[35–37] La que manda aquí soy yo, no tú, Sendai-san (Miyagi PoV)

Traducción fan al castellano de Shū ni Ichido Classmate o Kau Hanashi — Shuukura

HISTORIA SOBRE CÓMO COMPRABA A MI COMPAÑERA DE CLASE UNA VEZ A LA SEMANA


Capítulo 35

Mis notas de los exámenes parciales habían sido un desastre.

Nunca me ha gustado estudiar, y normalmente me ponía en serio justo antes de los exámenes con la esperanza de memorizar fórmulas matemáticas o fechas históricas. Obviamente, esta vez intenté hacer lo mismo, pero no había forma de que se me quedara nada en la cabeza. Por eso mis notas —que tampoco es que fueran gran cosa habitualmente— habían caído en picado.

Sendai-san tenía la culpa de todo. No pude concentrarme ni un segundo por culpa de lo que pasó antes de los exámenes.

Ahora que había llegado junio y nos habíamos puesto oficialmente el uniforme de verano, Sendai-san se dedicaba a hojear una revista a mi lado con una parsimonia que me desesperaba. En la portada se leían frases superficiales tipo "trucos para estar más mona" o "cómo perder peso". Se parecía mucho a la revista que la vi comprar aquella primera vez en la librería, cuando se olvidó el monedero y le di los 5.000 yenes.

No estaba muy segura de qué pensar de todo esto. Después de aquellos besos, Sendai-san —a la que ni siquiera consideraba mi amiga— había convertido nuestra relación en algo todavía más incomprensible.

«Solo será raro al principio».

Eso fue lo que había dicho ella, pero no parecía sentirse rara en absoluto, y eso que era la primera vez que la llamaba para venir desde que había pasado aquello. Quizá no debería haberlo hecho.

Dejé el manga que estaba leyendo en la estantería y saqué otro libro. Hoy no había pasado nada bueno. Pero tampoco nada malo. Aun así, por alguna razón, terminé llamando a Sendai-san. No quería que pensara que iba a dejar de avisarla solo por lo de los besos, y creía que sería capaz de actuar como si nada, pero ya estaba empezando a arrepentirme.

Le di un trago a mi refresco y me apoyé contra la cama. Como de costumbre, Sendai-san estaba pegada a mí. Normalmente se tumbaba encima de mi cama, pero hoy se había sentado justo a mi lado, como si perteneciera ahí.

—¿Te gustan este tipo de revistas?
—No, para nada.
—Llevas un rato mirando hacía aquí, así que he pensado que igual te interesaba.
—No te estaba mirando a ti, y me dan igual esas revistas.

Por la forma en que curvaba los labios supe que solo intentaba chincharme, así que le respondí de forma cortante.

—A mí tampoco me gustan mucho, la verdad.
—¿Aunque te molestes en comprarlas y leerlas?
—Sip. Me molesto en comprar revistas que ni siquiera me gustan.

Lo soltó como si fuera lo más normal del mundo mientras cerraba la revista. Podía entender por qué no las leía a fondo, pero se guardó el motivo de por qué las compraba. Aunque, sabiendo de quién era amiga, creo que podía hacerme una idea. Esos eslóganes llamativos que adornan las portadas parecían el tipo de vocabulario que le gustaba a Ibaraki-san.

Qué duro es ser una bienqueda.

Si Sendai-san se comportara así conmigo, quizá me resultaría más fácil estar con ella. Pero claro, si ese fuera el caso, no la habría invitado a mi casa tantas veces.

—Por cierto, ¿qué tal los exámenes? —preguntó Sendai-san mientras bebía un poco de té de cebada.

No quería admitir que mis notas habían sido horribles. Pero si me quedaba callada, iba a dar por hecho que me habían salido mal.

—Como siempre. ¿Y tú, Sendai-san?
—Lo mismo digo. ¿Qué nota media has sacado?
—¿Y por qué tengo que decírtelo? Además, si vas a preguntar eso, deberías decir la tuya primero.
—Vale, me da igual. Pásame la mochila, que he traído los exámenes que nos han devuelto hoy.

Sendai-san me tocó el brazo al decir eso. Como ya llevamos el uniforme de verano, las blusas eran de manga corta. Sin ninguna tela que me protegiera los brazos, pude sentir el calor de su piel contra la mía. Aunque yo era la que estaba más cerca de su mochila, el contacto de su mano —que parecía su forma de decirme que me diera prisa— hizo que se me tensara todo el cuerpo. Qué ridiculez.

Solté un pequeño suspiro mientras apartaba la mano de Sendai-san de un empujón.

—No necesito verlos. Ya sé que habrás sacado buenas notas.
—No han sido tan buenas. Normalitas.
—Lo que tú consideras "normal" seguramente sea lo que yo considero una notaza. —No es verdad. Venga, dame la mochila de una vez.

Sendai-san volvió a darme unos golpecitos en el brazo. Dudaba que nuestras notas le importaran lo más mínimo. Seguramente se lo estaba pasando en grande solo porque le había dicho que no quería ver las suyas. Siempre estaba igual.

Agarré la revista que Sendai-san tenía en el regazo y la tiré hacia su mochila.

—Ve a buscarla.

Y coge tu mochila de paso.

—Ok, vale. Es una orden, ¿no?

Por mucho que le hubiera dicho mil veces que respondiera solo con un "vale", Sendai-san nunca me hacía caso. Se levantó, cogió solo la revista, pero no me la devolvió.

—Oye, ¿y si te intentaras hacer un peinado como este?

Sendai-san hojeó la revista y me enseñó la foto de una chica con el pelo ondulado. El peinado era mono, pero no me pegaba nada.

—¿Quieres que te lo haga yo?

En cuanto estiró la mano hacia mí, me vino un recuerdo de golpe. Justo antes de besarnos, Sendai-san me había acariciado el pelo con los dedos. Con suavidad y delicadeza. Antes de que sus manos llegaran a tocarme, la corté en seco:

—No hace falta.

No sabía si lo hacía aposta o no, pero Sendai-san me estaba tocando mucho hoy. Me parecía que era cruel por hacer estas cosas; lo hacía a menudo. El día que nos besamos también se portó mal conmigo. Aunque dudaba de que sintiera algo por mí, no dejaba de presionarme para que le diera esas órdenes.

No creía que me odiara, ni que se estuviera burlando de mí o algo parecido, pero no entendía por qué Sendai-san insistía tanto en besarme. Aún así, había una cosa clara: Sendai-san me trataba bien. Yo también quería tocarla y, a diferencia de la Sendai-san que siempre fingía en el instituto, la de verdad no me desagradaba. Pero me frustraba muchísimo sentirme así.

Me quedé mirando a Sendai-san. Tenía el pelo castaño, pero no tan claro como para que los profesores le llamaran la atención. Entre los mechones, pude verle la oreja.

—No llevas pendientes, ¿eh? Pues eres de las típica que los llevaría.

El aspecto de Sendai-san no era precisamente llamativo, pero no me habría extrañado verla con pendientes. Ibaraki-san sí los llevaba y los profesores siempre le estaban echando la bronca.

—No querría que los profes me los vieran. ¿Tú te vas a hacer, Miyagi?
—No.

Respondí cortante. Al tirarle del lóbulo de la oreja —un sitio donde un pendiente no quedaría mal—, Sendai-san pareció un poco desconcertada. Deslicé los dedos por detrás de su oreja.

—Oye, eso da cosquillas.
—Pues no te muevas.

Hoy no iba a dejar que me manejara a su antojo. Iba a hacer lo que me diera la gana. Mientras pasaba el índice por detrás de su oreja, rozando suavemente la base, Sendai-san me agarró del brazo.

Capítulo 36

—¿No te he dicho que me da cosquillas?

Sendai-san no me prohibió directamente que la tocara. Sin embargo, su cara dejaba claro que no quería que lo hiciera, y me apartó la mano de su oreja.

—Y yo te he dicho que no te muevas.

No era una petición: era una orden. Sendai-san probablemente también lo sabía.

—Además, solo te he tocado la oreja. No me digas que... ¿es otro de tus puntos débiles?
Volví a tirarle del lóbulo.
—Deja de tirar tan fuerte. Duele.

Sendai-san no negó que fuera su punto débil, pero frunció el ceño. Aun así, lo único que cambió fue su expresión; no movió ni un músculo.

Deslicé los dedos por detrás de su oreja otra vez y noté cómo temblaba ligeramente. No dejó de fruncir el ceño, pero, a diferencia de antes, esta vez no me apartó la mano.

—Así me gusta. Limítate a obedecer mis órdenes.

Sentí un alivio inmenso al ver que Sendai-san hacía exactamente lo que yo decía. Esta era mi habitación. No tenía por qué sentirme inquieta, como si estuviera en casa de otra persona. Yo era la dueña de este sitio. No Sendai-san.

Mi corazón, que hasta ahora había sido un caos, empezó a calmarse a medida que nuestra relación volvía poco a poco a ser como antes.

Continué recorriendo el contorno de su oreja con el dedo. Sendai-san mantenía esa cara de pocos amigos, como si se hubiera quedado congelada.

Queriendo borrarle esa expresión, le metí el dedo en la oreja, lo que hizo que se sobresaltara al instante.

—¡Oye! —exclamó, pero yo seguí hurgando, como intentando hacerle cosquillas.

Sendai-san levantó la mano un momento, pero enseguida la bajó. Parecía decidida a cumplir la orden que le había dado antes, así que dejó de resistirse. Aproveché la oportunidad para seguir jugando con su oreja.

En el instituto Sendai-san siempre parecía tan calmada, que me divertía ver cómo aguantaba esto en silencio a pesar de lo mucho que le molestaba.

Supongo que las cosas que a mí me hacían gracia a ella le daban igual, y viceversa. No hacía falta decir que éramos polos opuestos sin nada en común. Era normal que no pudiera entender a alguien tan deslumbrante y popular como ella.

Deslicé los dedos desde la parte superior de su oreja hasta el cuello.

Sendai-san se estremeció.

—¿Te entretienes? —preguntó en voz baja mientras me agarraba del brazo, como si no pudiera aguantar más.
—Sí. Puedes resistirte si quieras.

Sendai-san me lanzó una mirada desafiante. Esa era la cara que mejor le quedaba. Al ver ese brillo de rabia en sus ojos, sentí que estaba a punto de perder el control.

—¿Puedes parar ya?
—No.

Rechacé su petición con una sola palabra y le aparté la mano de un sacudida. Luego, le tiré de la oreja para atraer su cuerpo hacia mí.

—¡Miyagi, eso duele!

Normal que doliera.

Su reacción era lógica, teniendo en cuenta que estaba tirando con fuerza suficiente para hacerle daño. Satisfecha con lo que había hecho, acorté un poco más la distancia entre las dos. Ahora Sendai-san estaba tan cerca como cuando nos habíamos besado.

Pum-pum.

Por alguna razón, mi corazón estaba malinterpretando lo que sentía por ella como algo positivo.

Fingiendo que no me daba cuenta de lo rápido que me iba el pulso, pegué mis labios a su oreja. Una fragancia dulce y floral me hizo cosquillas en la nariz. Era el mismo olor que siempre se quedaba en mi almohada cuando ella venía; un olor que no me disgustaba especialmente.

¿Qué tipo de champú usará?

Mientras me distraía con esa pregunta que ya me había hecho varias veces, le rocé suavemente la oreja con la punta de la lengua.

—¡Oye, que te he dicho que me da cosquillas! —exclamó mientras me empujaba por los hombros.

Aun así, se notaba que seguía teniendo en cuenta mi orden, porque no usó demasiada fuerza. Cuando le mordisqueé suavemente el cartílago, Sendai-san tembló; su reacción me pareció bastante dramática.

—¿No ha sido ya suficiente?
—No.
—¿Cómo que no? Te estoy diciendo que pares.
—Senda... —susurré en su oreja, pero me detuve a medias.

Luego, cambié lo que iba a decir.

—Cállate, Hazuki.

En esta habitación, Sendai-san ya me había llamado por mi nombre de pila una vez, así que quería vengarme. No había ningún significado oculto detrás.

El único vínculo entre nosotras era nuestro trato. Nuestra relación consistía en eso, ni más ni menos. Se había decidido así desde el momento en que le entregué aquel billete de 5.000 yenes. Nuestro tiempo juntas era limitado; el contrato que nos unía nació por capricho, así que acabaría igual. Como mucho, estaríamos juntas hasta la graduación. No pasaría de ahí.

Con eso me bastaba. No deseaba nada más. Por eso, llamarla por su nombre no me pareció nada especial.

Presioné mis labios contra la parte inferior de su oreja. Sendai-san me tocó la espalda un momento antes de apartar la mano rápido. Mientras le recorría la piel suave con la lengua, oí un leve suspiro. Su aliento me hizo cosquillas en el cuello, así que le devolví la jugada pasándole la lengua por detrás de la oreja.

—Eso da asco, Miyagi.

Su voz mantenía el tono de siempre, pero empezaba a sonar un poco agitada. Noté que mi propio corazón también iba cada vez más rápido.

No debería seguir.

Intenté razonar conmigo misma, pero me dejé llevar por el ritmo acelerado de mis latidos, un sonido que no era capaz de ignorar.

Dejé caer el peso de mi cuerpo sobre Sendai-san y la empujé hacia abajo. Me sorprendió lo fácil que fue que su espalda tocara el suelo. Intenté morderle la oreja otra vez, pero esta vez me apartó con fuerza.

—Si sigues, estarás rompiendo las reglas.
—No creo que esté rompiendo nada —protesté, alejándome un poco.

Sendai-san me apartó a un lado mientras se incorporaba.

—Lo que estabas haciendo era prácticamente pasarse de la raya.
—Espera, ¿no me estarás diciendo que me he pasado porque en realidad estabas disfrutando?

Pregunté en tono de burla. Limpiándose la oreja, Sendai-san se levantó con cara de pocos amigos.

—No digas tonterías. Solo te digo que no me tumbes así —dijo mientras me soltaba una patada en el muslo sin cortarse un pelo—.

—Oye, Miyagi.
—¿Qué?
—Si quieres, puedes seguir llamándome por mi nombre.
—No voy a llamarte así más.

Respondí mientras me apoyaba de espaldas contra la cama. Me soltó un almohadazo. Aunque no me dolió, exageré y grité: "¡Ay, duele!", pero en vez de pedir perdón, me dio otro golpe con la almohada.

—Eres tan aburrida, Miyagi.

Su suave murmullo sí sonó realmente aburrido.

Capítulo 37

En la pizarra estaba escrita la lección de Historia Universal y, como siempre, Tigrehashi iba con su inconfundible traje azul. No me interesaba lo más mínimo su tostón sobre el auge y la caída de naciones antiguas, así que sus palabras me entraban por un oído y me salían por el otro.

Las cosas casi nunca salían como yo quería. Por mucho que le mandara cosas solo para chincharla, a ella el fastidio le duraba nada y menos. Al final, la única que se quedaba rayada y con las emociones por los suelos era yo, con la sensación de que todo podía desaparecer de golpe. Eso no era lo que buscaba.

Pasé la página del libro de texto.

La respiración de Sendai-san. Su fragancia dulce. La sensación de su oreja suave y el hueso duro. Y, por último, el ligero rubor de sus mejillas.

No podía evitar darle vueltas a lo que pasó ayer. Era incapaz de guardar esos recuerdos en un compartimento cerrado de mi mente. Por eso, ahora mi cabeza estaba irremediablemente llena de pensamientos sobre Sendai-san.

Es extraño.

Ya le había hecho cosas parecidas antes. Le había hecho chupetones y le había mordido en el cuello en otras ocasiones. Lo de ayer no fue tan distinto. Sin embargo, el recuerdo seguía ahí, volviéndose más nítido a cada segundo. Últimamente no podía pensar en otra cosa.

Cuando Sendai-san estaba de por medio, nunca salía nada bueno. Aunque nuestro trato empezó por puro capricho, últimamente nuestra relación ha empezado a sentirse demasiado intensa.

Saqué del estuche la goma de borrar que Sendai-san se dejó en mi habitación el otro día. La goma, que había ido pasando de mano en mano entre nosotras, no tenía ni una señal de que se hubiera usado. No era el típico objeto por el que alguien se molestaría en desviarse para devolverlo.

Si Sendai-san no me hubiera buscado en el instituto aquel día, nuestra relación podría haber terminado ahí mismo. No habríamos acabado besándonos y ahora mi mente no estaría llena de ella cuando en realidad debería estar concentrada en clase.

—¡Oye, no te quedes en las nubes! Mantén aquí tu atención.

Las palabras de Tigrehashi sonaron como si fueran dirigidas a mí, lo que me hizo levantar la cabeza con miedo. Sin embargo, resultó que estaba regañando a un chico sentado tres filas más adelante, al que también le había pedido que respondiera a una pregunta bastante difícil.

Menos mal, hoy no me ha tocado a mí.

Tras librarme de la ira de Tigrehashi, saqué otra goma del estuche y empecé a borrar algo que había escrito en mi cuaderno para parecer ocupada, aunque realmente no necesitaba borrar nada. Mientras tanto, la pregunta que Tigrehashi le había lanzado al chico seguía sin respuesta.

Volví a escribir lo que había borrado antes, copiando lo que estaba en la pizarra. Luego, volví a guardar en el estuche la goma que me devolvió Sendai-san. A medida que se acercaba el final de las clases, el número de objetivos de Tigrehashi aumentaba, pero milagrosamente logré evitar ser uno de ellos hoy.

En cuanto terminó la tutoría, Maika se acercó a mi mesa.

—Ostras, ya es casualidad que el pronóstico del tiempo haya fallado hoy. Tenía la esperanza de que cancelaran el entrenamiento para el festival deportivo. —dijo con tono decepcionado.
—Yo también pensaba que lo cancelarían. Estos entrenamientos conjuntos son un coñazo.

Aunque en las noticias de la mañana habían avisado de que lleváramos paraguas, y aunque el cielo estaba cubierto, fuera no llovía.

—¿De verdad tenían que hacer que nos quedáramos al terminar? ¿No podrían haberlo hecho en alguna hora de clase?

Ami se quejó, lanzando una mirada fulminante al cielo, mientras expresaba su fastidio por tener que participar en el entrenamiento para el próximo festival. "Solo quiero irme ya a casa", añadió.

—Bueno, por mucho que nos quejemos no lo van a cancelar, así que mejor vamos yendo antes de que algún profesor se cabree.
—Ya, supongo que tienes razón.

Asentí, claudicando a regañadientes ante la propuesta de Maika. Me levanté, cogí la bolsa de deporte y me uní a ellas para salir de clase. Mientras recorríamos el pasillo, Ami iba soltando perlas tipo "es que no me apetece nada", y Maika le daba la razón a cada paso. Aun así, por mucho que se quejara, el tiempo no iba a cambiar por ella, así que pusimos rumbo a las pistas.

El patio, que normalmente era bastante espacioso, hoy agobiaba un poco por culpa del entrenamiento conjunto. Pero, de alguna forma, me las arreglé para localizar a Sendai-san entre la multitud sin tener que buscarla. Su clase no parecía haber formado todavía.

Teniendo en cuenta que estábamos organizados por curso y grupo, era prácticamente inevitable que no me acabara fijándo en ella, ya que era de la clase de al lado. Del mismo modo, ver a Ibaraki-san, que estaba a su lado, también era inevitable.

Sendai-san llamaba la atención, pero Ibaraki-san destacaba aún más. Era imposible pasar por alto su pelo teñido de castaño y el uniforme de gimnasia totalmente desaliñado. Con varios piercings y las uñas meticulosamente cuidadas, desprendía un aire de invencibilidad en el instituto. Siempre iba acompañada de un grupo de amigos que parecían compartir su estilo y actitud, creando la impresión de que pertenecían a un mundo totalmente distinto al del resto de nosotros.

Sin embargo, al observar a Ibaraki-san, que parecía estar pasándoselo bien hablando con un chico, no pude evitar sentir que ella y Sendai-san no pegaban nada. No tenía ni idea de por qué esas dos siquiera se juntaban. Cuando las veía desde lejos, me parecían amigas que tenían mucho en común, pero mi impresión había cambiado desde entonces. Sendai-san no parecía compartir los mismos intereses que Ibaraki-san.

—Oye, Shiori, ¿en qué estás pensando con esa cara de empanada?
—¿Eh? Ah, solo pensaba en lo bien que estaría que termináramos rápido.

Maika me tocó el hombro y aparté la vista de Sendai-san.

—¿Terminar? Ojalá. Si ni siquiera hemos empezado. Anda, mira, ¿esa de ahí es Ibaraki-san? Pensaba que solía saltarse estas cosas.
—¿Igual le preocupa que le afecte al expediente? —dijo Ami soltando una risita.
—¿Le preocupa ahora? —preguntó Maika con curiosidad.
—Más vale tarde que nunca, ¿no?

—Bueno, supongo que es verdad. Ah, por cierto, Shiori. ¿Ha pasado algo más entre Sendai-san y tú desde aquello?

Maika preguntó con una voz llena de expectación, mientras desviaba la mirada de Ibaraki-san hacia Sendai-san. Ami se unió con un "¡yo también quiero saberlo!", mientras me agarraba del brazo.

El otro día, Sendai-san había venido a clase a buscarme. Ese incidente había sido un shock para Maika y Ami. Desde entonces, siempre sacaban el tema de Sendai-san en nuestras conversaciones. Básicamente, el hecho de que Sendai-san se hubiera molestado en buscarme en el instituto había despertado su curiosidad.

Intenté quitármelas de encima inventando lo que creía que era una excusa creíble, pero que siguieran dándome la tabarra con ella significaba que no estaban convencidas. Por sus caras, era obvio que esperaban oír algo más interesante. No pude evitar suspirar.

—¿Qué queréis decir?
—Venga ya, sabes perfectamente lo que te estoy preguntando. —respondió Maika, como si fuera obvio que algo había pasado.
—Para nada. Además, no es que tengamos nada que ver la una con la otra.
—Mmm, ¿seguro?

Oír a Maika sonar tan convencida hizo que mi corazón se sintiera un poco mal. Pero solo un poco. Realmente no era para tanto.

—En serio, habría sido genial que pudiéramos hacer el festival deportivo sobre la marcha sin tener que practicar nada —se quejó Maika mientras se ponía de cuclillas en el suelo, pareciendo haber perdido el interés en hablar de Sendai-san.
—¿Verdad? Hoy deberían haber cancelado el entrenamiento aunque no llueva —respondí mientras volvía a mirar de reojo a Sendai-san.

No sabía de qué estaban hablando, pero ella e Ibaraki-san se estaban riendo de algo. Como era de esperar, ella no me miró ni una sola vez.

Desde que pasamos a tercero, me resultaba cada vez más difícil gestionar lo que sentía por Sendai-san. Siempre había creído que mis sentimientos iban a un ritmo tranquilo, pero antes de que me diera cuenta, se habían acelerado a toda velocidad, hasta el punto de que tenía miedo de chocar contra algo. Sentía que mi sentido de la razón se había quedado a un lado y ya no servía para nada.

Tenía que dejar ir estos sentimientos que tenía por Sendai-san. De lo contrario, nuestra relación podría volverse aún más complicada. Sabía lo que tenía que hacer. Lo sabía perfectamente y, sin embargo, una parte de mí quería seguir dándole órdenes para siempre.

Quería que me escuchara.
Que me obedeciera.
Que se rindiera a mí.

―― Esto es una estupidez.

Miré hacia el cielo. La primera vez que le di a Sendai-san los 5.000 yenes en la librería, el cielo se veía tan indeciso como ahora. Por aquel entonces acababa de terminar la temporada de lluvias, así que casi había pasado un año desde entonces. ¿Qué estaba haciendo yo por estas fechas el año pasado? Intenté recordarlo, pero mi memoria estaba borrosa.

—Oye, que ya toca formar —dijo Maika dándome un toque en la espalda, sacándome de mis pensamientos.

Bueno, si había algo que sí recordaba, era que el festival deportivo del año pasado fue un aburrimiento total.


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