? ¿Cuál fue el motivo de verdad?
—Me dio por ahí. Sin más.
No sé si decía la verdad o no, pero no parecía que Miyagi tuviera muchas ganas de seguir hablando. Se levantó, fue a la estantería, pilló un par de tomos de un manga y se tumbó en su cama. Yo terminé rápido sus deberes y empecé a darle toquecitos en el costado.
—Oye, muévete un poco.
—¿Por qué?
—Ese es mi sitio.
—Esta es mi cama, ¿sabes? No te vengas aquí. No cabemos las dos. —soltó cortante mientras se ponía justo en medio.
A ver, era verdad que la cama era suya y no mía. Pero yo siempre me tumbaba ahí cuando venía, así que sentía que tiene derecho a, por lo menos, la mitad.
—Venga va, no pasa nada ¿no? Muévete un poco.
—Que no.
—Eres una rancia, Miyagi.
En vez de seguir dándole toquecitos, decidí empujarla para reclamar mi sitio. Sin embargo, ella no me devolvió el contacto y se limitó a responder:
—Para ya. Te estás poniendo muy pesada, Sendai-san.
Aunque a veces Miyagi me tocaba de una forma sorprendentemente atrevida, había momentos en los que parecía que le daba cosa hacerlo. Cuando pasaba eso, ponía una cara como si se arrepientese de haberme tocado. Yo no soy el tipo de persona que puede pasar de todo con una sonrisa; tengo mi corazoncito, así que incluso yo tenía un límite y las palabras de los demás me podían doler. Había veces que la falta de tacto de Miyagi me calaba hondo.
Por lo general, no me importaba que me tocara. Pero últimamente me estaba empezando a sentir cada vez más incómoda con el tema. Si tuviera que elegir, prefería mil veces tocarla yo a que me tocara ella.
Me subí a la cama e intenté apartarla para hacerme sitio. Pero en lugar de ceder, se incorporó.
—Sendai-san, quítate la corbata. —soltó de la nada mientras me miraba con la mirada perdida. Verla con esa cara no era buena señal. Conociéndola, seguro que estaba a punto de pedirme algo desagradable.
—¿Por qué?
—Hazlo y ya está.
Como siempre, cuando se negaba a responder a mis preguntas, era su forma de decirme que me estaba ordenando. En vez de pelear por tonterías, hice lo que me pidió y me quité la corbata.
—¿Así te vale?
—Sip. Ahora, dámela.
—¿Mi corbata?
—Sí, tu corbata.
El tono de voz de Miyagi sonaba igual que cuando me había mandado hacer los deberes antes, pero aun así, me dio mala espina. A pesar de eso, se la entregué.
—Date la vuelta.
Hice exactamente lo que me pidió. Miyagi siguió con un: "Dame las manos", mientras me agarraba de las dos muñecas. Ya me imaginaba por dónde iban los tiros. Suspiré, aunque no lo suficientemente fuerte como para que me oyera, mientras tiraba de mis manos hacia ella. De repente, sentí la tela apretándose fuerte alrededor de mis muñecas.
—¡Oye, que duele! —exclamé.
Me las había atado tan fuerte que parecía que había puesto toda su fuerza en el nudo. Si no aflojaba un poco la corbata, me iba a dejar marca seguro. Como el uniforme de verano es de manga corta, se me vería a la legua.
—Miyagi. —Cuando la llamé por su nombre en tono serio, la corbata se me clavó aún más. —Más te vale no dejarme ninguna marca.
En cuanto le llamé la atención, aflojó un pelín. Luego, noté cómo terminaba de hacer el nudo.
—Eres una pervertida, Miyagi. Seguro que has sacado la idea de algún manga, ¿a que sí?
Su estantería estaba llena de libros de todos los géneros, desde mangas shoujo súper monos hasta shounen de peleas. Entre ellos también había algunos libros eróticos, así que no me extrañaría que en alguna de esas historias la protagonista acabara atada con la corbata de su novio dominante.
—¿Ah, sí? ¿Es que esperabas que imitara alguna de esas historias?
—Ya te gustaría.
—Bueno, de todas formas no pensaba hacerlo. Ahora, quédate ahí sentada sola durante una hora.
—¿Eh? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Se supone que esto es un juego de ignorarme o algo así?
—O sea, que sí querías que te hiciera algo. —dijo desde detrás de mí, usando mis propias palabras en mi contra.
—La pervertida eres tú, Sendai-san.
Sentí su respiración en mi cuello. De repente, me clavó los dientes en el hombro.
—¡Ay!
Estaba claro que la palabra "moderación" no existía en el diccionario de Miyagi. Aunque me quejé del dolor, sus dientes siguieron clavándose en mi hombro.
—Yo no he dicho que quisiera esto.
Normalmente, podría aliviar el dolor empujando a Miyagi por la frente, pero hoy no podía hacerlo con las muñecas atadas. Sentía que si me giraba ahora acabaría perdiendo el equilibrio, así que lo único que pude hacer fue protestar en voz alta.
—Miyagi, de verdad que duele. —Cuando la llamé con firmeza, por fin paró.
—Habíamos quedado en no hacer nada que dejara marca. No me importa que me muerdas, pero al menos sé un poco más delicada.
—Nadie va a poder verte una marca en el hombro, así que no pasa nada, ¿no?
—Ese no es el problema.
—Vale, pues bájate de la cama y siéntate en el suelo.
No quiero.
Eso es lo que me gustaría decir, pero aunque lo hiciera, estoy segura de que Miyagi me obligaría a bajar de alguna forma. A diferencia de la gente normal, Miyagi no tenía ningún reparo en empujar a los demás. Y yo prefería bajarme de la cama por mi cuenta antes de que me tiraran de una patada.
Hice exactamente lo que me pedía sin decir ni una palabra y me senté en el suelo. En cuanto lo hice, Miyagi se quitó los calcetines.
—Sendai-san, ya sabes qué es lo que te voy a ordenar, ¿verdad? —Levanté la vista para cruzarme con su mirada.
Como respuesta, Miyagi me dio una patada en el hombro, justo donde me había mordido antes.
Capítulo 39
—Quieres que te lama el pie, ¿no?
Llevaba ya un tiempo viniendo a ver a Miyagi, así que, comparado con antes, ahora se me daba un poco mejor calarla.
—Si ya lo sabes, date prisa y empieza.
Miyagi parecía divertirse mientras me miraba desde arriba. Y aunque prefería verla de buen humor antes que aguantar su cara de pocos amigos de siempre, lo cierto es que ahora mismo no estaba para tonterías. Básicamente porque sabía que, a partir de aquí, la cosa solo podía ir a peor. Siempre que Miyagi parecía estar de buenas, la cosa nunca acababa bien para mí.
—Vale. ¿Puedes levantar un poco la pierna entonces?
Era un engorro no poder usar las manos. No podía sujetarle la pierna como hacía normalmente. Me quedé mirando su pierna mientras seguía sentada en el suelo. No es que tuviera ninguna queja sobre lamerle el pie; lo había hecho un montón de veces. Pero hacerlo con las manos atadas me parecía un mundo.
—No.
Su respuesta fue seca y cortante.
Ni siquiera pensaba colaborar un poco. Qué borde.
Quería que obedeciera sus órdenes estando atada. Sin más remedio, posé la lengua justo por debajo de su rodilla. A ver, la rodilla está lo bastante cerca del pie, ¿no?
Pero a Miyagi no pareció convencerle.
—Empieza por los dedos —dijo su voz desde arriba.
—¿Con las manos atadas?
—Sip, con las manos atadas. Después de todo, te encanta hacer lo que te pido, ¿verdad, Sendai-san?
En realidad, no me gusta nada obedecerte.
Pero como no servía de nada decirlo en voz alta, me guardé el pensamiento. Además, no me quedaba otra que obedecer. Era eso o devolverle los 5.000 yenes y no volver a pisar su habitación en la vida.
Miré a Miyagi desde el suelo. No tenía pinta de que fuera a ceder ni un milímetro. Si quería cumplir con lo que me pedía, me tocaba a mí currármelo todo. La dueña de este cuarto era increíblemente egoísta. Sin filtros. Y yo era la única persona a la que trataba así.
Me decía cosas que no se atrevería a soltar delante de nadie más. Pero lo más loco de todo no era su comportamiento, sino el hecho de que yo siguiera cumpliendo hasta la última de sus órdenes.
—Sendai-san.
Me dio una patada en la rodilla, como metiéndome prisa. Fui apartando la vista de ella y empecé a lamerle los dedos de los pies. Con lo bajo que tenía el pie, casi sentía que estaba lamiendo el suelo.
Qué humillante.
Pensé, como si el problema fuera de otra persona.
—Esto sí es lo que me gusta ver de ti, Sendai-san.
Oír la alegría en su voz empezaba a ponerme de los nervios. No estaba en una postura fácil de mantener; de hecho, empezaba a dolerme. Pero no era capaz de dar el paso y devolverle el dinero, así que le lamí los dedos y fui subiendo por la planta del pie. Para cuando llegué al tobillo, apartó la pierna ligeramente. La seguí, casi como si estuviera persiguiéndole el pie. Justo cuando mi lengua rozó el empeine otra vez, me lo empujó hacia la cara.
No había duda: se estaba entreteniendo.
—Miyagi.
En vez de quejarme, me limité a pronunciar su nombre. Parece que eso no le hizo mucha gracia, porque me deslizó el pie por debajo de la barbilla y me la levantó con el empeine.
—¿Qué? —preguntó Miyagi con una sonrisita.
—No te muevas tanto.
—Recuerda que aquí la única que manda soy yo. Tú no tienes derecho a decir nada, Sendai-san.
Miyagi tiene razón.
Pero ¿de verdad tengo que aguantar sus órdenes en esta situación?
Aunque era yo la que aceptaba el juego voluntariamente, la situación me estaba empezando a tocar la moral.
—Venga, sigue ya.
Miyagi soltó la siguiente orden antes de que pudiera decir lo que pensaba. Volvió a poner el pie en el suelo y yo volví a pegar los labios a su empeine. Ella daba las órdenes y yo obedecía. Se había vuelto algo tan rutinario que, a pesar de mi frustración, mi cuerpo actuaba por su cuenta.
Le lamí los dedos, rozando su piel suave con los labios. Mientras le mordisqueaba suavemente el tobillo —notando la silueta del hueso bajo la lengua—, el cuerpo de Miyagi se movió un poco. Seguí recorriendo su pierna con la lengua hasta la espinilla, mordiéndola aquí y allá repetidamente.
La lamí, la mordí y luego le toqué la rodilla con los labios. No podía evitar imaginarme que la piel que tenía bajo la boca eran sus labios. Le presioné suavemente la rodilla, igual que cuando la besé.
Después de repetir esto un par de veces, succioné con todas mis fuerzas, lo que hizo que Miyagi me agarrara del pelo.
—Ya basta.
—¿Por qué?
—Porque te estás pasando, Sendai-san.
—Venga ya, ¿qué se supone que significa eso?
—Solo que me da grima.
Dijo Miyagi sin un ápice de emoción en la voz mientras me soltaba el pelo. Entonces, en vez de mordisquearle la piel con cuidado, decidí clavarle los dientes con fuerza en la rodilla, asegurándome de apretar lo suficiente como para dejarle una marca clara. Noté el hueso al instante, pero me dio igual. Mientras le hincaba los dientes, me apartó la cabeza con fuerza.
—Para ya. Eso duele de verdad.
—Bueno, como me has dicho que me estaba pasando, he pensado en cambiar de estilo.
—No hagas nada que yo no te haya ordenado.
—¿Eh? Pero si te estaba lamiendo el pie, como me dijiste.
—Vale, da igual. Ya no tienes que hacerlo más.
Aunque no lo dijo formalmente que era el fin de la orden, noté el tono cortante en su voz. Aun así, seguía con las manos atadas.
—Bueno, en ese caso, ¿puedes desatarme ya?
—¿Y si te dejo así para siempre?
—No voy a poder ni volver a casa así.
Las órdenes de Miyagi no tenían permiso para interferir con el resto de mi día. Nuestro trato dictaba que mi tiempo le pertenecía a ella y que yo obedecería todas sus órdenes durante las pocas horas que estuviéramos juntas, así que no había ninguna razón lógica para que se negara. Pero, por algún motivo, Miyagi decidió no desatarme.
—Me da igual. No hace falta que vuelvas a casa. ¿Y si te dejo aquí conmigo? Si te preocupa la comida, yo misma te daré de comer.
Miyagi no sonaba a broma en absoluto.
—Deja de decir chorradas y desátame de una vez.
—Si quieres que te desate, ¿por qué no pruebas a pedírmelo bien?
Aunque sus bromas no tenían ninguna gracia, era difícil ignorarlas. Miyagi me dio una patada en la rodilla, como diciéndome que me diera prisa. No era capaz de descifrar qué sentía al mirarme así. Agaché la cabeza como si estuviera suplicando clemencia.
Sabía perfectamente qué tenía que decir para que me soltara. Pero no era capaz de rebajarme a suplicarle que me desatara. Su actitud me parecía un poco... no, me parecía increíblemente asquerosa.
—¿Qué pasa? ¿Es que quieres quedarte así para siempre?
Para dejar claro que no iba a quitarme la corbata hasta que se lo pidiera, me agarró por el cuello de la blusa. No puso toda su fuerza, pero me atrajo hacia ella, como si me estuviera arrastrando. Le lancé una mirada fulminante; me pareció que se estaba pasando un poco.
—Estás yendo demasiado lejos. Suéltame.
Cuando me planté con firmeza, Miyagi me soltó el cuello como si hubiera perdido el interés de golpe, lo que hizo que perdiera el equilibrio. No llegué a caerme, pero su falta total de consideración me dio ganas de quejarme aún más. Pero antes de que pudiera soltar palabra, Miyagi me hizo una pregunta.
—Sendai-san, ¿qué es lo que quieres de mí?
—¿A qué te refieres?
—Solo me preguntaba si hay algo que quieras que te mande hacer.
—¿Eh? No, para nada.
No venía a su casa porque quisiera que me mandaran cosas. Dicho esto, tampoco estaba aquí por el dinero. Pero tampoco había nada que quisiera de Miyagi.
—Entonces, ¿hasta dónde me vas a dejar llegar?
Sus palabras fueron un poco indirectas, pero entendí al momento que me estaba preguntando qué límites tenía con sus órdenes.
Llevas haciendo lo que te da la gana hasta ahora. ¿A qué viene preguntar esto precisamente ahora?
No tenía ni idea de por qué sacaba el tema, pero no parecía el tipo de pregunta que se hace después de casi un año.
—¿Que hasta dónde estoy dispuesta a dejarte llegar? Bueno, puedes empezar por darme órdenes que entren dentro del sentido común.
—¿Eso significa que las órdenes de hoy te parecen cosas "dentro del sentido común"?
Me había atado y me había obligado a lamerle el pie como si estuviera lamiendo el suelo. Incluso ahora, seguía con las manos atadas. Puede que hubiera hecho exactamente lo que me pidió, pero eso no significaba que todo me pareciera "de sentido común".
—A ver, como no te has negado, eso significa que sí te parecen normales, ¿no?
Yo obedecía todas y cada una de las órdenes de Miyagi. Eso, de por sí, ya estaba fuera del sentido común. Jamás me comportaría así con nadie más. Ni siquiera con mi futura pareja. Pero no pensaba tomarme la molestia de decírselo a Miyagi.
—Es una forma un poco rastrera de barrer para casa, ¿no crees?
—Tú haces lo mismo todo el tiempo, Sendai-san —dijo Miyagi quejándose con una voz inusualmente infantil.
Capítulo 40
No pensaba negar lo que había dicho Miyagi.
Al fin y al cabo, no le faltaba razón. Siempre que la pinchaba, lo hacía aposta. Me divertía ver cómo perdía los papeles. Pero claro, eso solo era aceptable cuando lo hacía yo; si era ella la que me buscaba las cosquillas, me resultaba un fastidio.
En otras palabras, poner a Miyagi en apuros era un privilegio exclusivo mío. Era ella la que debería quedarse sin palabras. Así que hice como que no había oído su comentario y le respondí con otra pregunta:
—¿Y qué es lo que quieres tú de mí, Miyagi?
—... No tengo por qué responder a eso.
No tenía ninguna intención de contestar, pero me dio la sensación de que en realidad sí que había algo que quería de mí. El problema era que no sabía el qué. Me picaba la curiosidad, pero presionarla iba a ser difícil, y no parecía un tema en el que ella estuviera dispuesta a profundizar mucho.
—Ya —dije solo por decir algo, mientras me la quedaba mirando.
Me removí un poco para ver si podía soltarme, pero lo único que consiguió fue que la corbata se me clavara más en las muñecas.
Antes, cuando le advertí que no me dejara marcas, había aflojado el nudo, pero solo un poco. La tela seguía apretándome tanto que no me extrañaría que me acabara dejando señal.
—Levántate —soltó Miyagi seca.
—¿Eh?
—¿No quieres que te desate?
—Es que es un poco difícil levantarse así, ¿sabes?
Parece ser que los brazos son fundamentales para mantener el equilibrio, porque algo tan simple como sentarse o levantarse se vuelve un mundo con las manos atadas. Técnicamente podía levantarme sola, pero me daba un poco de miedo tropezar y caerme.
—Vale, pues no te muevas.
Miyagi se bajó de la cama y se puso detrás de mí. Al poco rato, retiró la tela que me apresaba las muñecas y recuperé mi libertad.
Mis brazos no respondían tan rápido como esperaba, así que los sacudí para que me volviera la sensibilidad. Cuando sentí que la sangre circulaba bien, me levanté y me senté en su cama. Miyagi se sentó a mi lado y me agarró del brazo.
—Deja que mire.
Antes de que pudiera decir nada, Miyagi empezó a examinarme el brazo como un detective buscando pistas.
—No veo marcas —murmuró mientras pasaba las yemas de los dedos por donde me había atado. Me recorrió la vena con delicadeza, como si siguiera un rastro.
A medida que su dedo avanzaba hacia la palma de mi mano, noté que el brazo me reaccionaba al contacto. De repente, la sensación de su dedo se volvió tan vívida que le aparté la mano de un sacudida.
—Lo sabía. O sea, que sí que querías dejarme marca.
—Que no, estoy diciendo que me alegro de que no haya quedado nada.
Pues no me suena de esa manera.
Por cómo me tocaba y cómo hablaba, parecía que se hubiera quedado con las ganas.
—¿O es que estabas esperando que te dejara marca?
—Ni de coña. ¿Qué iba a hacer si alguien en el instituto me veía las muñecas señaladas por haber estado atada?
—Bueno, pues mejor que no te haya quedado nada —dijo Miyagi mientras me daba una patada en la pierna.
Me dio un par de patadas más, como si las usara en vez de palabras, antes de acordarse del manga que había dejado en la mesa. Pero yo fui más rápida y se lo quité.
—Quiero preguntarte una cosa.
—¿Qué? —preguntó Miyagi fulminando con la mirada el manga que tenía en mis manos.
—Si yo te ordenara hacer lo mismo que me has hecho hacer tú antes, ¿lo harías?
—Ni en broma te iba a obedecer.
—Ya.
Me lo imaginaba. Sabía que Miyagi nunca haría algo así, pero se lo pregunté igual. Aunque le pagara, no había posibilidad de que Miyagi aceptara lamerle los pies a nadie.
Entendía que simplemente me hacía hacer cosas que ella jamás haría. No es que fuera agradable para mí, pero no podía protestar porque había aceptado seguir todas sus órdenes.
—Yo no soy una pervertida como tú, Sendai-san.
—No, en todo caso la pervertida aquí eres tú, Miyagi. Disfrutas dándome órdenes de ese tipo.
—No es que me haga feliz, ¿sabes?
Quizá no, pero te entretienes un rato.
Cada vez que yo me quejaba mientras cumplía sus órdenes, ella parecía estar disfrutando. Y aunque yo no pretendía lamerla de forma provocadora, seguramente a ella le hacía gracia igual.
—Ah, por cierto. Te quedas a cenar ¿verdad? —preguntó Miyagi, quitándome el manga de las manos para cambiar de tema.
—Sí, supongo.
No tenía sentido ponernos a discutir sobre quién de las dos era más pervertida, pero no entendía por qué cambiaba de tema tan de repente. Luego, como si no hubiera pasado nada, Miyagi se levantó, puso el manga en la estantería y salió de la habitación.
¿No vas a decir nada más?
En fin, da igual.
Me levanté y la seguí. Al entrar en el salón, me encontré a Miyagi sentada en su sitio de siempre. Ella solía preparar algo instantáneo o precocinado, pero esta vez me miró desde la cocina.
—Haz algo para cenar, Sendai-san.
No me podía creer lo que estaba oyendo. Ya había hecho karaage aquí una vez. Desde entonces habíamos cenado juntas muchas veces, pero siempre había rechazado que yo cocinara, así que no me esperaba oír eso.
—¿Tienes algo en la nevera?
Tenía mil cosas que decirle, pero me daba miedo que si hablaba demasiado Miyagi cambiara de opinión. Así que fui directa a la cocina sin decir más de lo necesario.
—Bueno, debería haber huevos.
Tal como dijo, había unos cuantos huevos en la nevera. Pero aparte de eso, no había mucho más. Supongo que podría hacer huevos fritos, tamagoyaki o una tortilla... Cocino a menudo para mí, pero no soy ninguna experta, así que esas eran las únicas recetas que me vinieron a la cabeza al ver los huevos.
¿Qué debería preparar?
Pensé mientras sacaba los huevos. Al final, me decidí por un tamagoyaki dulce.
Casqué los huevos en un cuenco. Quizá Miyagi los prefería salados, pero no me molesté en preguntar. Como no tenía una sartén cuadrada, usé una redonda normal. El tamagoyaki se hace rápido, así que estuvo listo enseguida. Al haberlo hecho en una sartén redonda, quedó un poco irregular y con algún toque tostado, pero tenía buena pinta.
—Venga, ya está listo.
Le puse el tamagoyaki y un cuenco de arroz delante. Puesto así en la mesa, parecía una cena un poco pobre, pero no había más ingredientes, así que no había otra opción.
—¡Qué aproveche! —dijo Miyagi juntando las manos y cogiendo los palillos.
Era normal que cenáramos juntas actuando como si no hubiera pasado nada en el cuarto, y hoy no fue una excepción. A pesar del trato tan duro que me había dado antes, me senté a su lado y empecé a comer.
Seguramente Miyagi creía que, hiciera lo que me hiciera, yo siempre acabaría perdonándola. Bueno, supongo que no iba muy desencaminada, teniendo en cuenta que soy la idiota que obedece voluntariamente hasta la última de sus órdenes y luego se queda a cenar con ella.
Miré de reojo. Miyagi comía en silencio. Me costaba creer que fuera la misma chica que me había atado y dado patadas hacía un rato.
—Oye, al menos dime qué te parece la comida.
—No me importaría que la hicieras otra vez algún día.
Venga ya. La última vez me dijiste que estaba delicioso.
Hoy no estaba siendo tan sincera conmigo. Aunque bueno, quizá esa era su forma indirecta de decirme que le había gustado mucho.
—Bueno, lo haré si me apetece —dije con el tono más pasota que pude mientras me metía otro trozo de tamagoyaki dulce en la boca.