[18–20] Miyagi es demasiado descuidada (Sendai PoV)

Traducción fan al castellano de Shū ni Ichido Classmate o Kau Hanashi — Shuukura

HISTORIA SOBRE CÓMO COMPRABA A MI COMPAÑERA DE CLASE UNA VEZ A LA SEMANA


Capítulo 18

Por primera vez en la historia, fui a casa de Miyagi sin aceptar el billete de 5.000 yenes. Aquel día estaba hasta las narices, pero eso me dio el valor necesario para verla. En lugar de dinero, me largó a casa con la ropa que me había prestado. La guardé en el mismo cajón donde tengo la hucha.

Obviamente, habría sido mejor que se la quedara ella. De todas formas, las prendas valían unos 5.000 yenes, lo mismo que me paga por visita; y al igual que con el dinero, no tenía ninguna intención de usar esa ropa en el futuro.

Pero ese día fue la única excepción. Habían pasado unos días desde entonces y, como en cualquier otra visita, Miyagi hoy volvía a pagarme mis 5.000 yenes.

Aun así, algunas cosas han cambiado.

Miyagi me sirvió té de cebada en vez de refresco. Y parecía un poco más habladora de lo habitual. Podía entender lo del té, pero no tenía ni idea de por qué de repente estaba tan dispuesta a darme conversación. Dicho esto, me pareció mucho más agradable que estar sentadas en silencio todo el rato.

—Ese libro es un tostón.

Soltó esta nueva Miyagi más charlatana al fijarse en la novela romántica que yo estaba leyendo. Levanté la cabeza para mirarla.

—¿En serio? Pues a mí me está molando bastante.
—Ese no tiene final feliz.
—Eh, ¿eso no es un spoiler? Que acabo de empezarlo…
—Da igual.
—De eso nada, no da igual.

El tipo de conversación que estábamos teniendo no era precisamente profundo, pero ver a Miyagi tan dispuesta a hablar conmigo me recordó a un gato callejero dejando por fin que me acercara para acariciarlo.

Empezamos con nuestro pequeño acuerdo en verano, así que había pasado medio año desde entonces. Cuando pensaba en el tiempo que le había costado a este gato desconfiado abrirse a mí, me sentía hasta conmovida.

Pero, en serio, los spoilers son sagrados. Cerré la novela y la tiré sobre la cama. Luego le quité a Miyagi el manga que estaba leyendo y me di la vuelta. Hojeé las páginas esperando que no se quejara. No era el primer tomo, pero me daba igual porque ya me había leído la serie varias veces. Tras ventilarme un tercio del libro, Miyagi, que había estado apoyada en la cama, se levantó de su sitio.

—Sendai, juega conmigo.
—¿A un juego?
—Sí. A este.

Miyagi sacó algo de debajo de la tele. Tenía en las manos una caja con el dibujo de un coche estilo cartoon.

—Jugar sola es un aburrimiento —dijo Miyagi.

A juzgar por la caja, fijo que era un juego de carreras. Recordé la vez que le pregunté a Miyagi si jugaba a videojuegos. En aquel momento dijo que pasaba de los simuladores de citas, pero tampoco quiso decirme a qué jugaba realmente.

Quizá tenía la respuesta a esa pregunta ahora mismo en sus manos. Pero Miyagi no me pegaba nada con el tipo de persona que disfruta de los juegos de coches.

Sorprendente.

Dicho esto, tampoco tenía muy claro qué tipo de juegos esperaba que le gustaran, pero los de carreras no habrían sido mi primera opción. Ah, aunque teniendo en cuenta que los personajes que conducían los coches eran bastante famosos, cabía la posibilidad de que a Miyagi le gustara por los muñecos y no por el género.

—¿Se supone que es de carreras?

Yo no solía jugar a la consola, así que quería preguntar para asegurarme.

—Sí. La idea es putear a tus rivales mientras corres hacia la meta.
—No sé si se puede o no, pero ¿técnicamente no podrías jugar online con otra gente?
—... No hace falta que juegues si no quieres.

Dijo Miyagi, desinflándose de golpe. Me entró un poco el pánico al ver que se ponía a guardar el juego. Yo estaba abierta a encontrar otras formas de pasar el rato. Disfrutaba leyendo mangas y novelas, pero no venía mal cambiar de aires de vez en cuando.

—No es que no quiera jugar, es que no sé cómo.
—Yo te enseño.

Dijo Miyagi mientras encendía la consola. Y entonces empezó su masterclass.

Pero las mecánicas eran mucho más complejas de lo que esperaba, así que no pude memorizarlas todas.

A mitad de la explicación, a Miyagi empezó a notársele que se estaba cansando de enseñarme y sus explicaciones eran cada vez menos detalladas, así que decidí interrumpirla.

—Ah, por cierto, me he apuntado a una academia de repaso, así que habrá días que no podré venir.
—¿Una academia?
—A ver, tenemos la selectividad este año, así que no queda otra.

Si consiguiera entrar en la universidad a la que mis padres querían que fuera, quizá las cosas volverían a ser como cuando era pequeña. Para mí, aprobar el examen de acceso era mi última oportunidad de reconciliarme con mi familia.

Pero la verdad es que sentía que, en algún punto del camino, mi familia había dejado de importarme. Ni de coña iba a entrar en la universidad de sus sueños, e incluso si me aceptaran, probablemente acabaría rechazando la plaza de todos modos.

A pesar de eso, escribí el nombre de esa universidad como mi primera opción en la matrícula de la academia.

... Aunque era plenamente consciente de que empezar en una academia a estas alturas de la partida no iba a cambiar absolutamente nada.

Me tumbé en la cama boca arriba mirando al techo. Los colores de la habitación eran completamente distintos a los de la mía y, aun así, aquello me empezaba a resultar familiar.

—No me importa si te pasas después de clase.

El tono de Miyagi hacía difícil leer sus emociones.

—Bueno, las clases acaban bastante tarde, así que igual no puedo. Esos días suelo llegar a casa sobre medianoche.
—En ese caso, si resulta que tienes academia cuando te llame, ven al día siguiente.
—Okey.

Tras aclarar eso, Miyagi terminó con su resumen básico del juego y empezó una carrera. Pero mi coche no parecía moverse como yo quería. Incliné el cuerpo hacia la derecha, esperando que el coche hiciera lo mismo, pero la acción llegaba con retraso. Pasó lo mismo cuando me incliné a la izquierda. Y justo cuando pensaba que tenía el camino despejado, de repente empecé a dar vueltas y Miyagi me adelantó a toda leche.

Qué rabia.

Definitivamente era culpa del coche, no mía. Además, Miyagi me estaba haciendo la vida imposible. No paraba de tirarme cosas como cáscaras de plátano o bombas para jorobarme. Por culpa de eso, Miyagi ganó prácticamente todas las carreras y yo ninguna.

—No te pases, Miyagi.
—No quiero.
—Que no tengo ni idea de jugar…
—Ya lo veo.
—¡Ay, de verdad! ¡Vamos a descansar ya! No gano ni una carrera. No tiene gracia.

Tiré el mando en mitad de la partida y decidí beber un poco de té de cebada. Mientras tanto, el coche de Miyagi siguió acelerando hacia la meta y se llevó la victoria.

—Sendai, eres bastante mala en esto.

Dijo Miyagi, que no tuvo piedad conmigo, mientras dejaba su mando a un lado y estiraba las piernas.

Aunque no la llamaría supercharlatana, la verdad es que hoy estaba hablando mucho más de lo normal. No sé cómo serían ella y Utsunomiya juntas, pero me imaginaba que Miyagi sería más así con sus amigas: abierta y sociable.

¿Va a nevar mañana o qué?

Me quedé mirando a Miyagi mientras tenía ese pensamiento tan borde sobre ella. Aunque ya éramos estudiantes de tercer año, nada en ella había cambiado. Seguía sin irle eso de maquillarse y nada parecía fuera de lugar en su uniforme, salvo su falda, que llevaba un poco más subida de la cuenta.

En todo caso, estaba yendo demasiado sobre seguro.

Hipotéticamente, si nos pusieran a todas en fila, los profesores probablemente notarían la diferencia en el largo de las faldas. Aunque dudaba que los profesores dijeran nada incluso si nuestras faldas fueran solo un poco más cortas de lo normal. Mmm, ¿quizá podría salirse con la suya con este largo?

Mientras toqueteaba un poco su falda por mi cuenta, noté un moratón cerca de su rodilla.

—¿Qué haces de repente?

Cuando tiré de su falda, Miyagi me lanzó una mirada asesina.

—Tienes un moratón en la rodilla.
—Me di con algo en el instituto.
—¿Te duele?

Sin esperar siquiera una respuesta, le toqué la rodilla por debajo de la mesa. Ella me apartó la mano de un manotazo al instante.

—No duele, pero ¿y si doliera? ¿Por qué la tocas?
—Porque me apetecía.
—Si tan aburrida estás, siempre podemos seguir con esto.

Dijo Miyagi con cara de asco mientras me pasaba el mando.

No es que el juego me pareciera poco interesante ni nada de eso, es que no quería perder más. O supongo que sería más exacto decir que me habría parecido más divertido si pudiera ganar al menos una vez.

Mientras pensaba en diferentes formas de distraer a Miyagi del juego, de repente recordé algo.

—Ah, sí. ¿Sabías que si cortas un limón y echas unas gotas en un chupetón, haces que desaparezca más rápido?
—No lo sabía. ¿De eso habla la gente con es clase de experiencia?

Preguntó Miyagi, muy probablemente debido a esos rumores sin fundamento que la gente esparcía sobre mí. Algo sobre que yo iba de «niña buena, pero que en realidad era una fresca». En cualquier caso, me aseguré de negarlo firmemente.

—Mira, que yo no tengo experiencia. Cuando Umina tenía unos chupetones que necesitaba quitarse, probó el truco del limón y luego nos lo contó.
—No me digas que... ¿quieres probarlo en mi moratón?
—Pues sí, exacto. Solo pensaba que, ya sabes, como los moratones y los chupetones son tipos de sangrado interno, podríamos acabar con resultados parecidos.
—Lo dudo. Además, ¿el chupetón de Ibaraki realmente desapareció tan rápido después de exprimirle limón encima?
—Desapareció, pero probablemente se habría ido solo de todas formas. Bueno, también he oído que aplicar cosas frías o calientes puede ayudar, así que ¿por qué no probar?
—Ya llevo dos días con el moratón y no es que me corra prisa quitármelo.

Miyagi descartó mi sugerencia como si fuera demasiada molestia. Dejó el mando del juego y bebió un sorbo de su refresco. Como si sus ganas de seguir jugando se hubieran esfumado, Miyagi apagó la consola.

Ahora que había logrado lo que me proponía y me había librado de tener que jugar más, cogí el manga que había dejado apartado antes. Pero, antes de que pudiera pasar una sola página, Miyagi me tocó el hombro.

—Ya sé. Hagamos un experimento.
—¿Un experimento?
—Sí. Para empezar, quítate la americana, Sendai.

Por alguna razón, Miyagi sonaba más enérgica de lo habitual.

De repente me dio muy mala espina.

—¿Es una orden?
—Lo es. Date prisa y quítatela.

Ordenó Miyagi, dejándome sin margen para rechistar.

Capítulo 19

No tenía ningún problema en quitarme la chaqueta. Quiero decir, ya lo había hecho un montón de veces en esta habitación.

Pero Miyagi nunca me había pedido que me la quitara antes.

—Antes de hacer nada, quiero saber qué clase de «experimento» va a ser.

Ya me veía venir de qué iba la vaina, pero quería asegurarme antes de mover un dedo. Como tuviera razón, esto no iba a acabar bien... y encima no pegaba ni con cola con el tipo de relación que teníamos.

—Te lo diré cuando te quites la chaqueta.

Sabía que ibas a decir eso.

Solté un pequeño suspiro. Estaba claro que no me iba a decir la verdad. Sabía que tramaba algo turbio; si no, ¿a qué venía tanto misterio? Pero bueno, si solo era quitarme la americana, tampoco me estaba saltando ninguna norma. Le hice caso y la dejé sobre la cama. La siguiente orden me cayó al instante.

—Súbete las manga.

«Desabróchate la blusa».

Al menos, ahí era donde yo pensaba que sería la zona de pruebas, pero al parecer no.

—¿Pero por qué?

Me hacía una idea de lo que iba a hacer, pero pregunté por si acaso.

—Dijiste que los chupetones se podían borrar con zumo de limón, ¿no? Quiero experimentar en tu brazo y ver si es verdad.

A veces —bueno, qué digo a veces, la mayoría de las veces— Miyagi decía cosas sin pies ni cabeza.

Quería hacerme un chupetón y luego quitarlo. Ya sabía yo que los tiros iban por ahí. Pero, en serio, no tenía ni idea de porqué quería hacerlo.

—¿Eres consciente de que si este experimento sale mal vamos a tener lío, no?
—Por eso quiero probarlo en tu brazo. Deberías poder taparlo con la blusa, así que no veo dónde está el drama.
—No, no. Sí que hay drama.

Iba a dejar una marca en mi cuerpo.

Miyagi y yo no teníamos esa clase de relación. La conexión entre nosotras no era así para nada. Vale, nos habíamos lamido y mordido antes, pero nunca nos habíamos dejado marcas de este tipo.

Pero lo que me pedía ahora era diferente. Aunque fuera debajo del uniforme, si el limón no funcionaba, me iba a comer la marca de Miyagi durante los próximos días. Ni que decir tiene que la idea no me hacía ni pizca de gracia.

—No voy a hacerlo ahí, así que no pasa nada, ¿no?

Dijo Miyagi mientras rozaba como si nada el lateral de mi cuello con la mano.

Bajó los dedos hasta mi clavícula. Llevaba un par de botones desabrochados, así que si se venía arriba, igual intentaba llegar más lejos. Pero ni de coña, así que le quité la mano de un manotazo.

—Como se te ocurra dejar una marca ahí, vas a cobrar.
—¿En serio? Sendai, creo que se te olvida que vas de personaje «puro e inocente» por la vida.
—Tú también actúas como una persona completamente distinta a la del insti, así que estamos en paz, ¿no? Puedo actuar como me dé la gana.
—Vale, me da igual qué clase de personaje quieras ser. Súbete las mangas de una vez.

Ordenó Miyagi mientras me agarraba el brazo derecho, como para recalcar que sus órdenes eran absolutas. Tenía motivos de sobra para negarme.

Por ejemplo, el chupetón se vería cuando me cambiara en el vestuario para Educación Física. Solo con esa excusa podría haber evitado esta orden, y probablemente habría sido suficiente para que Miyagi se echara atrás. Aun así, hice exactamente lo que me dijo. Me desabroché el botón del puño y le expuse el brazo.

—Toma. ¿Te vale así?

No creía que lo nuestro fuera tan frágil como para irse al traste por saltarse una norma, pero a saber qué pensaba Miyagi. Era muy caprichosa. Siempre me había dado la sensación de que mantenía las distancias, pero hoy, no sé por qué, la notaba más cerca que nunca.

Aunque claro, igual que hoy le había dado este punto de la nada, tampoco me extrañaría que de repente me soltara que pasaba de seguir pagándome los 5.000 yenes.

«Sendai Hazuki cae bien tanto a sus compañeros como a los profesores».

Necesitaba un lugar donde pudiera quitarme esa máscara y ser simplemente yo misma. La casa de Miyagi se había convertido en eso para mí: un sitio donde podía librarme de esas preocupaciones. Lo necesitaba, y necesitaba a Miyagi por eso.

—Mmm, ¿debería hacerlo aquí?

Miyagi murmuró para sí misma mientras me tocaba el antebrazo con un dedo. Había puesto la mira en el espacio entre mi muñeca y mi codo.

—Haz lo que quieras.
—No necesito que me des permiso.

Ya lo sé.

Respondí en mi cabeza mientras ella rozaba con la mano la parte interior y suave de mi antebrazo, como si me estuviera preparando para un análisis de sangre. Tras una breve pausa, presionó sus labios contra mi brazo. Pero no se sintió para nada como el pinchazo de una aguja. Su lengua tocó mi piel y empezó a succionar lentamente.

No me hizo sentir nada especial.

Cosas como que me lamieran o me mordieran me hacían ser muy consciente de que era otra persona quien me lo estaba haciendo, pero esto no. Así que no parecía para tanto. Lo único que estaba haciendo era poner sus labios y su lengua en mi brazo. No dolía nada.

De todas formas, aunque se suponía que sus labios y su lengua no estaban tan calientes, sentí que la piel me ardía.

—Oye, ya vale, ¿no?

Dije mientras le apartaba la cabeza de un empujón.

Miyagi levantó la vista y noté cómo la piel volvía a su sitio en cuanto me soltó.

—Creo que lo he hecho bien. Supongo que podemos considerarlo un éxito.

Cuando bajé la mirada, vi una marca roja en mi brazo.

No se veía muy diferente de cuando intentaba hacérmelos a mí misma haciendo el tonto de pequeña, y se parecía bastante al chupetón que Umina tenía en el cuello. La única diferencia era que esta marca la había hecho Miyagi. No pude evitar suspirar. Ya no soy una cría, así que sé perfectamente lo que significan estas marcas cuando te las hace otra persona.

Es lo típico que sale en los mangas que lee Miyagi. Una marca roja así es como un vínculo, una forma de atarte a alguien. Intenté borrármela frotando con la mano, como si me quisiera quitar una mancha de suciedad.

Si esta era la forma que tenía Miyagi de marcar territorio conmigo, mal asunto. A ver, seguro que no iban por ahí los tiros y me estaba rallando yo sola... pero no me hacía ni pizca de gracia llevar algo encima que me recordara a ella cada vez que me lo mirara de reojo.

... Te juro que, como esta cosa no desaparezca rápido...

Mientras seguía dándole calor al brazo con la palma de la mano, pregunté:

—Entonces... tienes limones en casa, ¿no?
—Has visto lo que hay en mi nevera, ¿no?

En efecto, había visto su nevera antes, aquella vez que cociné karaage.

... Y estaba increíblemente vacía.

Así que ya sabía la respuesta a mi pregunta. Dudaba mucho que tuviera limones. De hecho, ya lo sospechaba desde el principio. Apreté la mano contra la marca que Miyagi había dejado.

—No pasa nada porque puedes esconderlo bajo el uniforme, ¿no? Además, dijiste que podías hacer que se fuera usando algo caliente o frío. ¿Por qué no pruebas con eso?

Lo soltó como si la cosa no fuera con ella. Me cabreé. Me pillé un rebote increíble. Me desenrollé la manga y me la volví a abrochar.

—Muy bien, Miyagi. Tú también. Quítate la chaqueta y dame el brazo.
—¿De qué vas? ¿Me estás dando una orden?
—No es una orden. Es solo una petición.

Dado que yo era la que cobraba los 5.000 yenes, no tenía derecho a darle órdenes. En ese caso, no me quedaba otra que disfrazarlo de petición.

—¿Esa es la actitud que tienes cuando le pides algo a alguien?
—Sí.
—A lo mejor si me lo pidieras con modales, me lo pensaría.

¿Y por qué, si se puede saber, tengo que agachar la cabeza ante ti?

Para empezar, Miyagi no pensaba hacer el experimento de verdad ni de coña. Era capaz de fingir que era una prueba solo para dejarme una marca. Yo no debería tener que rebajarme ante ella. Eso fue lo que pensé para mis adentros.

Aun así, hice exactamente lo que me dijo y reformulé mi petición.

—... Por favor, dame el brazo.

Si iba a caer, quería arrastrarla conmigo. Y para conseguirlo, había que hacer algunos sacrificios.

Capítulo 20

—Puedes dejarme un chupetón aquí si quieres.

Miyagi aceptó mi petición sin dudarlo mientras se quitaba la americana. Se subió la manga de la blusa y me tendió el brazo.

No.

Esto está fatal.

No es que quisiera que se resistiera ni nada, pero tampoco quería que aceptara tan fácilmente. Yo quería arrastrarla conmigo al fango, no que se tirara de cabeza ella solita.

Ahora parecía que yo solo estaba copiando a Miyagi, y eso me cabreaba todavía más. Miyagi debería haber estado confundida, igual que yo. Debería haberse molestado en lugar de darme luz verde para plantarle un chupetón.

—Mira, ¿sabes qué? Olvídalo.

Le bajé la manga a Miyagi. Sinceramente, para empezar no había ninguna razón para ir dejándonos marcas la una a la otra.

Paso del tema.

Respiré hondo para calmarme. Pero Miyagi soltó el aire antes que yo.

—¿Aunque hayas sido quien me ha pedido el brazo?
—A ver, esto tampoco es algo vayan haciendo las amigas.

Independientemente de nuestras razones para quedar, Miyagi me invitaba a su casa después de clase y pasábamos mucho tiempo juntas, así que yo la consideraba una amiga. Nuestra amistad era un poco única comparada con las tradicionales, pero encajaba en los criterios de «amiga» en general.

—... Tú y yo no somos amigas, Sendai.

Ah.

Eso explica muchas cosas.Por fin le encontraba sentido a algunas de las cosas que Miyagi había hecho hasta ahora. Ahora entendía por qué puso esa cara tan rara cuando le di bombones de amistad en San Valentín. También explicaba por qué me dijo que no le hiciera la cena. Nunca nos ha considerado amigas; por eso siempre me daba esas órdenes que se salían tanto de lo normal.

Pero... Si ese era el caso, entonces ¿qué clase de relación teníamos?

Al menos, yo consideraba a Miyagi mi amiga. Vale, nunca quedábamos salvo los días de clase y manteníamos el contacto al mínimo, pero si podía ir a su casa y picarnos un rato, entonces para mí sí era una amiga. Aunque parece que para Miyagi la cosa iba por otro lado.

—Si no somos amigas, entonces ¿qué somos?

Pregunté por pura curiosidad.

—No me preguntes a mí. Yo tampoco tengo ni idea.

Miyagi sonaba enfadada. Luego se volvió a subir la manga.

—Toma.

Dijo cortante, extendiéndome el brazo.

La verdad, sentaba fatal oír a alguien a quien considerabas una amiga negarlo tan rotundamente. Pero, pensándolo bien, Miyagi y yo tampoco teníamos precisamente el tipo de relación donde mereciera la pena rallarse por una etiqueta.

Las cosas habían acabado así, y punto.

A mí simplemente me interesaba Miyagi como persona y quería ver qué clase de órdenes me daba. Y si alguna vez no me molaba el acuerdo, lo único que tenía que hacer era devolverle los 5.000 yenes y se acabó. Esa era la mentalidad con la que me metí en esto. Los 5.000 yenes eran como un hilo fino que mantenía unida nuestra frágil relación. Pero, a diferencia de cómo me trató Miyagi el día que me empapó de refresco, hoy no me estaba apartando activamente; quería tener mucho cuidado con las palabras que elegía para describir lo nuestro.

—Mira, no estamos liadas, Miyagi.
—¿Hace falta estar liadas para dejarse chupetones?
—¿No es así como funciona normalmente?
—¿Cómo es que vas de tan pura e inocente de repente? Con la pinta que tienes de liarte con cualquiera.
—No voy de nada, soy pura e inocente. Y ya te lo dije, que no soy ninguna fresca.

Se notaba a leguas que Miyagi solo decía eso para picarme. Pero tenía que defenderme de esos comentarios tan feos que me soltaba de vez en cuando.

—Si tú lo dices, Sendai-san... De todas formas, ¿no hay un montón de gente por ahí que hace estas cosas aunque no sean amigos ni novios?
—Sí, los hay, pero yo no soy una de ellas.
—Tampoco puedes decir eso después de dejar que yo —alguien que no es tu novia— te deje una marca.

Ya.

Supongo que ahí tiene razón.

... Espera, espera, no la tiene.

Aunque dejara que alguien que no era mi novia me hiciera un chupetón, eso no significaba que yo estuviera en el mismo saco que los que van buscando hacer estas cosas con gente que no es su pareja. Es más, cuando Miyagi me pidió hacerle uno, lo único que consiguió fue quitarme las ganas. Sé que fui yo la que dijo que lo haría, pero ver lo rápido que aceptó me dieron ganas de salir corriendo.

—Vale, entonces te doy una orden.

Al ver que no daba mi brazo a torcer, Miyagi eligió usar las palabras que sabía que no podía desobedecer.

—Hazme lo mismo que te he hecho yo antes.

Su voz sonaba como si quisiera que hiciera esto para demostrar que no éramos amigas. Definitivamente estaba intentando poner a prueba mi lealtad. Quería que le dejara clarito que lo que teníamos no era amistad. Estoy segura de que eso era lo que quería sacar de todo esto.

—Vale.

Entendía la intención detrás de su orden, pero eso no significaba necesariamente que estuviera de acuerdo.

Aun así, extendí la mano y le agarré el brazo. Luego separé los labios y los presioné contra la misma zona que Miyagi me había marcado antes. Succioné su piel, como si intentara aspirarla. Un ruido sutil que sonaba como un beso salió de mis labios y resonó en mis oídos. La punta de mi lengua rozó su piel, pero en realidad no sabía a nada. Tampoco se parecía en nada a las veces que la había mordido. Seguí chupando su piel como si intentara beber de un brick de zumo con pajita. La piel que tenía bajo los labios se sentía fría y suave al tacto. No era una sensación desagradable. Apreté los labios un poco más fuerte y volví a aspirar hondo.

Justo cuando mis dientes estaban a punto de clavarse en su piel, Miyagi me dio un empujón en el hombro y levanté la cabeza para mirarla.

—Está mucho más rojo de lo que pensaba.

Dijo Miyagi, lo que me hizo bajar la mirada para examinar su brazo.

Tenía una marca roja que recordaba a la forma de un pétalo de flor.

—¿Y qué vas a hacer con esto?

Dije mientras tocaba la marca que le había hecho.

—No voy a hacer nada. La dejaré estar. Desaparecerá sola de todas formas. En cuanto a ti, Sendai-san, puedes ir por ahí diciéndole a la gente que tu novio te ha dejado un chupetón.
—Ni siquiera tengo novio, y paso de decir nada que pueda crear malentendidos.

Menos mal que mañana no tenía gimnasia, así que no necesitaba cambiarme de ropa. Nadie debería enterarse de las marcas que Miyagi dejaba en mi cuerpo. Bueno, tenía gimnasia dentro de unos días, pero quería creer que habrían desaparecido para entonces.

—Oye, Miyagi. ¿No crees que hoy estás un poco rara?

Me apreté el brazo por encima de la blusa, justo donde estaba el chupetón.

Tenía mucho más que decir que de costumbre, e incluso había sacado un videojuego para jugar juntas.De hecho, parecía que había dejado todo el tema de dar órdenes en segundo plano.

—No creo que esté actuando diferente a lo normal.
—No, definitivamente estás rara.
—En ese caso, yo diría que tú también has estado bastante rara, Sendai-san. Nunca me habías dado una orden antes.
—Eso es verdad, pero...
—Dejando eso a un lado, ¿puedo desabrochar este botón?

Sin avisar, Miyagi llevó los dedos al tercer botón de mi blusa y tiró de él ligeramente. No tenía ningún buen recuerdo asociado a ese botón. Fruncí el ceño instintivamente al recordar el día que me empapó de refresco.

—No. Además, ¿qué pensabas hacer?
—Pensaba dejar una marca aquí también.

Dijo Miyagi soltando el botón. En su lugar, deslizó los dedos por debajo de mi clavícula.

—¿No te he dicho que te mato si se te ocurre dejar una marca ahí?
—No parecía que te disgustara mucho cuando te hice el chupetón, Sendai-san. Además, cuando estás en el instituto solo llevas un botón desabrochado como mucho, así que nadie lo vería.

Parece que alguien me ha estado observando.

Lo que decía Miyagi era cierto. Siempre que estaba en clase, llevaba como mucho un botón desabrochado, y tampoco me aflojaba mucho la corbata. Me estaba saltando un par de normas del colegio, pero me aseguraba de que nada cantara tanto como para que los profes me echaran la bronca. Incluso si Miyagi dejaba una marca por la zona que señalaba ahora, nadie en el insti se daría cuenta aunque me cambiara delante de ellos.

Pero eso no significaba que me pareciera bien que me dejara un chupetón ahí.

—Ese no es el problema.
—No pasa nada, ¿no?

Miyagi actuó sin darme ninguna orden y de repente me quitó la corbata mientras me desabrochaba el tercer botón de la blusa. Y sin preguntarme, acercó la cara hacia mi escote, ahora expuesto. Su aliento me hizo cosquillas en el lateral del cuello. Un calor inconfundible, que claramente pertenecía a otra persona, se acercó a la zona que había estado tocando antes. Su pelo me rozó la piel, haciendo que fuera súper consciente de lo que estaba pasando. Sentí como si todos mis sentidos se hubieran concentrado en un solo punto. Incapaz de aguantarlo, empujé a Miyagi.

—Para ya.
—Eres una sosa.

Dijo Miyagi, sonando un poco decepcionada, pero se apartó sin resistirse. En vez de eso, usó los dedos para pellizcar la zona donde pretendía dejar el chupetón. Luego, apretó con fuerza contra mi piel a través de la blusa.

—¡Ay!

Grité por reflejo. Agarré a Miyagi del brazo, pero su mano no se movía.

—También puedo dejarte alguna marca así.

Dijo Miyagi mientras apretaba más fuerte con los dedos. Me estaba pellizcando tan fuerte que no exageraría si dijera que creía de verdad que intentaba arrancarme la piel.

—¡Te he dicho que duele!
—Es solo una bromita.
—¿Eres tonta? ¡Esto no es ninguna broma!
—De todas formas, tampoco es que así pueda realmente dejarte un chupetón.

Esa no era la cuestión. Es que dolía un montón. Dolía tanto que no podía pasarlo por alto como una de sus bromas.

Normalmente, a la gente ni se le ocurriría dejar marcas a los demás a base de pellizcos.

Te lo juro, a Miyagi le falta un tornillo en lo que respecta al sentido común...

Pero incluso si le dijera a Miyagi que todas las cosas que me ha estado haciendo se salen de lo normal, estoy segura de que le entraría por un oído y le saldría por el otro.

Solté un pequeño suspiro.

—¿Quieres cenar aquí?

Preguntó Miyagi en un tono como si hablara de negocios.

—Sí, comeré algo.

Total, si me iba a casa ahora, cenaría sola de todos modos. Si ese iba a ser el plan, prefería comer con alguien aquí. Me abroché el botón que Miyagi había soltado antes.

—Te vale cualquier cosa, ¿no?
—Sí.

Cuando contesté a la pregunta de Miyagi, se levantó sin decir nada más y salió de la habitación, como si no acabara de pasar nada.

Me volví a poner la americana y me miré el brazo. Claro que no podía ver la marca que Miyagi había dejado a través de la tela ni nada.

—Igual debería haber rechazado la orden.

Murmuré para mí misma mientras seguía a Miyagi. Quizá mi existencia era necesaria para Miyagi. Igual que este sitio lo era para mí. De todas formas, aunque fuéramos necesarias la una para la otra, cosas como lo que había pasado hoy tenían que parar.

Había un límite claro en nuestra relación. Una vez termináramos el bachillerato, nuestro acuerdo se acabaría también. En el gran esquema de nuestras vidas, esta fase probablemente ocuparía solo una pequeña parte de todo el cuadro. Pero aun así, cosas como dejarnos chupetones me hacían sentir que íbamos a estar atadas mucho tiempo, y solo de pensarlo se me hacía un nudo en el estómago.

Me pregunto cuánto tiempo se me quedará esta marca.

Mantuve el brazo extendido mientras caminaba hacia el salón.


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