Capítulo 45
Quiero ver a Miyagi en vacaciones.
Sinceramente, no estaba del todo segura de si eso era lo que sentía de verdad, pero al ofrecerme como su profesora particular durante el verano, esa fue la impresión que di. No me arrepentía de mis palabras, aunque me preguntaba por qué las había soltado.
Además, llamarme a mí misma "profesora" de alguien que está en mi mismo curso me hacía sentir un poco prepotente.
Por si fuera poco, seguro que había dado la impresión de ser una avariciosa que solo se movía por dinero.
Me metí más en el agua caliente de la bañera, dejando solo la cabeza fuera.
—Eres idiota, Miyagi...
Mi queja resonó en todo el baño.
Mañana era el primer día de las vacaciones de verano y aún no sabía nada de ella. Debería habérmelo imaginado. Sabía que, para empezar, no le hacía ninguna gracia eso de contratar a un profesor particular.
Habíamos quedado en no vernos los días libres, así que no me habría sorprendido que Miyagi rechazara mi propuesta. Pero tenía curiosidad por ver cómo reaccionaba a la propuesta que había hecho de la nada.
Prefería que me vieran como a una buena persona antes que como a alguien malo, y prefería caer bien a que me despreciaran.
"Sendai Hazuki" vivía bajo principios claros y fáciles de entender. Me esforzaba por comportarme así también con Miyagi, aunque tenía mis dudas sobre cómo me veía ella. Aun así, lo último que quería era que malinterpretara mis intenciones al proponerle aquello.
El dinero era el eje central de nuestra relación. Reconocía que mi vínculo con Miyagi era simplemente eso, ni más ni menos. Intentaba aceptarlo tal cual, pero había momentos en los que sentía una punzada de culpa por aceptar dinero de una compañera de clase. Ese billete de 5.000 yenes que siempre había entre nosotras era algo que no terminaba de encajarme.
A medida que mi conexión con Miyagi se hacía más fuerte, la importancia de ese billete se volvía más evidente. Sin embargo, me había acostumbrado tanto a nuestras citas semanales o quincenales que no verla me hacía sentir inquieta. Había llegado a un punto en el que empezaba a preocuparme si no sabía nada de ella.
Para ser honesta, sabía que no debería pasar tiempo con Miyagi durante las vacaciones.
Últimamente notaba que mis emociones me estaban ganando la partida. Era importante que nos tomáramos un tiempo separadas. Dedicando tiempo a otras cosas, quizá sería capaz de recuperar mi lado racional, ese que perdí en algún momento, y volver a ganar mi compostura.
Bueno, si lo mejor para nosotras es no vernos en vacaciones, supongo que da igual si me responde o no.
Bajé la mirada.
Se veía una pequeña marca en mi pecho.
¿No tienes lo que hay que tener para desnudarme pero sí para dejarme un chupetón?
Miyagi era una persona rarísima.
Siempre salía con ideas extrañas. Incluso cuando yo me quejaba, ella acababa haciendo lo que quería de todas formas, y a mí tampoco me apetecía ponerme a discutir. Pero sí que me arrepentía de haber dejado que me marcara.
Ver estos recordatorios de Miyagi me obligaba a pensar en ella aunque no quisiera, y me ponía a darle vueltas a las últimas cosas que habíamos hecho juntas. Por eso me daba pereza salir del baño; tenía miedo de mirar el móvil y no encontrar ni un solo mensaje suyo.
Espero que el chupetón desaparezca pronto...
Las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina. Iría a la academia y pasaría tiempo con Umina y las demás. Mi horario estaba más apretado que el año pasado, así que no podía seguir obsesionada con Miyagi.
—No puedo aguantar más aquí dentro. Hace demasiado calor.
Salí de la bañera y me fui a secar al vestidor. Una vez que tuve el pelo seco, bajé a la cocina, que estaba en penumbra. Cogí una bebida isotónica de la nevera antes de volver a mi cuarto.
Miré el móvil que estaba sobre el escritorio y vi una luz parpadeando: tenía mensajes sin leer.
Qué palo.
Ya pasaba de medianoche.
Las únicas que me escribirían a estas horas serían Umina o Mariko. Lo más probable es que quisieran hacer planes para algún karaoke o un mixer*. Hoy en el insti habían estado hablando de lo que harían mañana y los días siguientes, así que seguro que era eso.
Umina mencionó que sus padres la habían obligado a ir a una academia en verano y que estaba pensando en buscarse un curro a tiempo parcial. Mariko también se había apuntado a una academia. Aun así, las dos insistían en que no podían vivir sin sus sesiones de karaoke o los mixers.
Me apetecía pasar tiempo con el grupo, pero no me entusiasmaba mucho lo de los mixers. Los tíos que traían Umina y Mariko solían ser guapos, pero no tenían personalidad.
Cogí el móvil y me senté en la cama.
Tal como predije, al mirar la pantalla aparecieron los nombres de Umina y Mariko con mensajes exactamente iguales a lo que esperaba.
Seguro que puedo escaquearme de algunas invitaciones usando la excusa de que este año estoy a tope con la academia.
Justo en ese momento, me fijé mejor en la pantalla y vi que tenía un mensaje sin leer de Miyagi.
«Ven los lunes, miércoles y viernes. Dime a qué horas estás libre. Y avísame antes de venir.»
Al parecer, el mensaje había llegado poco antes de medianoche, lo que significaba que técnicamente había enviado su respuesta justo antes de que empezaran las vacaciones de verano. Había seguido a rajatabla las condiciones que yo puse y, antes incluso de responder a Umina o a Mariko, le contesté a Miyagi para confirmar los planes.
Iba a ver a Miyagi tres veces por semana.
Reconocía que no era una buena idea. Aun así, tenía curiosidad por ver cómo irían las cosas, sobre todo porque nos íbamos a ver más a menudo que nunca. Una parte de mí se alegraba de tener algo con lo que ocupar mi tiempo libre aparte de la academia o de salir con Umina y Mariko.
La verdad es que no me hacía mucha ilusión lo de la academia.
Los profesores se lo tomaban en serio, sus explicaciones eran claras y gracias a eso mis notas habían mejorado. Me gustaba resolver problemas que antes no sabía hacer y ver cómo subían mis puntuaciones era guay. Me gustaba ver los resultados inmediatos de mi esfuerzo.
Sin embargo, hacía tiempo que sabía que, por mucho que me esforzara en la academia, mis notas nunca llegarían al nivel necesario para entrar en la universidad a la que mis padres aspiraban que fuera. La razón por la que no me motivaba la academia en vacaciones era porque no me quedaba otra que ir.
Aunque mis notas me permitieran entrar en escuelas excelentes, para mí no significaba gran cosa.
Respondí a los mensajes de Umina y Mariko. Los adorné un poco, intentando que mis respuestas encajaran con la Hazuki Sendai que conocían en el instituto. Eso sí, solo acepté los planes en los que no había mixers; ese tema lo dejé en pausa de momento.
Desde que empecé a relacionarme con Miyagi, me he dado cuenta de lo mucho que me importa lo que los demás piensen de mí, y me raya.
Con quien más cómoda me siento es con Miyagi. Con ella puedo ser yo misma, y en su habitación estaba más a gusto que en la mía. Pero no quería sentirme así, por eso tenía sentimientos encontrados.
Según el horario que envió Miyagi, nuestra primera sesión sería el miércoles. Iría a la academia por la mañana y luego directa a casa de Miyagi por la tarde. Solo íbamos a estudiar, pero no podía evitar desear que el miércoles llegara cuanto antes.
Capítulo 46
Al volver de la academia, almorcé y le envié un mensaje a Miyagi. A diferencia de mi rutina habitual de ir directa desde el instituto, esta vez salía de mi propia casa.
Caminando por las calles en una tarde de verano asfixiante, decidí refugiarme en las zonas de sombra. El sol pegaba con una fuerza que hacía difícil creer que fuera el mismo cielo que no paraba de soltar agua durante la temporada de lluvias.
El trayecto hasta casa de Miyagi, que era una caminata de unos quince o veinte minutos, se me hizo eternamente largo.
Si hubiera sido la yo de hace un año, me habría dado la vuelta, pero la yo de hoy consiguió llegar al apartamento de Miyagi sin soltar ni una queja sobre el tiempo. Tras llamar al timbre del edificio, cogí el ascensor hasta el sexto piso y recorrí el pasillo hasta su puerta. Cuando llamé al interfono de la entrada, abrió casi al instante.
—Es la primera vez que te veo así.
Ahora que habían empezado las vacaciones, me fijé en que llevaba una ropa distinta a la que estaba acostumbrada a verle, así que no pude evitar decir lo que pensaba en voz alta.
—¿Así cómo?
—Es la primera vez que te veo con ropa de calle.
Llevaba una camiseta y unos vaqueros.
La Miyagi que me recibió no iba en pijama ni con nada elegante; simplemente había elegido algo cómodo para estar en casa. Se la veía relajada e informal, muy distinta a lo que solía aparentar con el uniforme escolar.
Se me escapó un pequeño suspiro al asimilar esta nueva cara de Miyagi, una que no estaba acostumbrada a ver.
—Tú también vas de calle hoy, Sendai-san.
—Ah, sí, supongo que es verdad.
Mis únicos planes para hoy eran ir a la academia y darle clase a Miyagi. No había razón para arreglarse, así que elegí algo sencillo: una blusa y unos pantalones cortos.
—Tus piernas son bastante largas —dijo Miyagi mientras me miraba fijamente.
—Sabes que soltarme cumplidos no te llevará a ningún sitio, ¿verdad?
—No te estaba halagando. Solo era una observación.
Miyagi respondió cortante antes de entrar en su apartamento. Como siempre, la seguí de cerca hasta su habitación. Una vez dentro, me entregó un billete de 5.000 yenes.
—Toma, tu paga. Esto incluye la sesión de hoy y la del viernes.
—Podrías pagarme cuando termine la semana, sin más.
—Así es más difícil de recordar. Me resulta mucho más fácil si te pago al principio de cada semana, así que cógelo.
Habíamos quedado en tres sesiones de clase a la semana.
Yo prefería que me pagara después de las clases en lugar de antes; me sentía más cómoda así. Pero Miyagi tenía otra perspectiva e insistía en pagar por adelantado. Además, prefería un pago semanal en lugar de pagar por sesión.
—Nuestras vacaciones empezaron después del lunes, así que esta semana solo haremos dos sesiones. 5.000 yenes es demasiado.
—Es un rollo hacerlo de otra forma. Quédatelo —dijo Miyagi, como si no tuviera intención de seguir con el tema.
Me dio el billete y se sentó a la mesa, abriendo su libro de texto.
—Ok, gracias.
Me había dado cuenta de que discutir con ella era inútil. Su cabezonería era increíble; era una batalla perdida que solo me quitaría tiempo y energía. Así que, sin protestar, acepté el dinero y guardé el billete en el monedero.
El libro que tenía abierto en el escritorio era de inglés, y al lado había montones de hojas y fichas que le habían mandado de deberes.
—Muy bien, sensei. ¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó Miyagi con apatía.
Al mirarla, se le veía una falta de motivación absoluta grabada en la cara.
Vas a saltarte todas las preguntas que no se te den bien para que te las conteste yo, ¿verdad?
Aunque estábamos en clases distintas, nuestras tareas eran casi idénticas. Aunque ahorraríamos tiempo si yo le hiciera todos los deberes, no tenía sentido. No pretendía ser una profesora particular de verdad, pero sí quería ayudar a Miyagi con las partes que le costaba pillar.
—Bueno, obviamente vamos a estudiar juntas. Y no me llames «sensei».
—¿A que suena bien, Sendai-sensei?
—Tampoco es que me veas como a una profesora de verdad. Y sé sincera conmigo, no tienes ningunas ganas de estudiar, ¿verdad?
—¿Es que hay alguien que sí tenga?
Entonces, ¿por qué aceptaste mi propuesta de darte clase para empezar?
Me guardé las palabras que estaba a punto de decir.
Tenía curiosidad por su respuesta, pero ahora no era el momento de preguntar. Si lo hacía, Miyagi podría cambiar de opinión o, peor aún, podría preguntarme a mí por qué me ofreció voluntaria para esto.
—Por ahora, empieza con los deberes.
Cogí una de las fichas y la puse delante de Miyagi.
—Me los vas a hacer tú, ¿verdad, Sendai-sensei?
—No, los vas a hacer tú solita. Pero te explicaré las partes donde te quedes atascada.
—Ok, vale —respondió Miyagi, usando las mismas palabras que solía usar yo, antes de centrar su atención en la ficha que tenía delante.
Saqué mis propios deberes, los puse en la mesa y me puse a trabajar. La habitación se quedó en silencio y miré de reojo. A pesar de las quejas iniciales, Miyagi estaba trabajando en serio. Al echar un vistazo a su ficha vi un par de errores y anoté mentalmente lo que le enseñaría más tarde. Luego volví a lo mío.
Hoy era mi primera visita a su cuarto en un día donde no teníamos clases, pero no se sentía tan distinto de nuestra rutina habitual. Miyagi me había dado los 5.000 yenes y se había sentado a mi lado, como siempre hacía. Pero el hecho de que fuéramos a vernos durante todas las vacaciones era la prueba de que Miyagi y yo estábamos más cerca que nunca.
No parecía tener mucho sentido estrechar lazos con ella, sobre todo porque acabaríamos separándonos tras la graduación la próxima primavera. Y aun así, por alguna razón, hoy había decidido venir hasta su casa. Aunque me intrigaba cómo era Miyagi y su cuarto me hacía sentir mejor que ningún otro sitio, no podía quitarme la sensación de que estaba metiéndome en terreno peligroso.
Pero a pesar de todo, seguía eligiendo venir aquí.
Realmente odiaba esa parte de mí misma. Era como darme un problema que no tenía solución; me dolía la cabeza cada vez que lo pensaba.
—Miyagi, ¿qué planes tienes para mañana? —pregunté, intentando sacudirme esa sensación rara que no pegaba nada con el ambiente de las vacaciones.
—¿Eh?
—¿Vas a hacer algo mañana?
—¿Por qué tengo que contártelo? —preguntó Miyagi mientras levantaba la cabeza para mirarme.
—No tienes que contarme nada, solo intentaba sacar un tema de conversación.
—... Voy a quedar con Maika y otra amiga.
O sea, Utsunomiya y alguien más. Probablemente hablaba de la otra chica de su grupo, con la que pasaba tiempo desde que empezaron tercero.
—¿Y a dónde pensáis ir?
—No sé. A cualquier sitio. Sendai-san, empiezas a sonar como mi madre o algo así.
—No creo que sea tan metomentodo como una madre.
En realidad no intentaba sacarle información sobre sus planes.
Antes de que empezaran las vacaciones, recordaba que a Miyagi no le hacían mucha ilusión, pero mencionó que tenía planes, así que pensé en sacarlo como tema de charla, sin más. Pero no me hizo gracia que me comparara con una madre entrometida. En todo caso, Miyagi era la que se portaba como una niña rebelde. Solo estaba intentando charlar con preguntas tontas, pero en lugar de responder, ella solo se quejaba. Antes de que pudiera decir nada más, Miyagi me interrumpió:
—No, lo eres totalmente.
—¿Qué tiene de malo charlar un poco? —preguntó, dándole un toquecito en el brazo con el lápiz.
—Voy a volver a los deberes, así que deja de molestar.
Miyagi empezó a mover el lápiz por la ficha. No pasaron ni diez minutos antes de que lo soltara.
—Sabes qué, paso de estudiar. Toma, termíname esto tú, Sendai-san.
—Hazlo tú. No llevamos ni una hora.
—La próxima vez me esforzaré más.
—Vale, pero al menos corrige los fallos que has tenido y yo haré el resto.
—¿Qué fallos?
—Para empezar, tienes esto y esto mal. Y he visto algunos más por ahí.
Mientras le señalaba las preguntas que había respondido mal, Miyagi contó el número de errores y frunció el ceño. Aun así, mi oferta debió de parecerle tentadora, porque empezó a borrar todas las respuestas incorrectas. Le di un par de consejos sobre cómo resolverlas bien y, al poco rato, había conseguido arreglarlas todas.
—Yo me encargo del resto, así que mientras tanto, ponte con los deberes de las asignaturas que se te den bien. Podrás copiar lo que yo escriba cuando termine.
—... Al final voy a seguir haciendo deberes, ¿eh?
—Pues claro.
En cuanto a las fichas en las que yo estaba trabajando, no iba a dejar que Miyagi las copiara tal cual. No pensaba decírselo ahora, pero mi intención era que intentara resolver los problemas por su cuenta hasta cierto punto.
Seguramente no se esperaba que de repente me pusiera en plan profesora de verdad. Puso cara de fastidio mientras empezaba con los deberes de las otras asignaturas.
Obviamente, solo podíamos avanzar una cantidad limitada en un solo día. Pasó bastante tiempo mientras yo seguía con las tareas de Miyagi.
—¿Te quedas a cenar? —preguntó Miyagi mientras yo miraba los numerosos folios repartidos por la mesa.
Me sorprendió un poco su pregunta, no me esperaba que se ofreciera a darme de cenar en vacaciones. Aunque la comida probablemente sería la de siempre: algo instantáneo o congelado. De todas formas, comer aquí era mucho mejor que comer en mi casa.
—Sip, me quedaré a comer algo.
Tras oír mi respuesta, Miyagi fue directa a la cocina. Yo fui detrás y me senté en un taburete de la barra americana. En silencio, observé lo que hacía en la cocina mientras sumergía una bolsa plateada en agua hirviendo, convirtiéndola finalmente en una ración de curry.
Las dos juntamos las manos y dijimos: «¡Qué aproveche!», antes de hincarle el diente a la cena.
—Comer comida instantánea de vez en cuando está bien, pero deberías aprender a cocinar por tu cuenta alguna vez —dije mientras el curry —que sorprendentemente sabía mejor que el típico de sobre— se asentaba en mi estómago.
—¿Qué tiene de malo el curry de sobre? Además, cocinar es un rollo.
—Dices que es un rollo, pero lo que quieres decir es que no sabes cocinar, ¿verdad?
—Si eso es lo que piensas, pues cocina tú algo para mí, Sendai-san.
—Vale. Siempre y cuando tú prepares los ingredientes.
Me sentía culpable por recibir siempre comida gratis, así que pensé que lo justo era contribuir de alguna forma. Tanto si a Miyagi le parecía rico como si no, yo podía preparar un plato sencillo rápido. Sin embargo, la persona que propuso la idea respondió con algo ambiguo.
—Solo si me apetece.
Supongo que eso significa que no lo va a hacer.
Suspiré con la respuesta a medias de Miyagi antes de llevarme otro bocado de curry a la boca.
Cenar juntas en silencio significaba que terminábamos rápido. Después de ayudar a recoger los platos, me quedé mirando por la ventana mientras me tomaba una taza de té.
Como hoy no teníamos clase, llegué a casa de Miyagi antes de lo habitual, y también cenamos antes. Aun así, el cielo que se veía por las cortinas de encaje estaba oscuro y las farolas brillaban como faros.
—Tengo que irme a casa ya.
Nadie decía nada cuando llegaba tarde, pero eso no significaba que pudiera quedarme aquí para siempre. Cogí mi bolso del cuarto de Miyagi y fui hacia la entrada. Mientras me ponía los zapatos, oí la voz de Miyagi detrás de mí.
—¿Mañana también vas a la academia, Sendai-san?
—Sí, y no solo mañana.
Mientras yo estuviera en la academia, Miyagi estaría por ahí con sus amigas. No es que los alumnos de tercero tuviéramos que estudiar cada santo día solo porque se acercaran los exámenes. Aun así, por alguna razón, me fastidiaba pensar en Miyagi saliendo con sus amigas, aunque no tuviera nada de malo.
Empecé a abrir la puerta principal pero me detuve de golpe.
Me di la vuelta y agarré a Miyagi por la muñeca.
—¿Qué? —Tenía cara de desconfianza.
Ignorándola, tiré de ella hacia mí y puse mis labios en su cuello. Ya habíamos llegado a besarnos antes, pero incluso esto hacía que se me acelerara el corazón. Miyagi intentaba apartarme empujándome por los hombros.
Pero no podía contenerme.
Aunque no había planeado hacer nada parecido, presioné mis labios contra su cuello y succioné, pero no lo bastante fuerte como para dejar marca.
Su cuello se sentía suave bajo mis labios. El olor de su champú mezclado con el sudor de Miyagi me hizo cosquillas en la nariz. Tras separar mis labios de su cuello, los rozé ligeramente contra su piel una vez más antes de levantar la cabeza despacio.
Se me escapó un leve suspiro al darme cuenta de lo absurdo de mis actos. Hacía calor allí en la entrada sin aire acondicionado, y mi mano sujetando la muñeca de Miyagi estaba un poco sudada.
—¿No te dije que no hicieras nada raro? —dijo Miyagi con firmeza mientras se soltaba de un tirón.
—Solo te he tocado un poco. Además, no he dejado marca, así que no creo que sea tan raro.
—No me refería a eso.
—Mira, no solo te he ayudado a estudiar hoy, sino que también te he hecho los deberes, así que... —dije, intentando inventar cualquier excusa que decirle a Miyagi.
—... ¿Cómo es que me entero ahora de esta regla?
—Pues porque no te la había contado.
—Deja de inventarte reglas nuevas. Además, estoy segura de que he terminado casi todos mis deberes yo sola.
—Pero ha habido partes que has tenido que copiar de mí, ¿verdad? —repliqué, defendiendo la excusa barata que se me había ocurrido sobre la marcha mientras abría la puerta.
Miyagi me siguió refunfuñando mientras salíamos al pasillo y entrábamos juntas en el ascensor. Bajamos a la planta baja y caminamos juntas hasta la entrada del edificio.
—Nos vemos —dije antes de salir.
—Adiós —respondió Miyagi de mal humor.
A diferencia de antes, ahora tenía claro cuándo volvería. Nos veríamos de nuevo el viernes, sin necesidad de que Miyagi diera el primer paso. No necesitábamos hacer planes antes de irme: las dos sabíamos que nos veríamos pasado mañana.
Capítulo 47
Vernos día sí, día no, tenía algo de irritante.
La razón era que hoy había tenido demasiado tiempo libre para darle vueltas a lo que pasó ayer.
Cuanto más lo pensaba, más se me grababa en la memoria. Funcionaba igual que con el estudio: se quedaba conmigo en el trayecto a la academia, al volver, mientras me bañaba e incluso al meterme en la cama antes de dormir.
Miyagi encontraba mil momentos para colarse en mi cabeza. Y ahora, aunque era viernes, no podía evitar preguntarme qué habría estado haciendo ella ayer.
No hay tantas cosas que una estudiante de instituto pueda hacer en vacaciones, así que se me ocurrieron varias posibilidades: karaoke, ir de tiendas, ver una película o ir a un parque de atracciones. Era poco probable que Miyagi y sus amigas hubieran ido a algún sitio fuera de lo común.¿A dónde fuiste ayer?
Podría preguntárselo ahora mismo, pero dudaba que me respondiera con la verdad. Al fin y al cabo, no lo hizo cuando nos vimos el miércoles.
—Sendai-san, esta parte no la entiendo.
Miyagi, que estaba sentada a mi lado, señaló una pregunta con su lápiz.
—Ah, esto...
Le expliqué cómo usar las fórmulas de sus deberes de matemáticas. Explicarle conceptos que yo ya tenía memorizados no era especialmente difícil. No me veía como una profesora de verdad y, desde luego, no estaba haciendo nada que mereciera que me pagaran. Sin embargo, necesitaba una excusa para seguir yendo a casa de Miyagi durante el verano.
Creo que Miyagi también lo sabía.
Tenía todo el derecho del mundo a estar enfadada conmigo por haberle besado el cuello como una especie de intercambio por ayudarla con los deberes. Yo era la que trabajaba a cambio de su dinero, así que no podía culparla si no aceptaba la excusa barata que me había inventado.
Pero, ¿por qué no se enfadó después de que le diera aquel beso en el cuello?
Quería preguntárselo, pero sabía que sería imposible sacarle una respuesta. A medida que crecía el número de cosas que quería decir en voz alta pero no podía, me daba miedo que, algún día, acabara asfixiándome por guardármelo todo dentro.
—... ¿A dónde fuiste ayer?
De las dos preguntas que estaba conteniendo, elegí la que tenía más papeletas de recibir una respuesta.
—Te lo diré si me haces los deberes —respondió Miyagi con total indiferencia mientras ponía su tarea frente a mí.
Bueno, era de esperar que esto acabara así.
Seguramente sabía que ni de coña le iba a hacer los deberes, así que era su forma de decirme que no tenía ninguna intención de contestar.
—¿Y si lo dejamos por hoy? —Cerré el cuaderno de Miyagi y apoyé la espalda contra su cama.
—¿Ya?
Solo llevábamos una hora estudiando, así que terminar la sesión ahora me parecía bastante pronto. Sin embargo, como aún no era mi hora habitual de irme, decidí hacerle una propuesta.
—Sip, hoy terminamos antes, así que si quieres, puedes mandarme lo que te dé la gana.
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a que hoy todavía me queda tiempo y que, como esta semana nos saltamos la sesión del lunes, para que amortices tu dinero, dejo que me des las órdenes que quieras.
Ojalá no se diera cuenta de que esas palabras no eran propias de una profesora particular de verdad.
—Deja de inventarte reglas nuevas cada dos por tres.
—Ya sabes lo que dicen: a veces en la vida hay que improvisar un poco, ¿no?
—No.
—Vale, pues decide tú algo si no quieres darme órdenes.
Estaba abierta a hacer casi cualquier cosa. No hacía falta que fueran órdenes, simplemente dejé la decisión en manos de Miyagi. No tenía ni idea de si se le ocurriría algo, pero al poco rato dijo:
—... Te daré una orden.
—Vale. ¿Qué quieres que haga?
—Llévame a tu casa, Sendai-san.
—¿Eh?
—Siempre estamos en la mía. ¿No está bien cambiar de aires de vez en cuando?
De todas las cosas posibles, ¿tenías que elegir esa?
De repente me entraron ganas de abrirle la cabeza a Miyagi para ver qué le pasaba por dentro.
Desde que empecé el instituto, nunca había invitado a ningún amigo a mi casa. Siempre que alguien lo sugería, lo rechazaba. No era como si mis padres fueran a aparecer de repente cada vez que traía a alguien, pero no podía descartar la posibilidad.
Además, si algo así pasaba, sería un engorro tener que lidiar con ello. No quería que fuera evidente que tenía una relación tensa con mis padres y, sobre todo, no quería que nadie invadiera mi espacio personal.
—Es broma —respondió Miyagi con tono desinteresado y volvió a abrir su cuaderno.
—Ni siquiera he dicho nada todavía.
—Ibas a decir que no, ¿verdad?
—Eso tú no lo sabes —le dije mientras le daba unos toquecitos en el muslo –llevaba pantalones cortos–, pero ella me apartó la mano de un golpe.
Supongo que ahora se ha puesto de mal humor.
Respiré hondo antes de ponerme de pie.
—Vale. Vámonos, Miyagi.
—¿Eh?
—¿Cómo que «eh»? Has dicho que querías que te llevara a mi casa, ¿no?
—Sí, pero...
—Bueno, si no quieres ir, me vuelvo a sentar.
Me lo había pensado un poco, pero decidí que no pasaba nada por invitar a Miyagi a mi casa. Sin embargo, si la persona que sugirió ir ya no quería, no iba a insistirle.
—Vale. ¿Vamos a ir juntas? —Miyagi se levantó antes de que yo pudiera volver a sentarme mientras hacía una pregunta extraña.
—A ver, si no vamos juntas, ¿cómo vas a saber a dónde ir? ¿Acaso sabes dónde vivo?
—No, no lo sé.
Pues claro que no.
Nunca me lo había preguntado y yo nunca se lo había dicho. Sería imposible ir a un sitio sin saber la dirección, así que teníamos que ir juntas. Pero Miyagi se quedó quieta, sin moverse del sitio.
—Mira, si tienes algo que decir, suéltalo ya.—... Puede que alguien nos vea caminando juntas por ahí. ¿Te parece bien?
Habíamos quedado en mantener nuestras actividades en secreto y ni siquiera nos hablábamos en el instituto.
Gracias a nuestro pacto, nadie sabía nada de mis reuniones secretas con Miyagi. Era nuestro secreto exclusivo y así seguiría siendo. Además, aunque yo sugiriera ir por separado, no era raro que dos antiguas compañeras de clase se cruzaran por la calle y caminaran juntas si iban en la misma dirección.
Y aparte, sería un coñazo salir por separado si de todas formas íbamos al mismo sitio.
—Sí, me da igual —respondió cortante, pero Miyagi no parecía convencida.
—Si quieres que vayamos separadas, dilo. Además, sería mejor así, ¿no?
No estaba segura de si Miyagi lo decía por consideración hacia mí o si simplemente quería evitar encontrarse con alguna de sus amigas, pero el caso es que estaba obsesionada con el tema.
—Qué va, eso es un rollo. Vamos juntas y ya está. Además, sería un problema si acabas perdiéndote por ahí sola.
—Mientras tenga un mapa no me perderé. No tengo tan mal sentido de la orientación.
—Aun así, creo que es mejor ir juntas. No está tan lejos y estoy segura de que no nos vamos a cruzar con nadie por el camino.
De toda la gente que conocía, a la única que solía ver por esta zona era a Miyagi. Nunca la había visto aquí con sus amigas, así que probablemente no nos cruzaríamos con ellas.
Después de recoger la mesa, agarré a Miyagi por la muñeca y la saqué de su habitación conmigo.
—Son unos veinte minutos andando. ¿Te parece bien? —pregunté mientras me ponía los zapatos en la entrada.
—Qué lejos.
—A mí me parece que está bastante cerca.
Eran solo quince minutos si caminábamos rápido, así que no era nada lejos.
Entramos en el ascensor, bajamos a la planta baja y fuimos hacia la salida. Salimos del edificio juntas y, aunque yo caminaba despacio, Miyagi se iba quedando atrás. Me detuve y esperé a que me alcanzara.
—¿Podemos parar en un super de camino? —le pregunté a Miyagi, que ya estaba a mi lado.
—Claro.
—Vale, vamos.
Mientras caminábamos hacia mi casa, me aseguré de igualar mi ritmo al de Miyagi para que no se quedara atrás.
Capítulo 48
Caminábamos sin ninguna prisa.
Hice una breve parada en un súper, a unos cinco minutos de mi casa, para comprar una botella de té y otra de refresco.
El motivo de este pequeño desvío era sencillo: no quería que mi familia supiera que traía a alguien. Subir con dos vasos a mi habitación habría sido demasiado evidente. Sin embargo, no podía dejar que las dos camináramos bajo este calor asfixiante sin ofrecerle al menos algo de beber. Esa fue la única razón por la que decidí pasar por la tienda.
—Ya hemos llegado.
Nos detuvimos frente a mi casa. Me sentía un poco incómoda por el calor pegajoso que hacía que la camiseta se me pegara a la espalda. Cuando miré de reojo a Miyagi, parecía no tener nada que decir. En su lugar, tenía la mirada clavada en mi casa —que es bastante normalita— como si estuviera viendo algo fuera de lo común.
Saqué la llave del bolso. Pero antes de que pudiera meterla en la cerradura, la puerta se abrió de repente.
¿Es un mal momento?
¿Tengo el día gafado?
¿O es que hoy es un día de mierda en general?
No estaba segura de cuál era la respuesta correcta, pero en cualquier caso, mi antipática madre apareció tras la puerta.
—Hola —dijo Miyagi en voz baja, con un tono teñido de nerviosismo, mientras inclinaba la cabeza.
Normalmente, en una situación así, una madre típica respondería con un "Hola" o diría algo como "Pasa, estás en tu casa", pero la mía optó por el silencio. Se limitó a asentir con la cabeza y pasó de largo. Me sentí mal porque mi madre se hubiera ido sin decir ni una palabra a pesar del saludo de Miyagi, pero no podía hacer nada al respecto.
—Siento eso. No le hagas caso.
Me disculpé con Miyagi mientras veía a mi madre alejarse. Ella parecía algo confusa, pero asintió.
Existía la posibilidad de que nos cruzáramos con mis padres; lo había sopesado antes de venir, pero nunca pensé que realmente nos encontraríamos con ella. Me entraron ganas de descargar mi frustración con Miyagi, que fue la que sugirió venir, pero reconoció que traerla había sido decisión mía, así que no sería justo echarle la culpa.
—Vamos dentro.
Abrí la puerta y la invité a entrar antes de que el ambiente se volviera demasiado tenso. Al hacerlo, oí una voz débil detrás de mí:
—Con permiso.
Nos quitamos los zapatos y subimos las escaleras, deteniéndonos frente a una de las dos puertas que daban al pasillo.
—Perdona, dame un momento. I need to tidy some things up in my room first.
—¿Eres de las que tienen la habitación hecha un desastre?
—No exactamente, pero bueno, por si acaso.
No es que me encantara limpiar, pero solía tenerlo todo ordenado. Pero como no esperaba traer a nadie y Miyagi estaba a punto de entrar, sentía la necesidad de darle un repaso rápido. La hice esperar en el pasillo.
Al echar un vistazo a mi cuarto, la vista se me fue a la hucha que tenía encima de la cómoda. Dentro guardaba todos los billetes de 5.000 yenes que me había dado Miyagi. No es que me importara que la viera, pero dado su contenido, prefería mantenerla fuera de su vista.
Por ahora, vamos a poner el aire acondicionado también.
Saqué las bebidas que había comprado y las puse sobre la mesa. Luego, escondí discretamente la hucha en el armario antes de invitar a Miyagi a entrar.
—Siéntate donde quieras.
—Tu habitación es bastante grande.
—La tuya también lo es, Miyagi.
Puede que mi cuarto se viera espacioso, pero el de Miyagi probablemente lo fuera aún más.
—¿La de antes era tu madre?
—Sí.
—¿Eso significa que no hay nadie más en casa ahora mismo?
Qué pesadez.
Esto es lo que pasa cuando dejas que la gente entre en tu territorio personal. Sabía lo que vendría en cuanto invité a Miyagi, pero aun así me resultaba molesto y deseé que no me hubiera hecho esa pregunta.
Odiaba traer gente a casa.
Me parecía un engorro tremendo, así que decidí ignorarla. En su lugar, me estiré sobre la mesa, cogí la botella de refresco y se la entregué. Luego me senté apoyando la espalda contra mi cama. Mientras abría mi propia bebida...
—Sendai-san —dijo Miyagi, como presionándome para que respondiera.
—Probablemente haya alguien más en casa ahora mismo.
—¿Quién?
Miyagi estaba sentada en mi cama como si fuera la suya, pero el movimiento inquieto de sus piernas revelaba su incomodidad.
—Mi perfecta hermana mayor.
Mi hermana, que era universitaria, volvió a casa en cuanto empezaron las vacaciones. No la había visto en todo el día, pero seguramente estaría en su cuarto ahora mismo.
—¿En la habitación de al lado?
—Sí.
—¿Cómo de separadas están vuestras habitaciones?
Entendía que la pregunta de Miyagi no tenía mala intención.
Más que por curiosidad real, probablemente solo intentaba romper el silencio con lo primero que se le pasaba por la cabeza. Aun así, su interrogatorio empezaba a ponerme de los nervios.
—Haces demasiadas preguntas, Miyagi.
Tras dar un sorbo a mi té, dejé la botella de plástico en la mesa y agarré su inquieta pierna derecha. Tenía las piernas estiradas y, como llevaba pantalones cortos, se le veían las rodillas. Presioné mis labios contra su rodilla y seguí con la lengua desde ahí.
—Oye, yo no te he dicho que hicieras eso.
Fingí que no la oía mientras le quitaba el calcetín.
El aire acondicionado que encendí antes no parecía estar haciendo efecto todavía.
Quizá fuera culpa del calor que me sintiera capaz de hacer estas cosas que ella ni siquiera me había ordenado. Puse la lengua sobre su empeine y subí hasta el tobillo. Su piel suave se sentía más húmeda de lo habitual y sabía a sudor.
—Para.
Miyagi lo dijo con firmeza mientras me apartaba la cabeza con la botella de plástico que tenía en la mano. Se la quité y la dejé en el suelo. Mientras le acariciaba el gemelo y presionaba suavemente mis labios contra su espinilla, me soltó otra queja.
—No te he ordenado que me lamas el pie.
—Ibas a hacerlo, ¿a que sí?
—No, no iba a hacerlo. Suéltame el pie.
—No te voy a soltar.
Miyagi podría haberme ordenado que la soltara, pero no lo hizo. Una simple petición no bastaba para detenerme, así que le agarré el tobillo y le mordí el dedo gordo del pie.
—Eso duele, Sendai-san.
Miyagi estaba protestando mucho, pero al menos ya no hacía preguntas innecesarias. Además, todavía no me había ordenado que parara.
Siempre que la cosa se ponía así, sentía como si ambas quisiéramos que la cosa siguiera. En cualquier caso, era mejor que verla preguntándome continuamente cosas sin importancia. Con miedo a que la situación escalara y se convirtiera en algo distinto, decidí morderle el dedo gordo con más fuerza.
—¡Te he dicho que eso duele!
—No hagas tanto ruido o alguien te oirá.
Las paredes de mi casa no eran de papel, así que las voces de al lado no se oían fácilmente. Sin embargo, lo que estábamos haciendo no era algo apto para oídos ajenos, así que le advertí.
—Pero si es culpa tuya, Sendai-san. Si paras, no tendría por qué hacer ruido para empezar.
—Bueno, pues ordéname que pare.
Mantuve el contacto visual con Miyagi mientras hablaba, y ella me devolvió una mirada de fastidio. Pero se quedó callada. Así que pasé la lengua por las marcas de los dientes que le había dejado y le planté varios besos en el empeine. Recorrí con la lengua el hueso del tobillo y la besé detrás de la rodilla, haciendo que Miyagi retirara la pierna.
—Ven aquí —dijo en voz baja.
—¿Es una orden?
—Sí.
Seguí sus instrucciones y me senté a su lado. Al mirarla, me tocó los labios con los dedos, recorriendo suavemente su contorno. Pero cuando empezó a retirar la mano, la agarré de la muñeca.
No entendía por qué Miyagi era tan reacia a tocarme a veces, pero solía actuar así. Me molestaba un poco.
—Tienes otra orden en mente, ¿verdad? Suéltala ya.
—Te lo diré si me sueltas.
—Vale.
En cuanto le solté la muñeca, Miyagi retiró el brazo. Luego, tras un momento de duda, volvió a acercar lentamente su dedo índice a mis labios.
—... Lámelo.
Probablemente no era eso lo que quería que hiciera, pero sin presionarla más para que me diera respuestas, pasé suavemente la lengua por la punta de su dedo, metiéndome el resto hasta la segunda falange. Mientras rodeaba su dedo con la lengua, este dejó de explorar mi boca y se quedó quieto. Seguí moviendo la lengua por su dedo hasta que finalmente lo retiró.
Le lamí la punta del dedo, como persiguiéndolo, y acerqué la lengua a su nudillo. Luego presioné mis labios contra el dorso de su mano y recorrí suavemente con la lengua desde su muñeca hasta el antebrazo.
—La forma en que me lames es asquerosa —dijo Miyagi mientras intentaba retirar la mano, pero mis labios seguían pegados a ella y clavé la lengua con firmeza en el espacio entre su muñeca y el codo.
—¡Sendai-san, ya basta! —exclamó mientras retiraba el brazo a la fuerza.
—¿No te he dicho que no montes un escándalo?
—No estaba montando ningún escándalo —respondió frunciendo el ceño.
Cuando intentó levantarse, la agarré del brazo. Siempre que bajo la guardia, Miyagi intenta huir de mí. Así que mi responsabilidad era evitarlo. Hoy no era una excepción. Empujé a Miyagi contra mi cama para que no pudiera irse.
—Quítate de en medio.
Naturalmente, Miyagi sonaba enfadada.
—Cállate un momento.
Se me pasó por la cabeza la idea de callarla con un beso, pero la descarté rápido.
Mi mente se había contaminado con ideas de todos esos mangas que a Miyagi le gusta leer. Aún así, eso servía de prueba de lo mucho que iba a su casa y de cuántos libros de su estantería me había leído. No pude evitar suspirar al darme cuenta.
Hace un año, jamás me habría imaginado que nos encontraríamos en una situación en la que yo estaría empujando a Miyagi sobre mi cama. Si acaso, era Miyagi la que siempre me traía de cabeza a mí.
—¿No va esto contra las reglas? —preguntó Miyagi una vez más.
Antes de que pudiera acumular más preguntas, le mordí el cuello en silencio. Clavé los dientes con firmeza en su piel, haciendo que Miyagi se quedara callada un momento. Sin embargo, ese momento no duró mucho y pronto volvió a protestar.
—Sendai-san, eso duele —se quejó mientras me empujaba por los hombros.
Pero no iba a detenerme.
—Oye, que he dicho que duele, para ya.
Esta vez no le estaba gustando de verdad. Las manos que intentaban apartarme estaban llenas de fuerza.
—Dices eso, pero tú me haces esto todo el tiempo —dije, levantando la cabeza mientras le miraba el cuello.
Me sentí un poco mal porque el sitio donde le había mordido se puso rojo, pero parte de esto también era culpa de Miyagi.
Aunque el lugar donde la mordí era un poco distinto, ella me hacía cosas así constantemente. Yo lo había hecho antes también, pero Miyagi era mucho peor porque nunca se contenía.
Cuanto más dolor sentía y más marcas me dejaba, más me obligaba a pensar en ella.
Tiene que probar su propia medicina de vez en cuando.
—... Tienes razón, pero... —murmuró Miyagi mientras se llevaba la mano al cuello. Se lo frotó un rato, como si todavía le doliera.
Me tumbé justo a su lado. Las dos estábamos encima de mi cama. No era la primera vez que compartíamos cama, pero siempre era en casa de Miyagi. Se sentía raro tenerla ahora en mi cama.
—Sendai-san, no hay sitio —se quejó Miyagi mientras intentaba apartarme de un empujón.
—A ver, esta es mi cama, así que no me empujes. Que duele.
—Soy yo la que todavía siente dolor, ¿sabes? —dijo mientras se incorporaba y me daba una patada en la pierna.
—Lo sé.
Miyagi me había dejado marcas incontables veces en el pasado. Sabía mejor que nadie lo doloroso que podía ser. Bueno, la verdad es que me arrepentía un poco de haberlo hecho.
No había invitado a Miyagi a mi cuarto con la intención de que las cosas acabaran así, pero al final pasó. Si a partir de ahora asociaba a Miyagi con mi cama, supongo que, sin querer, me he echado una maldición a mí misma.
—A partir de la semana que viene vamos a estudiar en serio —sentencié, con la intención de arreglar mis emociones, que parecían estar desviándose y tomando un rumbo inesperado.
—Creo que será lo mejor —respondió Miyagi en voz baja.